Capítulo 7

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Amada mía, escrita por Yuleni Paredes. Actuaciones estelares de Candy y Albert (el verdadero príncipe de la colina) personajes protagónicos de la novela: Candy Candy, la historia definitiva de Keiko Nagita. Con la participación especial de Neal Lagan.

Capítulo 7

Personajes de Mizuki e Igarashi.

—Hmmm, ¿por qué tan callada? Hoy fue un día agotador; tuvimos suerte de salir temprano... Me gusta verte sonreír, en realidad: me agrada ver a las personas felices.

Candy sonrojada por la amabilidad de su jefe le fue imposible evitar sentirse en las nubes. Él tomó dos botellas de agua mineral y le ofreció una a ella.

—Gracias, señor Albert. Perdón es la costumbre de tratar a las personas de usted.

—Está bien, si te hace sentir mejor tratarme de usted, lo aceptaré... Sin embargo, diré que el respeto está en el trato no en el título ¿Dónde vives?

Candy se quedó enmudecida, pues sintió vergüenza de que aquel hombre (igualito a los príncipes de los cuentos de hadas) se diera cuenta de que vivía en un lugar humilde, por lo que le dio una dirección cercana a su residencia. Ella se sentía orgullosa de su origen; pero conocer a un hombre tan importante como él, le hizo sentirse un poco inferior. Se bajó del auto y regalándole una sonrisa (a su joven jefe) sacó las llaves para abrir la puerta de la que debía ser su casa; al percatarse de que puso en marcha el auto, se giró en sentido contrario y caminó a prisa hacia su verdadero hogar. En todo el trayecto suspiraba por un motivo inexplicable, todo le parecía color rosa.

La semana pasó en completa normalidad: Kelly, en ocasiones o mejor dicho cada diez minutos, le llamaba la atención por algún procedimiento erróneo; tenía temor de que se equivocara teniendo como consecuencia su despido inmediato. En su mente oía la voz de la señora Elroy, diciéndole que si Candy cometía un error "su cabeza rodaría".

—¿La señora Elroy le convenció de dejar el hábito?

—No, mi querido amigo, por algún extraño motivo todas mis sotanas han desaparecido. He concluido que el hábito se lleva en el corazón, en el alma, no en la vestidura.

—Nunca cambiarás —comentó el buen Georges, dándole palmadas en la espalda a su pupilo para animarlo.

—Definitivamente: no. Por el momento ignoraré el nombre de la causante de ese acto mal sano, ya sabemos el nombre de la responsable. Concentrémonos en la semana del whisky que nos dejará grandes dividendos.

—En ese caso, llamaré a tu asistente.

—Por favor.

—¿Candy, te pusiste en contacto con el señor McGregor? ¿Te acuerda de él?

A ella, casi escampándosele una risilla, pensó: "claro, es el mismo viejito que le trató de inexperto", pues el aspecto jovial de su jefe en nada encajaba con el cargo que desempeñaba.

—Sí —contestó Candy.

—Genial. La empresa encargada de enviar el whisky, será la transnacional Americanapress; ganó la licitación, nos ofreció un mejor servicio. Envía los documentos por favor.

—Sí, señor.

Al día siguiente, Candy fue a la oficina del señor McGregor.

—Señorita Candy, me alegra verle. Tome asiento por favor. Su jefe y yo acabamos de conversar por vía telefónica. Acordamos prescindir de los servicio de Americanapress, Irlanda Express se encargará del transporte.

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