Me acerqué al cristal hasta que mi aliento empañó la superficie. Allí, en el centro de aquel rostro de porcelana, mis ojos me devolvieron una mirada que no reconocía. Ya no eran del azul profundo que dictaba la historia; ahora brillaban con un tono...
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Habían pasado tres días desde el incidente del vals. El ambiente en el ala este era de un silencio sepulcral. Helena, sintiendo que el Duque se alejaba de ella, decidió jugar su última carta: eliminar la influencia de Roselia, la madre de Lise, para dejar a la princesa sin su pilar emocional. La invitación llegó de forma protocolaria: té en el solárium para "limar asperezas". Lise acompañó a su madre, sintiendo el frasco plateado de la Abuela pesado en su bolsillo.
Helena lucía una sonrisa de porcelana, sirviendo el té de una tetera de plata con manos que ya no temblaban.
—Duquesa Roselia, sé que hemos tenido nuestras diferencias —dijo Helena, deslizando una taza de porcelana fina hacia ella—. Pero por el bien de Lise y del debut imperial, deberíamos ser aliadas. Pruebe esta mezcla, trae hierbas de mi tierra natal.
Roselia, con la elegancia de quien ha nacido en un trono, tomó la taza. Lise notó un cambio sutil en el color del vapor: un tinte amarillento casi imperceptible.
Pensamiento de Lise: Belladona diluida con veneno de víbora de cristal. No quiere matarla de inmediato; quiere causarle una parálisis progresiva que parezca un ataque de nervios por el estrés del ducado. Eres predecible, Helena.
Antes de que Roselia pudiera beber, Lise fingió un tropiezo torpe, golpeando la mesa y derramando parte de su propio té sobre el vestido de Helena.
—¡Oh, qué torpe soy! —exclamó Lise—. Permítame, Baronesa. Madre, no bebas eso, está frío. Sirvan una nueva ronda de la tetera de la derecha, la que yo misma traje como obsequio para nuestra anfitriona.
Lise intercambió las tazas con una rapidez de manos que Alaric, apostado en la esquina, observó con las cejas arqueadas. Helena, furiosa por su vestido manchado pero triunfante al ver que "su" mezcla volvía a la mesa, bebió de la taza que creía segura.
Diez minutos después, la Baronesa comenzó a llevarse la mano a la garganta. Sus ojos se dilataron y su voz se convirtió en un graznido.
—Me... me ahogo... —logró decir antes de desplomarse.
Lise se levantó con calma, sacó el antídoto plateado y, en lugar de dárselo a Helena, lo vertió en el té restante para que los criados vieran la reacción química. El líquido se volvió negro humo, una prueba irrefutable de veneno.
—¡Llamen al Duque y a la Abuela! —ordenó Lise con una voz que hizo que los sirvientes se pusieran firmes—. La Baronesa ha intentado envenenarnos y, por un "error" del destino, ha probado su propia medicina.
Esa noche, tras el caos del envenenamiento fallido (donde Helena fue confinada a sus aposentos bajo guardia médica), Lise logró lo imposible: evadir a Sir Alaric. Usó un pasadizo detrás de la biblioteca que Julian le había indicado con un susurro.
Se adentró en el laberinto. El aire era frío y olía a tierra mojada. En el centro, junto a la estatua de la Dama de los Dolores, una figura la esperaba. No era Julian, ni Alaric. Era Caelum.
—Es arriesgado estar aquí, Princesa —dijo Caelum. Su voz era como el terciopelo rozando el metal. Su capa gris se fundía con la niebla—. Alaric es un buen rastreador.
—Alaric ve lo que yo quiero que vea —respondió Lise, cruzándose de brazos—. Tú eres el "Cuervo". El que ha estado comprando las deudas de mi padre. ¿Por qué un noble de otro ducado se interesaría en los restos de un naufragio?.
Caelum se acercó, invadiendo el espacio personal de Lise. No había amenaza en él, sino una curiosidad devoradora.
—Porque un naufragio es el mejor lugar para encontrar tesoros que nadie más valora —Caelum le entregó un documento sellado con cera negra—. Tu padre le debe al Imperio tres veces el valor de sus tierras. El Emperador enviará al Inspector Valerius en dos días. Si no presentas una prueba de solvencia, el Ducado será absorbido por la corona y tú serás enviada al harén del príncipe heredero o a un monasterio.
Pensamiento de Caelum: Eres magnífica. Incluso con el agua al cuello, buscas cómo construir un puente. No te daré la solución, Lise, pero te daré las herramientas. Quiero ver si eres capaz de quemar este palacio para salvar la corona que llevas por dentro.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó Lise, sosteniendo el documento.
—Nada que el dinero pueda comprar —sonrió Caelum—. Solo quiero un asiento en primera fila cuando la Rosa de Lila finalmente abra sus pétalos y muestre sus espinas al mundo.
Se desvaneció en la niebla antes de que Lise pudiera replicar, dejando tras de sí el aroma a maderas nobles y un rastro de misterio que Lise decidió archivar para más tarde.
Dos días después, el Gran Comedor lucía más imponente que nunca. El Duque estaba sentado a la cabecera, pálido y sudoroso. A su lado, la Abuela, vestida de luto riguroso, y Roselia, que miraba a su hija con un orgullo silencioso. El invitado de honor era el Inspector Valerius, un hombre de rostro afilado y ojos que parecían leer el alma de los libros contables.
—Duque —dijo Valerius, dejando caer un fardo de papeles sobre la mesa—. El Emperador está preocupado. Los informes dicen que sus tierras están hipotecadas a prestamistas de dudosa reputación. Si no puede demostrar que el ducado es rentable, procederé a la incautación inmediata.
El Duque balbuceó, mirando a Helena (quien estaba presente pero pálida y custodiada).
—La Baronesa Helena... ella tiene las conexiones... ella iba a... —La Baronesa Helena es una criminal que intentó asesinar a la Duquesa —interrumpió Lise, poniéndose de pie.
Su voz llenó la habitación, apagando las excusas de su padre—. Y en cuanto a las deudas... Inspector, permítame presentarle el verdadero inventario.
Lise sacó los papeles que Julian había organizado y el contrato de sangre que había robado del sótano. Julian, desde el fondo del salón, asintió con la cabeza, sosteniendo el registro legal original que invalidaba las hipotecas del Duque por falta de consentimiento de la heredera legítima.
—Según la ley del Imperio, artículo 42 del código de tierras —continuó Lise—, cualquier deuda contraída usando la dote de la esposa sin su firma notariada es nula. Mi madre jamás firmó estos documentos. Mi padre ha malversado fondos del Imperio, no solo del Ducado.
El silencio fue absoluto. El Duque se hundió en su silla, viendo cómo su propia hija le arrebataba el poder frente al representante del Emperador.
Sir Alaric, que observaba todo desde la puerta, cruzó los brazos. Había cumplido su deber: proteger a la Princesa. Pero ahora, sabía que la Princesa no necesitaba protección; necesitaba un ejército, y él estaba empezando a considerar unirse a ella por voluntad propia, no por órdenes.
—Princesa Lise —dijo Valerius, impresionado por la claridad legal de la joven—, esto cambia todo. Si lo que dice es cierto, el Duque debe enfrentar un juicio por traición económica, y usted... usted tendría que asumir la regencia hasta que su hermano regrese.
Lise miró a su padre, luego a Helena, y finalmente a la Abuela, quien le dedicó una sonrisa de victoria sangrienta.
—No asumiré la regencia —sentenció Lise—. Asumiré el título. Mi hermano puede quedarse donde esté. Este ducado ya no pertenece a los hombres que lo arruinaron. Pertenece a quienes saben llevar las cuentas.