Capítulo 7

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—¡Piensa rápido!

David solo sintió un fuerte golpe en la mejilla, todos a su alrededor se reían y unas ganas incontrolables de llorar crecían en su interior.

—¡Ups! ¿Te dolió? ¡Fue sin querer! —exclamó el pelirrojo del salón con una sonrisa sarcástica en su rostro después de levantar la pelota de tenis—. No te pondrás a llorar ¿verdad? Aunque... he oído que eres una niñita, dicen que te gusta que te den por detrás ¿no? —agregó mordiendo la oreja de David—. ¿Te gusta verdad? ¿mírenlo no es adorable? —soltó una carcajada que fue acompañada por las risas e insultos de sus otros compañeros.

—¡Basta! —gritó Nicolás, el pelinegro que se sentaba siempre junto a él—. ¿Cuál es tu maldito problema? Siempre estás molestándolo ¿no será más bien que a ti te gusta? —El ruido y los gritos de los otros chicos no se hizo esperar, parecían bomberos y no precisamente por querer apagar al pelirrojo encendido, sólo causaban que la bestia se alborotara aún más—. ¿Qué? Acaso ¿le atiné? —sonrió triunfante.

El pelirrojo estaba enloquecido por la ira.

—¡Yo no soy un marica! —bramó abalanzándose sobre Nicolás para golpearlo, los chicos comenzaron a gritar cosas para avivar el fuego y hacer de la pelea un divertido espectáculo.

—Ya déjalo —suplicó David temblando con sus ojos llorosos.

El muchacho lo soltó y se levantó acercándose a David, lo tomó fuertemente del cuello de la camisa y le volteó la cara con un fuerte puñetazo. David cayó al piso con el labio ensangrentado, el pelirrojo iba a darle una fuerte golpiza cuando llegó al fin una profesora, Nicolás se levantó y corrió a ayudar a su amigo.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó la señorita Delia desconcertada.

—Éste es un colegio masculino, no sé cómo permiten niñitas como esa, me dan asco —replicó señalando a David con desprecio.

—Señor Mendoza, venga conmigo —Le ordenó la profesora con un tono de decepción en su voz—. Vuelvo en un momento, por favor... mantengan la calma.

Nicolás se acercó a David que se encontraba en el piso inmóvil, la conmoción se reflejaba en su rostro ensombrecido por el miedo, su cuerpo no paraba de temblar y parecía que se le dificultaba respirar. El pelinegro le palmeó suavemente el hombro, pero él no reaccionó de ninguna manera, un hilo de sangre cada vez más grueso se asomaba por la comisura de su labio, ni siquiera el sabor de su sangre le producía algo, simplemente permanecía intacto como si su alma hubiese escapado de su cuerpo.

—David, tranquilo. Todo estará bien —susurró su amigo tratando de limpiar su sangre con un poco de papel que tenía en el bolsillo—. Vamos a la enfermería o al baño ¿sí?

El chico lo tomó del brazo y lo jaló hacia arriba. David parpadeó, miró a sus compañeros con precaución y después de tomar un profundo respiro se levantó. Sus ojos cristalizados eran tristes, un dolor punzante surgía en su pecho.

—Quiero ir a casa —masculló al borde de las lágrimas.

Cuando estaban a punto de salir del salón la señorita Delia volvió.

—Nicolás, lleva a David a su casa, hablaré con los profesores, no quiero que este problema se haga más grande.

La mujer estaba pálida, su rostro reflejaba la decepción y la preocupación que le producía el inesperado incidente.

El chico asintió, agarró su maleta y la de David y cruzó la puerta.

—Ustedes son verdaderamente repugnantes —protestó con amargura mirando a sus compañeros con desdén antes de cerrar la puerta.

Jarro de Corazones (Gay)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora