5. El soldadito de plomo

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Al niño le regalaron, seguramente por su santo o su cumpleaños, no se sabe muy bien, una caja de soldaditos de plomo. Cuando el niño deshizo el lazo y abrio la caja se encontr+o con veinticinco bellisimos soldaditos de plomo fundido. Naturalmente, todos eran iguales, pues habian sido fundidos en el mismo molde.

¡Habia que verlos cuando el niño comenzó a ponerse en fila, con sus brillantes casacas rojas, su pantalón azul, sus botas altas marrones y su fusil! ¡Ah, y el gorro, igualmente rojo con trabillas bordadas de oro!

- ¡Ya tengo un ejercito para jugar! -decia el niño dando saltos de alegria. 

Pero ¿Qué era aquello? Aquel soldadito no era igual que otros. Lo cogió, lo examino detenidamente y pudo comprobar que a dicho soldadito ¡Le faltaba una pierna!

- ¡Que fastidio! -decía el niño-, ¿Comó se puede ser soldado sin una pierna?

Pero cuando lo puso en pue como a los otros combrobo que se mantenia firme, exactamente igual que los demás.

El niño, despues de jugar bastante tiempo, colocó sus soldados en una gran mesa, donde se agrupaban otros muchos juguetes, había un bonito castillo de papel, una pelota, muchos muñecos... Pero lo que más resaltaba era una bellísima muñeca, una bailarina con su vestido de tul azul, una banda sonre el pecho y una estrella de plata sujetando la cinta.

El niño colocó su nuevo juguete en el sitio correspondiente y abandonó la habitacion. A lo mejor es que tenia que ir a estudiar. Pero eso no importa.

Lo más importante es que la bailarina fue lo primero que llamó la atención del soldadito cojo.

- ¡Que hermosa es! -exclamó-. Pero... nunca podré alcanzarla; está muy alta para mí.

Efectivamente, la bailarina estaba en la parte alta del castillo de papel mientras él permanecia tumbado, con los otros y dentro de su caja de carton.

A fuerza de mirar el soldadito creyó que la bailarina sólo tenia una pierna, como él. ¿Y sabéis por qué? Pues porque la bailarina que estaba en posición de danzar, tenia la pierna levantada, tan alta, tan alta, que apenas se veia.

- ¡Es lo mismo que yo! -dijo el soldadito-. Es la mujer que me hace falta; además, ¡Es tan bonita! Claro que no será facil hablar con ella.

Acababan de sonar las doce de la chie. Esa era exactamente la hora en que todos los juguetes salian a jugar por su cuent, mientras las gentes de la casa dormian profundamente.

¡Y que movimiento habia en aquella habitacion! El "cascanueces" daba vueltas y más vueltas,  el pizarrín corria solo sobre la negra pizarra, el canario lanzaba bellísimos trinos... Todo era alegría y movimiento.

- ¡Pero bueno! -decía el cabo de los saldaditos de plamo-. ¿Es que nosotros no vamos a poder participar en la fiesta? A ver ¿Hay alguien que quiera echarnos una mano?

El payaso de trapo, que los oyó gritar, corrió a la caja de carton y levantó la tapa, que era lo que les impedía salir.

- ¡Que fiesta tan brillante y divertida! -decían los soldaditos.

Sin embargo, entre todo aquel barullo sólo había dos figuras que no se movieron en toda la noche. El saldadito cojo y la bailarina del castillo del papel. Ella, muy quieta, haciendo equilibrio sobre su pierna. Él muy derecho, sin apartar la vista de la encantadora joven.

De pronto, en medio de aquel barullo salto la tapa de la tabaquera, que era una caja de sorpresas y saltó un muerllo en cuyo extremo había una cabeza feísima, era el duendecillo negro que tambien estaba enamorado de la bailarina.

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