Capítulo Xlll

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— Jamas has dicho "ya no puedo más?".

Ella miraba el precipio que se encontraba debajo de sus pies flexionados en la orilla de aquel edifico.

—No creo que esto sea buena idea.

— No pasará nada. Ven.

Ella golpeó un lado de donde estaba sentada, los cabellos de él se mecían por el fuerte viento. A la altura todo azota mas fuerte. Con miedo y preocupación se sentó donde ella le había indicado. No le gustaba las alturas. Las odiaba.

— Contesta.

—Sí. Sí lo he dicho.

—Por qué?

—Cuando ella murió sentí que nada tomaría un buen camino. Que todo había acabado. Lo lloré. Lo sufrí y estuve de luto por ella. Pero después me di cuenta que ella, no hubiera querido verme así, que me ama pero no era el momento para acompañarla. Aun no.

Ella agachó la cabeza mirando sus zapatos en el aire, sintiendo la tentación de lanzarse hasta el abismo negro que se cruzaba con su vista.

— Hay personas que te quieren.

—Normalmente nadie quiere a nadie.

—  Yo te quiero. —Sus ojos se cruzaron, atando una amistad que hace años había huido de la nada. Él la tomó de la mano y lentamente se fue acercando a su oído.
—Lanzate.

—Cómo?

La sorpresa en su voz, a caso había escuchado mal?

—Lanzate.

—Sueltame.

—Lanzate

—Te llevaré conmigo y morirás al igual que yo.

—Me quieres?

A qué estaba jugando? Cuál era la trampa?

—Si te quiero.

— Aunque te suelte estaré en tu corazón y tú en el mío. Estaré vivo físicamente pero muerto emocional. Y tú más que nadie sabe que es es el peor. Te atreverías a matarme?

Los ojos de ella parecían conmovidos y llorosos, no sabia qué sucedía pero algo en su pecho se quebraba. Los ojos de él se mostraban fuertes y decididos. Le estaba ensañándo a vivir?

—Te quiero y no me atrevería a matarte.

La respuesta quizá lo había dejado satisfecho ya que le dió una sonrisa de lado. Con las lágrimas apunto de romper sus párpados.

—Ven, vamos a otro lado que vomitaré si sigo aquí.

Él se levantó con mucho cuidado y también lo hizó con ella. Un paso en falso ambos caerían, y a él no le parecía algo atractivo morir a la altura en la que estaba.
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"Lo hizó para llamar la atención".

Algo que toda la maldita sociedad escupe cuando ven a alguien cortándose, llorando o colgados con una soga en el cuello. Algo tan estúpido como decir que el gobierno es cien por ciento confiable.

Ella odiaba a todas esas personas que se sienten cultas por tan sólo hacer o no pasar por situaciones que los demás.
Ambos se sentaron en el mismo parque en el que él le había confesado que sentía miedo de que se fuera. El mismo al cual ella iba en su infancia con su abuela.

Cómo han cambiado las cosas. Una niña iba a jugar en los columpios y ahora iba una adolescente aprendiendo a vivir. Si se lo hubieran contando que estaría ahí sentada con su amigo de la primaria jamas lo había creído. Se hubiera burlado en la cara del maldito mentiroso como muy bien le habían enseñado.

—Te sientes feliz usando siempre pantalones y blusas de manga larga sea invierno o verano?

Él miraba hacia adelante con las manos entre lazadas. Parecía que tenia los ojos perdidos pero muy en el fondo sabia que veía lo que su mente sana le mostraba.

— Me siento protegida.

—De qué?

—De todas las personas que nos miran mal. A los suicidas.

—Entonces si no quieres que te miren mal no lo hagas.

— Personas como tú no lo entienden. Has tenido todo, no sabes lo que es sufrir.

— He perdido al amor de mi vida. No sé lo que es sufrir?

Ella sintiéndose avergonzada bajó la mirada mientras que sentía sus mejillas calentarse, —Lo siento.

—Descuida.
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Su habitación cada día se le hacia más y más grande. Se había pasado toda su vida en esa enorme casa y hasta que tuvó conciencia de lo miserable que era se dió cuenta que era verdad lo que algún sabio dijo: La felicidad no se compra.

Ni con el cerro lleno de oro, ni con la cueva con los más hermosos diamantes. Nada vale. Nada es suficientemente caro como para tener la felicidad. Que hermoso seria si alguien decidiera venderla, ella seria la primera en la fila para conseguir lo que con tanta emoción le gustaría tener. La felicidad. Ya que si existe felicidad, existe las ganas de vivir. Están de la mano, si no hay una no hay otra. Tristemente así son las cosas.

Se alzó las mangas de su suéter negro y pudó ver las cicatrices blanquecinas que sobresalían de su frágil piel, algunas cortadas eran más recientes, cuando se dió cuenta del peligro que significaba para su familia. 
Las más antiguas no las recordaba, pero sabía que significaban dolor y sufrimiento.

Cortadas.

La única manera que ella creía correcta para sacar su dolor. Cortarse los brazos, las piernas, el ombligo. Traspasarse la carne con el más frío metal, el ardor del principio y la quemadura del corte. Por que es lo que sentía cuando se cortaba. Cuando cruzaba el filo por su piel sentía que le quemaba y luego observaba su piel abrirse dejando a la vista su carne, después cubierta de ese liquido carmesí. Bañando todo lo que estuviera a su paso.

Odiaba recordar el pasado, odiaba hablar del temor que le provocaba volver a acostarse y despertar al día siguiente. Odiaba pensar ya que lloraría sin remedio. Como la niña ingenua y tonta que muchas veces le dijeron que era.

Los ojos le comenzaban a picar y a arder. Era señales de que las lágrimas llegarían muy pronto. Siempre mostrándole todo lo malo que la rodeaba. Siempre haciéndola ver débil.

Balada Para Un CiegoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora