—¿Tampoco te vas a levantar hoy? —David asomó su cabeza por encima de las cobijas. Su madre abrió las cortinas de par en par y la luz que entraba a su cuarto, de manera tan brusca y repentina, le lastimó los ojos—. Con quedarte en cama veinticuatro horas no vas a cambiar nada. Te vas a enfermar. Te estás echando a morir por algo que...
—Tal vez morir es lo que quiero —le interrumpió el chico, cubriendo su cabeza nuevamente con las cobijas.
Su madre no pudo evitar sentirse preocupada con esas palabras. Temía que su hijo fuese capaz de seguir los pasos de su amiga. Nunca había considerado a su hijo capaz de tales actos, pero a Helena tampoco y de un momento a otro la chica simplemente lo había hecho. "A veces no hay señales o no se ven" se lamentó mentalmente, incapaz de decir palabra alguna.
—Déjame solo, por favor —dijo David totalmente cubierto—. Quiero estar solo.
La mujer se acercó al bulto que sobresalía de la cama y se sentó en un borde junto a él. Puso su mano donde creía estaba el hombro de su hijo. David, al sentir el tacto de su madre, asomó la cabeza y la miró. Sus ojos estaban rojos, al igual que su nariz y el contorno de su boca, y brillaban por las lágrimas que estaban a punto de salir.
—No es tu culpa —dijo la mujer acariciando la cabeza de su hijo.
David giró su cuerpo, dándole la espalda.
—Pude haber hecho algo para evitarlo, pero solo fui un mal amigo.
—Eso no te hace culpable. Tú no sabías por lo que estaba pasando Helena y aún si lo hubieras sabido no puedes culparte por las decisiones de otros. Se supone que hasta estaban peleados, ¿no?
—Sí —el chico se sentó—, pero eso no me hace inocente.
—No se trata de ser culpables o inocentes —la mujer se levantó y miró hacia la ventana. El día era soleado, afuera de la casa todo era juegos, risas y rostros alegres—. No puedes solo quedarte aquí encerrado, ni tampoco pensar en que tu muerte arreglaría algo. ¿No has visto el dolor que Helena ha causado a todos? No sabes cuánto me asusta que digas que quisieras morir, no hay nada más doloroso para un padre que tener que enterrar a sus hijos. Ese no es el curso natural de la vida, no creo que pueda superarse un dolor como ese.
—Yo nunca haría eso —murmuró el chico sobando sus ojos con su muñeca—. No sería capaz de algo como eso, me parece egoísta. Es decir, la vida es difícil para todos, hay problemas por todas partes. Estoy molesto con Helena porque se rindió tan fácil, pero estoy más molesto conmigo porque si la hubiera escuchado ese día, ella seguiría viva.
—Eso no lo sabemos.
—¡Claro que sí! Si la hubiera escuchado, tal vez habríamos arreglado las cosas y ella no se hubiera sentido sola y culpable por nada.
—Helena no estaba bien, tal vez eso no habría sido suficiente. No puedes...
En ese instante el teléfono sonó. David se levantó enseguida y fue corriendo a buscarlo. Habían pasado dos días desde que el caso de Helena había salido en las noticias y ese era el momento en el que todavía no se sabía nada de la chica que había saltado del puente. Todavía no era siguiera seguro que se tratase de Helena. Y David guardaba la esperanza de que un día su amiga lo llamara y le dijera que todo había sido una confusión.
—¿Aló?
Del otro lado escuchó un llanto.
—¿Helena?
—Está muerta —la mujer que hablaba lloraba desconsolada—. Encontraron su cuerpo y es ella. Es mi Helena —David quedó petrificado, fue incapaz de articular palabra alguna, parecía incluso que su respiración se había detenido—. ¿Por qué la dejaste sola?
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Jarro de Corazones (Gay)
Teen FictionDavid es un chico tímido y solitario quien pasa su tiempo libre jugando videojuegos o viendo anime. Después de que su mejor amiga Helena le confesara su amor él se ve obligado a hablar de su más grande secreto, su homosexualidad.