Un mechón de cabello es escondido detrás de la oreja. Sendas manos alisan la chaqueta del oscuro traje. Los botones de las mangas son abrochados.
Suspiro.
Una mano peina la pollina hacia atrás. Las manos se posiciones en las caderas.
El espejo le devuelve el reflejo. Inspira, espira, se da la vuelta, agarra su maletín, sale de la habitación y baja las escaleras mirando su sombra.
De repente, al final de los peldaños, su negra silueta se funde con una más ancha. Levanta sus pupilas y el verde mar se une con el azul de cielo. El corazón se le acelera más su rostro permanece inmutable.
—Toma.
Sus ojos viajan al brazo que ha quebrado el muro entre ellos: la mano sostiene una lonchera*. Su mirada vuelve a posarse en azul enmarcado por unos cristales rectangulares.
—No es bueno que almuerces siempre en la calle. —Su voz se escucha serena, mas en el fondo hay un deje de inseguridad.
Palacios lo estudia un segundo, toma el recipiente con delicadeza evitando hacer contacto, se gira hacia la puerta y camina sin mirar atrás a la vez que le regala un seco «Gracias».
Alfred, descorazonado, observa aquella espalda que ya no reconoce: aquel coqueto andar y los traviesos gestos han sido sustituidos por la sobriedad. La sensualidad ha desaparecido por la seriedad y la frialdad.
La puerta se cierra y el silencio se aposenta en la morada. El rubio suspira derrotado y se encamina al patio. Siente la hierba ceder a su pisada y cómo la tela de la hamaca lo recibe, lo abraza y espanta el viento que viene del Ávila. Los ruidos de la ciudad acuden a sus oídos como un murmullo que lo adormece.
Este es uno de los pocos momentos del día en que se encuentra realmente solo: una hora antes de que Yusmelis abra la puerta y él, con su alegría fingida, le dé los «Buenos días» y pregunte por sus muchachos.
Se abraza a sí mismo: ya no sabe qué hacer para recuperarlo.
La tristeza le oprime el pecho. Inspira para aplacarla, se pega más a la tela y su cerebro registra esa esencia que lo deprime y excita. Aprieta su camisa con sus manos, relaja el agarré y comienza a acariciarse con una sola imagen en su mente. Sus gemidos que no tardan en llegar, lo sorprenden y obligan a parar. Esa situación no lo satisface. Él no quiere que su piel se encienda gracias a una fantasía sino al tacto de unas morenas manos. Que su cuerpo arda ante el sensual baile de sus pieles. Que su nariz se embriague de la caña de azúcar y sus pupilas se perdieran en aquel paraíso.
Desde que habían peleado no había parado disculparse. Le amargaba lo irónico de la situación: primero Palacios suplicó por su perdón y ahora él, a pesar de que había jurado que jamás lo haría, no le importaba pisotear su orgullo si con eso lo recuperaba. No obstante, las formas de buscarlo diferían de las del latino: si Venezuela prefirió un enfoque directo para enfatizar la seguridad de sus sentimientos, E.E.U.U optó por la discreción y los detalles para así demostrarle que no iba imponer sus deseos y que estaba más que dispuesto a escucharlo y aceptar quien era.
Poco a poco se fue infiltrando en su vida: al principio lo acompañaba en silencio mientras comía o miraba la televisión. A veces, el venezolano abandonaba la habitación ante el suspiro y la expresión derrotada del gringo. Otras, Alfred se quedaba observando hacía el cuarto del latino acompañado del frescor de la madrugada, preocupado y expectante ante la posibilidad de ser descubierto.
Jones recordó un día que, mientras contemplaban el atardecer, le pareció intuir un avance en su relación: el norteamericano admitió que el cielo le parecía más majestuoso aquí que en su casa, a lo que Palacios le contestó vagamente que eso se debía a que se encontraban cerca del ecuador y, por eso, la variedad de colores y su brillantez era mayor que en el norte.
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Cosa de dos
ФанфикDe buenos amigos a enemigos declarados. Estados Unidos y Venezuela tienen una de las peores relaciones existentes. Pero, ¿cuántó de esto es cierto? Sobre todo cuando la vida del país caribeño pende de un hilo.