Capitulo 15

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Despertó con la boca llena de un líquido ardiente y, cuando lo tragó, un dolor agudo en la garganta le hizo recuperar la consciencia por completo. La borda del bote le presionaba la espalda, y Dosflores le miraba con una expresión preocupada. Rincewind dejó escapar un gemido y se sentó. Cometió un error: el Borde del mundo estaba a muy pocos metros. Más allá, muy poco más abajo del principio de la interminable Catarata Periférica, había algo mágico.

...

A unos cien kilómetros, fuera del alcance de la corriente Periférica que arrastraba todo hacia el borde, una embarcación de un solo mástil con velas rojas, típica de los traficantes de esclavos, vagaba sin rumbo en el ocaso aterciopelado. La tripulación, o los que quedaban de ella, se amontonaban en la cubierta superior, alrededor de los hombres que preparaban febrilmente una almadía. El capitán, un hombre fornido que llevaba el turbante típico en las tribus del Gran Nef, había viajado mucho, y conocía muchos pueblos extraños y muchos objetos curiosos, buen número de los cuales había esclavizado y robado, respectivamente. Empezó su carrera como marinero en el Océano Deshidratado, en el centro del desierto más seco del disco. (En este mundo, el agua se encontraba a veces en un cuarto estado poco común, provocado por un calor intenso combinado con los extraños efectos desecantes de la luz octarina. El líquido se deshidrata, y deja un residuo plateado que fluye como una arena finísima por la cual el casco de una nave bien diseñada puede deslizarse con facilidad. El Océano Deshidratado es un lugar extraño, pero no tanto como los peces que lo habitan). El capitán no había tenido miedo nunca. Ahora, estaba aterrado.

— No oigo nada —murmuró al primer maestre.

El maestre escudriñó la oscuridad.

— Quizá haya caído por la borda —sugirió, esperanzado.

La respuesta le llegó en forma de un furioso golpe, procedente de la cubierta de remeros, bajo sus pies. Le siguió el sonido de la madera al hacerse astillas. Los tripulantes se apiñaron aún más, temerosos, mientras blandían las hachas y las antorchas. Lo más probable era que no se atrevieran a usarlas ni aunque el Monstruo cargara contra ellos. Antes de que comprendieran plenamente su terrible naturaleza, varios hombres le habían atacado con hachas. El resultado fue que abandonó unos instantes su obsesivo registro del barco para arrojarlos por la borda... o devorarlos. El capitán no estaba seguro. La Cosa parecía un cofre, quizá algo más grande de lo corriente, aunque no tanto como para resultar sospechoso. Pero, aunque a veces parecía contener calcetines viejos y demás cosas corrientes en cualquier equipaje, en otras ocasiones -se estremeció con sólo recordarlo- parecía ser... parecía ser... parecía tener... Intentó no pensarlo. Pero tenía la sensación de que los hombres que cayeron por la borda y se ahogaron habían tenido más suerte que los que quedaron atrapados. Intentó no pensarlo. Había dientes, dientes blancos como lápidas mortuorias, y una lengua tan roja como la caoba... Intentó no pensarlo. No lo consiguió. Pero lo que sí pensó con amargura fue otra cosa: era la última vez que rescataba a unos desagradecidos a punto de ahogarse en misteriosas circunstancias.

La esclavitud era mejor que los tiburones, ¿no?

Y luego los hombres escaparon, y cuando sus marineros investigaron el gran cofre -por cierto, ¿cómo demonios habían aparecido en el océano en calma, sentados dentro de un gran cofre? -, éste mordió... Otra vez intentó no pensarlo, pero no pudo evitar preguntarse qué pasaría cuando aquel maldito trasto comprendiera que su propietario ya no estaba a bordo.

— La almadía está preparada, señor —le comunicó el primer maestre.

— Pues al agua con ella —ordenó el capitán—. ¡Todos a bordo! ¡Prended fuego al barco!

Después de todo, pensó con filosofía, no le resultaría tan difícil conseguir otro barco. Y un hombre tenía que pasar mucho tiempo en el Paraíso del que hablaban los mullahs, antes de tener derecho a otra vida. Que la caja mágica comiera langostas. Algunos piratas conseguían la inmortalidad por sus grandes crueldades o proezas. Otros conseguían la inmortalidad gracias a la gran riqueza amasada. Pero el capitán había decidido mucho tiempo antes que quería alcanzar la inmortalidad por no haber muerto.

El color de la magiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora