Bruno siempre había sido un chico débil, de delgados brazos y pequeña contextura, su musculatura dejaba mucho que desear y no era difícil que lo confundan con una niña cuando no cortaba su cabello. Todo lo contrario a su padre, quien era el significado de la hombría personificado, con esos hombros anchos y esos musculosos brazos que a veces incluso el pequeño llegó a compararlos con el tamaño de su infantil cabeza.
Estanislao estaba esperando un gran hijo ya que su madre también había sido alta y de una contextura gruesa, o quizás aún lo era, no tenía idea ya que no la veía desde que tenía como cinco años pero la recordaba como un gigante cuando él era pequeño.
Su padre nunca le dijo a nadie que pasó con su mujer, sólo saben que se fue un día y nada más.
A pesar de lo que sus genes directos dictaban él era tan delicado y pequeño, su piel era clara y se marcaba con el más mínimo rasguño, sus ojitos inocentes y grandes de un hermoso color como una profunda selva virgen gritaban ternura junto a ese frágil pero notorio sonrojo que permanecía de manera constante en sus regordetas mejillas de manzana. El pequeño era adorable.
Pero su padre no quería un niñito adorable que se le enciendan las mejillas cada vez que alguien le recalcaba lo bello de sus dorados cabellos o le halagaba su perfecta cutis, quería un hombrecito que vaya a ver el boxeo con él y se siente frente a la tele a ver las carreras de autos fórmula 1.
Pero en su lugar al niño le gustaba hacerse trenzas con las vecinas.
Durante un tiempo luego de que su madre se fuera fue así, Estanislao no trataba mal a su pequeño porque era su hijo y lo amaba, nunca sería capaz de levantarle la mano siquiera, pero de cierta manera lo ignoraba. Así fue hasta que el fútbol los unió.
El pequeño adoraba jugar con sus amigos a la pelota en las plazas cerca de su casa, era bueno, tanto como un niño de ocho podía. Su padre se sintió aliviado por alguna razón al ver que su hijo si le gustaba juntarse con otros niños y hacer cosas que él hacía cuando tenía su edad.
Era imposible para los dos saberlo ya que no podían controlar el destino pero esa tarde pasaría algo que cambiaría toda la vida de ambos por completo. A Bruno le gustaba dejar su cabello largo, al menos lo más largo que su padre lo dejara hasta que lo obligara a cortarlo, siempre manteniéndolo desacomodado por lo inquieto que era, amarrado con una cola de caballo baja que su maestra le había enseñado a hacer hace mucho o con las trenzas que las madres de su salón le hacían de vez en cuando en la salida del colegio antes de que su padre lo retirara.
Nunca nadie le había dicho que los niños debían mantener su cabello corto.
En ese momento estaba jugando un partido de futbol con los niños de la plaza, una gran plaza que estaba cerca de su colegio y que frecuentaban su padre y él casi siempre para que él jugara y su padre conversara con los demás padres.
Por un descuido terminó en el suelo, fue un simple accidente que se solucionaba sólo levantándose y volviendo a jugar, pero un niño de blancos y cortos cabellos se le acercó antes de que se parara, extendiendo su mano.
--¿Eres una niña?--Se levantó del suelo con ayuda del niño que le extendía su pequeña mano, limpiando su ropa con suavidad al pasar sus manitos sobre esta.
--No, soy un niño--Respondió sonriente, sin extrañarse ya que era normal para él que los demás se confundieran, a veces lo retaban cuando entraba en los baños de niños.
--¿De verdad? Pero tienes un cabello tan lindo, parece el de una niña.
--¿En serio?--Se cuestionó el pequeño rubio, tomando su desacomodada cola de cabello entre sus manos, en realidad no era muy largo, quizás un poco más abajo de sus hombros cuando lo tenía suelto.
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Imbéciles
Historia CortaBruno huía de una boda. Matías de un asesinato. Y Ciro ya no podía volver a casa. Tres imbéciles.
