Para cuando llegué a la puerta del instituto ya habían pasado unos diez minutos desde la hora acordada para el inicio de la bienvenida. Los nervios me habían jugado una mala pasada y me hicieron devolver todo el desayuno, por suerte mi outfit resultó intacto y, solo hicieron falta una botella de agua y un par de chicles para restaurar mi estado inicial. Jacob se encargó personalmente de que mi pelo quedase perfectamente recogido para cuando comencé a vomitar, así como de sujetarme el resto del camino por si me volvía a marear.
— Gracias, no se que habría hecho si no hubieses estado tu —. Le dediqué una sonrisa.
— No es nada ovejita, ahora vete, no puedes perderte el día de las presentaciones — Jacob se acercó a mi con la intención de darme un beso de pico pero, para mi sorpresa, se detuvo en seco antes de llegar a rozar mis labios, dudó durante unos segundos y redirigió el beso hasta mi mejilla.
— Si, claro —. Intenté hacer como si nada, entendía que, después de vomitar, mi boca no era el lugar más apetecible en el que depositar sus labios, pero no dejaba de resultarme incómodo — Bueno, nos vemos luego.
Una vez dicho esto, di media vuelta y me enfrenté cara a cara a lo que sería mi perdición los siguientes dos años. A primera vista el instituto no se veía mal, no parecía que el techo se fuese a caer o que los cristales estuviesen todos rotos tal y como me lo había pintado mi madre, por lo que, en cierto modo, logré aliviarme.
Respiré hondo y me adentré por la puerta principal en lo más parecido a un laberinto que había visto en mi vida. Como iba bastante tarde no llegué a cruzarme con nadie y mis expectativas aumentaron considerablemente. Me dirigí ilusionada al auditorio, lugar en el que debía estar celebrándose la ceremonia de inauguración, revisé que mi aliento hubiese dejado de apestar a fluidos estomacales y me retoqué un poco el pantalón.
Tragué saliva dispuesta por fin a empujar la puerta doble cuando sentí una respiración en mi nuca que erizó por completo cada centímetro de mi piel.
— ¿Piensas entrar?, ¿O estás esperando a que te abra la puerta?
Sobresaltada giré la cabeza y pude observar a una chica de pelo azul turquesa a mi espalda. La chica vestía de una forma un tanto peculiar, "obscena" por decirlo de algún modo. Llevaba puestos unos pantalones vaqueros anchos y rotos casi desde el inicio del muslo, unas enormes botas militares y una camiseta de tirantas negra, todo esto acompañado de una camisa de cuadros así como numerosas cadenas, pendientes y anillos que me hicieron sentirme amenazada nada más verla. Ella era la máxima representación de todo aquello que mis padres me habían pedido específicamente que evitase.
— Pues se ve que la segunda —. Antes de que me diese tiempo a reaccionar la chica peliazul depositó su mano en la puerta , pude contemplar su brazo a escasos centímetros de mi cabeza y, de un empujón la abrió, con un dócil movimiento abandonó su posición inicial y se adentró en la estancia. — ¿Vas a pasar? — Se detuvo para sostener la puerta.
— Gracias...supongo —. Le respondí con cierta arrogancia, su actitud no me terminaba de simpatizar.
Entré en la sala intentando ser lo mas discreta posible, obviando por completo la risa sarcástica de la chica ante mi comentario.
— De nada, supongo yo — Volteó los ojos y dejó que la puerta se cerrase de un golpe seco tras nosotras.
A pesar de la amplitud de la habitación el estruendo llegó a oídos de la directora que se encontraba sobre el escenario que presidía el lugar.
— Vaya, parece ser que dos de vuestras compañeras acaban de unirse a nosotros nada mas y nada menos que quince minutos tarde.— Alegó la señora directora mientras miraba su reloj.— Bien, chicos, este es un claro ejemplo de las cosas que no vamos a tolerar en este centro, la puntualidad para nosotros es de vital importancia ¿Verdad señorita Velarde?.— Automáticamente todos los allí presentes desviaron su mirada hacía el final de la sala.
Pude percatarme de cómo la chica de las cadenas, que ya había puesto rumbo al primer asiento vacío de la fila, se encogía de hombros y giraba en dirección a la señora con el micrófono.
— Por supuesto, mi idea desde el principio fue ayudarte con la demostración — Dijo la peli azul con cierto matiz irónico levantando uno de sus puños a la par que un murmullo generalizado acompañado de risas — Bueno Mónica, ¿Puedo sentarme ya?
La directora rodó los ojos en señal de desaprobación mientras yo me sentaba en uno de los asientos del final con la esperanza de que no se hubiesen percatado de mi presencia.
— Si, Luna, siéntate de una vez, y que sepas que espero veros a ti y a tu amiguita en mi despacho al terminar.
— Oído cocina —. Las risas volvieron a intensificarse y yo sentí como el peso del universo se me echaba encima maldiciendo el momento en el que decidí cruzar aquella puerta.
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Como si fuera pecado
Teen FictionImagina que todo lo que siempre has rechazado se vuelva parte de tu realidad mas absoluta. El amor es una de las mejores razones para dar un drástico cambio en tu vida y, una de las menos buscadas. El amor no se elige, el amor llega y te rompe todos...
