Capítulo XVl

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Carrusel... Carrusel... Carrusel...

Caballos de plástico, payasos con ojos demoniacos, sonidos retumbando, luces cegando...

Carrusel... Carrusel... Carrusel...

- Cuando era pequeño amaba subirme en este carrusel...

Mis ojos se apartaron de los horribles caballos con colores pastel, lo miré por el rabillo del ojo y me di cuenta que su mirada era distinta. Más ilusionada y más soñadora. De seguro recordando su infancia.

Volví a mirar el desagradable juego que no dejaba de girar y girar, los colores del carnaval se mezclan haciendo que cierre los ojos.

- ¿A ti no te traen recuerdos?

- Jamas me he subido a un carrusel...

Mi respuesta fue fría, instantánea. Sin siquiera abrir los malditos ojos. No necesitaba verlo para saber que lo había tomado por sorpresa.

- ¿Quieres subir?

Abrí los ojos de golpe, tan fuerte que sentí mis párpados romperse.

- ¿Estas loco? Ese juego es de niños

- Ese juego es para todos

- Es absurdo

Los niños reían y saludaban a sus padres con cada vuelta que daba el carrusel. Era cierto. Jamas me había subí en uno, y es que jamas tuve salidas familiares. Siempre estaba en casa jugando con muñecas superficiales o viendo caricaturas insanas. Supongo que para mis padres eso era lo más "seguro" para mí, sin darse cuenta que con la soledad me consumía poco a poco.

- Todo consideras absurdo. Le tienes miedo a lo que digan los demás.

-¿Tú no?

Me tomó de la mano sin verlo venir, sus ojos tenían un color distinto por todas las luces; me sonrió y sabia que todo había valido mierda.

Nuestros cuerpos pasaron por los padres que reían dividiendo sus rostros de felicidad al ver a sus niños, mi amigo tomó dos boletos y se los pasó a un hombre corpulento. El hombre nos miró de arriba a abajo sin disimular y él le dedicó una sonrisa a pesar de la frialdad del encargado.

- ¿No están bastante grandes para estas cosas?

- ¿Acaso eso importa?

El hombre detuvo el carrusel, mi amigo movió mi cuerpo, guiándolo hasta un par de caballitos brillantes. Él se sentó al que estaba pegado a unos cristales y a mí me dejó en la vista de todos los que esperaban abajo.

La canción del carrusel resonó quizás como nunca lo había hecho, mis oídos se taparon con esa diabólica melodía. Él reía sin parar y eso me hizo reír, me gustaba la forma en la que sus labios se estiraban para dejar ver unos pequeños hoyuelos en sus mejillas. Amaba cuando sus pestañas volaban con cada risa que salia de su garganta. Mi caballo se movía de arriba a abajo, los rostros de las personas se distorcionaban, sólo era él y yo en ese carrusel de colores y luces nefastas.

Todo se detuvo. Él me miró y por un segundo no dudé en quedarme el tiempo que sea necesario con él, a su lado y con su rara enseñanza de vida.

.

- Me siento bien... ¿y tú?

Mis ojos se encontraron con los de él, de inmediato su pregunta azotó con fuerza a mi cuerpo. No quería aceptar que esa experiencia me había dejado con esperanzas de vivir. Era como si el maldito carrusel se haya llevado a la muerte muy lejos... Lejos de mis planes.

- Estoy bien.

Su sonrisa se fue hasta sus zapatos, sus manos sostenían su algodón de azúcar al igual que las mías; no podía dejar de mirarlo, acaso yo... ¿Me estaba enamorando de él?

No de nuevo.

Me paré en seco y solté el algodón que cayó en el sucio suelo sin signos de sonido. Él me veía con el ceño fruncido, quizás creyendo que había dicho algo malo. Pero era yo la que había estado sintiendo algo malo, él no. Mis piernas se movieron con fuerza propia sacandome de la feria, empujé a toda persona que se cruzaba por mi camino.

Corría como una loca, como alguien que estaba siendo perseguida por unos putos sentimientos. El aire me estaba faltando, sentía la garganta latir por dentro y mis ojos reventarse por la fuerza del viento que los azotaba.

Había perdido la noción del tiempo y del lugar en donde estaba, ignoraba si él me seguía hasta que escuché su voz resurgir detrás mío, no muy lejos de mis pasos en los que continuaba corriendo.

Su grito fue ahogado por unas luces que venían directamente hacia mí, las mismas que acompañaron al fuerte golpe que me derribó hasta el suelo de tierra. Mis párpados se cerraron a una velocidad luz, mi pecho parecía tardar horas en subir y bajar, estaba perdiendo todo... Estaba perdiendo lo que tanto me había costado rescatar.

El rostro de mi amigo era como una pintura mal difuminada, no lo distinguía por completo, no escuchaba lo que sus labios trataban de decirme. Quizás no podía escuchar lo que pronuncié yo misma pero podía sentir la emoción resurgir de mis últimos latidos, obligando mis labios a moverse, no quería irme sin sacar todo lo que llevaba bueno, lo sano que surgió de mi acercamiento con la muerte. El reencuentro con mi amigo y el sentimiento que me hizo volver a sentir: - Te amo.

Esas fueron, mis ultimas palabras para él. Y me llevo su lágrima derramándose en mi mejilla fría.

Después de eso la oscuridad abrasadora.

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