Teodoro Palacios, la representación de la República de Venezuela, se hallaba decepcionado: había imaginado que a esta hora Alfred y él estarían compartiendo risas y buen humor, que la posterior ida a la playa traería miradas llenas de significados, tropiezos accidentales y no tan accidentales; y que un paseo improvisado por la desierta orilla, con todos los actores del crepúsculo como testigos, sería el lugar de la dulce entrega de su amor.
A partir de allí todos sus días serían maravillosos.
Sin embargo, lo primero no había ocurrido y predecía que el resto tampoco por el rumbo que estaban tomando las cosas: durante el viaje no habían reñido pero tampoco había armonía, después cada quien se había metido a su cuarto y fue por casualidad que se encontraron a la entrada del bungalow y de allí partieron a la piscina principal.
Teodoro abrió los ojos repetidamente ante una súbita idea: ¿Fue casualidad o es que ya de tanto convivir juntos estamos sincronizados?
Y sonrió.
También tenía que admitir que había creído demasiado en los supuestos efectos afrodisíacos y relajantes del paisaje marítimo. Solo era el primer día en Margarita*.
Eso le recordó la tercera bandeja de tequeños** que le acababa de entregar el mesero. Agarró uno, lo sostuvo con su mano y miró hacia la alberca. Por lo menos—se dijo—podía disfrutar de la vista. Y tenía todas las razones para pensarlo, pues en enfrente suyo se hallaba un gringo que salía de la piscina bañado por los rayos de Sol y delineado por las gotas del agua; el torso, pecho y piernas portentosas. El bañador se pegaba a su cuerpo y la parte de su cabello que se adhería a su frente fue retirado con suaves movimientos de la cabezas a ambos lados.
Palacios mordió el tequeño y agradeció tener puestos sus lentes de Sol.
Jones abrió los ojos y le dirigió la mirada recriminadora que ponía antes de empezar a regañarlo.
Teodoro llevo de nuevo el tequeño a la boca mientras se acomodaba las gafas entre su pelo y observaba a Alfred esperando reprimenda.
—Teodoro ¿Eso que veo es la tercera bandeja de tequeños que pides?
—Sí.
—¿Es que quieres empegostarte el estomago***?
—No...Es que como estoy de vacaciones y tenía hambre quise comer lo que me provocaba.
—Pero, ¿no ves que acabas de salir de una situación delicada?
—Pero hace ya dos meses mínimos que estoy estable.
—Sí, es verdad, y si tenemos en cuenta cómo estabas la evolución es admirable incluso para mi, pero creo que todavía no deberías ser tan indulgente contigo mismo.
—¿Te estás preocupando por mi? —preguntó entre confuso y cada vez más alegre.
—¿Qué? —contestó a modo de pregunta perplejo.
—Bueno, desde que tuvimos la gran pelea no te habías públicamente interesado por mi salud.
—Eso... —Por un momento su mente se paralizó ante el golpe de la realidad, y en la confusión se giró y caminó de nuevo a la piscina hasta que oyó como el venezolano lo llamaba y volvió su rostro.
—Te acaban de traer la arepa. Se te va a enfriar.
Estados Unidos se volteó completamente sorprendido hacia Venezuela y el plato que sostenía. Él no había pedido una arepa pero si deseado en privado, así que, ¿cómo Palacios...?
—Cuando nos estábamos bañando en la piscina dijiste que querías una «reina pepiada**** », lo dijiste más para ti —explicó y le tendió el plato con una tímida sonrisa.
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Cosa de dos
FanfictionDe buenos amigos a enemigos declarados. Estados Unidos y Venezuela tienen una de las peores relaciones existentes. Pero, ¿cuántó de esto es cierto? Sobre todo cuando la vida del país caribeño pende de un hilo.