Me acerqué al cristal hasta que mi aliento empañó la superficie. Allí, en el centro de aquel rostro de porcelana, mis ojos me devolvieron una mirada que no reconocía. Ya no eran del azul profundo que dictaba la historia; ahora brillaban con un tono...
Si así es como se siente la muerte, es decepcionantemente cómoda.
Abrí los ojos lentamente, esperando encontrarme en el vacío o en aquel mundo de redes sociales que tanto añoraba, pero lo primero que sentí fue la suavidad de una manta.
¿La muerte tiene mantas de seda? Si es así, espero quedarme aquí para siempre.
Sin nadie que me grite lo desagradable que soy, sin familias que me quiten privilegios, sin juicios.
Solo yo, mis libros y un silencio infinito.
El aire se sentía frío, de ese frío que invita a beber un té con leche mientras observas el cielo desde un balcón. Pero el silencio se rompió por un susurro metálico, voces que no deberían estar en el más allá.
-¿Crees que la señorita ya despertó? -murmuró una voz femenina cerca de la puerta.
-¿Y qué importa? -respondió otra con descaro-.
Entremos, finjamos que limpiamos y aprovechemos para llevarnos algo de valor. Total, la Duquesa es la única que se preocupa por ella, y todos saben que ya no debería hacerlo.
Escuché cómo se reían, hablando de mis "ojos celestes sin vida" y de una supuesta enfermedad contagiosa. El veneno en sus palabras me hizo reaccionar.
¿Acaso escuché bien? No debería oír voces de sirvientes ladronas en el paraíso. Intenté ignorarlas, pero la textura de la sábana y el canto de las aves fuera de la torre eran demasiado reales.
Un escalofrío me recorrió la columna. Yo estaba en la pira. Yo fui incinerada por esos nobles de doble cara.
-Si he regresado... -susurré, sintiendo mi propia voz rasposa-, tengo que comprobarlo.
Me levanté de la cama, mis pies descalzos tocaron el suelo helado. El lugar estaba descrito en mis recuerdos como un nido de ratas, la infame "Torre de Comportamiento", pero ante mis ojos se veía más como una celda de oro descuidada.
¡AGHHH!
Solté un grito ahogado cuando tropecé con una roca suelta en el suelo.
-¿A quién diablos se le ocurre dejar esto así? -gruñí, frotándome el pie.
Ni siquiera en mi tercera o cuarta vida había sido tan torpe.
Llegué frente al espejo. No era elegante; su marco de madera estaba carcomido, pero el reflejo que me devolvió me dejó sin aliento.
Era ella. La belleza de porcelana, la piel de terciopelo y ese cabello plateado que brillaba como la luz de la luna.
Era más alta de lo que recordaba en mi vida pasada, pero su cuerpo estaba terriblemente delgado, marcado por heridas que aún supuraban el maltrato. Sin embargo, algo estaba mal.
-En la novela... sus ojos eran azules profundos -murmuré, acercándome al cristal-. Tan azules que podías perderte en ellos.
Pero los ojos que me miraban desde el espejo eran de un lila suave, místico y extraño.
¿Acaso mi alma había alterado el cuerpo? ¿O era una señal de que esta vez, las reglas habían cambiado?
TAP, TAP, TAP.
Pasos pesados se acercaban por el pasillo. Rápidamente, regresé a la cama y me cubrí hasta la nariz, cerrando los ojos y fingiendo la muerte que todos en este castillo deseaban para mí.
Mientras tanto, en el pasillo de la Torre...
Helena, la segunda mujer de la casa, caminaba con una sonrisa triunfal, seguida por sus mucamas que ahora le meneaban la cola como perros falderos.
-Quiero verle la cara a esa niña -dijo Helena, ajustándose los guantes-. A esa "mujer" no le queda mucho tiempo de vida, y cuando parta, esta casa será mía. Lise estará a mis pies, como debe ser.
-Así será, mi señora -dijo una de las criadas-. Esa niña está en la torre por ponerse en contra del Duque y de usted. Pronto, usted dispondrá de todo.
Helena rió. Era chistoso ver cómo esas criadas, que antes servían a la verdadera Duquesa, ahora se arrastraban ante ella buscando un lugar en el nuevo orden.
No sabían que, tras la puerta de madera, la "niña sin vida" acababa de despertar con un fuego que ninguna pira podría apagar.
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