Capítulo Xll

30 8 1
                                        

—Tus papás se dan cuenta de tu estado?

Una diabólica carcajada inundó todo el consultorio y un escalofrío recorrió por la sangre de Verónica. Ella se reía sin cesar, como si verónica haya dicho un chiste o algo por el estilo. Encogió sus piernas y dejó caer el rostro entre ellas, sin dejar de reír a todo pulmón.

—Dije algo gracioso?

—Gracioso no. Ridículo.

Por un momento verónica deseó desparecer en su gran sillón color crema, sentía que aquella niña se burlaba de su profesión y pero aun, de ella. Claro que eso no debía importarle pero por alguna razón todo lo que viniera de ella le daba un fuerte dolor de corazón.
Por fin la adolescente dejó de reír y se centró en el rostro rojo de Verónica. Sabia que la había hecho avergonzarse de sus intenciones.

— Echo de menos aquellos tiempos en que nada me afectaba.

Verónica no creyó escuchar su voz y menos  después del ataque de risa.
Ella elevó sus ojos violetas y sintió sus labios temblar, el silencio emanaba en todo el interior, sólo sus respiraciones se hacían escuchar.

—No me gusta este lugar Verónica, me da pesadillas. Me siento loca cuando estoy en estos cuartos blancos.

—Lo blanco representa pureza y es para que los pacientes se sientan tranquilos.

—A mi no me tranquiliza.

—Bueno, que bien que me lo haces saber. Quizás pueda hablar con mi jefe para que me deje cambiar el lugar de tus sesiones. Al aire libre.

Una pequeña sonrisa se formó en los labios de ella que aun la miraba con esos penetrantes ojos purpuras. Por primera vez sintió que podía confiar en aquella psiquiatra.
.
.
.
.
.

Abrió la puerta de la casa y al momento en que cruzaría las escaleras pudó escuchar discutir a sus padres en el despacho. Como siempre, pero en esta ocasión era sobre ella. Sintió curiosidad y se acercó con cuidado a la puerta.

— Ella no lo tomará bien. Mejor hacemos caso a lo que dicen los especialistas.

— No meteré a un manicomio a mi hija Marta.

—Yo tampoco lo quiero, pero hay que aceptar que esta destruida. Cada día esta peor. Es ella o el bebe.

Los ojos de ella se abrieron de repente, el bebe? De qué bebe estaban hablando sus padres? Por un instante sintió miedo. Sin pensarlo dos veces entró de golpe al despacho que para su sorpresa no estaba cerrado con llave.

—De qué bebe están hablando?

Las miradas de sus padres le penetraban el cuerpo, tal vez podía ver miedo o nervios al enfrentarse a la realidad.

— Estoy embrazada.

Sus cejas se estrujaron en medio de su rostro formando unas pequeñas arrugas en su frente pálida. La sangre ya no corría por sus venas, sentía que las palabras se le habían atorado en la garganta.

—No me lo iban a decir?

— para qué? Para que hagas todo lo posible y yo pierda a la criatura? Para encerrarnos en tu sufrimiento y que nosotros también sintamos lo que tú? Para que le hagas daño a tu hermano? No. No te quiero cerca de mí ni de él. Estas enferma y no voy a permitir que transmitas tu dolor a mi bebe.

Frustración. Todo acumulado en su interior. Sin decir nada más corrió hasta su habitación, cerró la puerta con un estruendoso golpe, el eco se mezclo con el llanto de su madre que se escuchaba hasta a esa distancia. Nunca creyó que sus padres pensaran que ella pudiera hacerle daño a su propia sangre.
Ella quería matarse, no a ellos.

Dónde estaba él cuando más lo necesitaba?

Se encerró en el baño con desesperación en su alma y cuerpo, se pegó a la pared y de a poco fue bajando hasta estar completamente sentada en el frío suelo. Se cubrió la cara con ambas manos mientras que las lágrimas salían de sus ojos, los apretaba con fuerza mientras que repetía una y otra vez, — Por qué a mí?—.

Lo único que le contestaba en ese enorme cuarto de baño era su propio llanto, sentía que podía llenar la bañera de sus lágrimas y ahogarse en ella. Entre
su dolor.
Recordó el filo que siempre llevaba en su pantalón y en un ágil moviendo lo sostuvó entre sus dedos temblorosos.

Lo siento mucho.

Apoyó el frío metal en su piel cubierta de cicatrices y lo deslizó por todo el largo de su brazo, lo pasó varias veces hasta que el ardor fue desapareciendo y nada quedaba. Hasta que no sentía absolutamente nada.
Recordó sus propias palabras: "Cuando el ardor y el dolor desparece es cuando te das cuenta que todo es mierda. Que ya no hay salida. Que dejaste de sentir y ahora ya no podrás detenerte hasta que el dolor físico sea más fuerte que el emocional. Hasta que encuentres la muerte misma". 
La sangre brotaba sin nada que la detuviera. Libre por aquella piel blanca. Sin contratiempos, era el veneno que salia de su cuerpo y que la dejaría sobrevivir quizás una noche más.

Se pusó de pie y se vió en el espejo, por un segundo no se pudó reconocer. Era otra persona; la chica que la veía llevaba el cabello castaño despeinado y enredado, los ojos rojos e hinchados y los labios color carmín. Apoyó el brazo en el marco del espejo y unas finas gotas de sangre azotaron en el lavamanos.

No sólo representaba peligro para ella misma, sino también para todo aquel que la rodea. Ella era el arma que disparaba dolor. Las espinas que rodeaban a una bella flor. Ella era el sufrimiento. Quizás sus padres se arrepienten de haberla salvado. Quizás si ella muriera esta vez todo el dolor que condena a su familia desaparecería.

Balada Para Un CiegoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora