Capítulo 13

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Amada mía, escrita por Yuleni Paredes. Actuaciones estelares de Candy y Albert (el verdadero príncipe de la colina) personajes protagónicos de la novela: Candy Candy, la historia definitiva de Keiko Nagita. Con la participación especial de Neal Lagan.

Capítulo 13

Después de sentir la más divina sensación de su vida, cerró los ojos (fuertemente) tratando de evitar que su corazón traspasase su pecho a causa del constante golpeteo que aún sentía en la parte baja de su cavidad torácica. Inhalando suficiente aire, se colocó junto a su amada y expulsó despacio ese aire de su boca, intentando al inhalar (nuevamente) la forma de regularizar su respiración.

Las lágrimas no tardaron en salir por el rabillo de sus ojos ¿Cómo fue capaz de caer en la tentación? ¿Ahora qué sería de él, de su vida más allá de la muerte? Rompió el voto de castidad y lo peor que al mirar incrédulamente a su acompañante, se percató de la presencia de manchas rojas adheridas a la sabana arrugada (por sus movimientos corporales) que sirvió para eludir el frío directo del suelo: "Oh, ¿qué he hecho?", se preguntaba una y otra vez en su cabeza.

Por otra parte, en la mente de Candy habitaba la preocupación de lo que haría de ahora en adelante, después de haberse dejado llevar por el amor de un hombre que desde la primera vez que le vio: la cautivó. Tapó sus senos desabrigados con sus brazos; quería recuperar la calma, todavía tenía un leve dolor en la parte inferior de su cuerpo, pero estaba consciente que se lo buscó. Al cabo de un rato de total silencio, ella se levantó cubriéndose con el vestido que aún estaba algo humedecido.

─Iré por mantas, todavía falta para amanecer ─le dijo, mirando a un lado con las mejillas sonrojadas.

Albert, simplemente, se quedó callado. Se encontraba en una especie de estado de shock. Él tomó su pantalón y camisa para vestirse, necesitaba: una bocanada de aire fresco, salir en busca de alguna solución al terrible pecado que a su juicio había cometido y más con esa inocente chica que tomó sin pudor, sólo para liberarse de la opresión que le imposibilitaba su respiración al recordarla frente a él, desnuda como una diosa mitológica de cabellos dorados y ojos de color semejante a las esmeraldas.

Ella quería caminar hasta él, pero le pareció imprudente. Esperó el amanecer, que no tardó en aparecer.

Candy trató de hablarle como si nada hubiese pasado entre ellos; en nada quería retenerle por compromiso moral, quería que el amor floreciese espontáneamente, sin obligaciones.

─Señor, cuando usted lo considere nos podemos ir.

─Candy, perdóname por lo que te hice. Repararé el daño; pero... pero es irrealizable nuestra unión. Mi amor por Dios es más poderoso. No te puedo poner por encima de él, espero entiendas.

─Señor Ardlay, le pido que olvidemos lo sucedido por favor. Solo le ruego que me deje conservar mi empleo, yo sería incapaz de presionarlo para que esté conmigo.

Sin mayores argumentos, Candy se dio la vuelta y corrió hasta donde se encontraban las embarcaciones.

Albert quiso ir tras ella, pero se contuvo al considerar que de hacerlo le estaría dando esperanzas de algo imposible entre ellos. ¿Un hogar? "No, mi hogar es Dios", se dijo a sí mismo.

Georges y varios empleados de la compañía llegaron en una embarcación para situar con precisión el transporte de la comisión encargada de resguardar las cajas de whisky.

A lo lejos, divisó a su muchacho (William Albert) a quien vio nacer y crecer. Siempre lo amó como el hijo que nunca tuvo.

─William, chico, ¿estás bien?

─No, defraudé a nuestro Creador. Estoy a la espera de su misericordia. Me mandó una prueba y lo defraudé como ya una vez lo hicieron otros en el pasado. No tenemos salvación, si somos tan débiles a las ofertas del mal. Ella para colmo era una santa y yo dominado por la lujuria la hice mía con el vil propósito de convertirme en un hombre con sangre en las venas ─expresó con sincero arrepentimiento.

A Georges le costaba creer lo que su muchacho le confesaba. "¿Entendí mal?", se preguntó, abrazándolo para brindarle consuelo. Luego de verlo más tranquilo, buscó en la cabaña para verificar que no se le haya olvidado nada. A la distancia, observó una prenda íntima femenina y una sábana rosa pálida, estampada con rosas blancas, llenas de alguna sustancia que a su parecer bien podría ser sangre (aspecto que hizo hacerse una hipótesis de lo sucedido).

Más tarde, regresaron al hotel bajo una atmosfera de completa tranquilidad. El señor McGregor se estabilizó clínicamente. Quería por todos los medios hacer despedir a la joven causante de su malestar. Los Lagan le aconsejaron esperar el momento adecuado para llevar a cabo su intención.

Georges tocó la puerta de la habitación de Candy:

─Soy Georges, el hombre de confianza de los Ardlay ¿Puedo pasar?

─Sí, adelante.

─Antes que nada señorita, le pido mis más sinceras disculpas por atreverme a interrumpir su descanso; pero, necesito saber ¿qué ocurrió entre ustedes? ─Candy trató de eludir la pregunta.

─¿Entre nosotros? No... No... ¡Nada! No bajé a tiempo porque tenía... tengo un poco de malestar, pronto se me pasará.

─Señorita Candy, puede ser honesta conmigo.

─Por favor, déjeme sola. Debo llamar a mis hermanas. En dos días será el cumpleaños de una de ellas.

─Me retiraré... No dude en comunicarse conmigo... en caso de algún malestar señorita.

─Gracias, lo tendré en cuenta.

Georges (sin decir nada más) se retiró, solo le faltaba encarar a uno más y ya armaría con suma facilidad el escenario de lo ocurrido en esa noche tormentosa.

Candy (al fin) hizo su aparición en la reunión con los grandes e importantes inversionistas de Europa. Lucía un sencillo vestido casual en tono pastel con sandalias doradas, similar al color de su cabello que llevaba recogido. Neal no tardó en saludarla, besándole aduladoramente los nudillos de su mano derecha.

 Neal no tardó en saludarla, besándole aduladoramente los nudillos de su mano derecha

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─Hermosa, tiempo sin verte. De aquí nos vamos a la fiesta de tu hermana, faltan dos días ¿Cierto?

─Sí, falta poco tiempo.

─No se diga más, viajaremos juntos ¿Te parece? ─Candy quería esquivar a su jefe lo más que pudiese, por lo que decidió aceptar la invitación del joven de piel tostada.

Mientras, Albert llamaba al clérigo.

Continuará.

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