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El viento fresco chocando contra su ventana lo hacía detener sus pensamientos. Estaba echado en su cama con ambos ojos hinchados de tanto llorar, el único pensamiento que corría por su cabeza era el de Jeongguk corriendo a sus brazos uniendo sus cuerpos como si de uno solo se tratase, sintiendo como el amor los rodeaba viviendo en una especie de realidad deseada en donde tendría un final feliz con su amado.

Ahora Jimin realmente se preguntaba a sí mismo si podría estar con Jeongguk, jamás se debería haber confiado de tal manera, debía haberlo sabido por experiencia que nunca sería feliz por un largo período, siempre algo malo se asomaría para acabar con la felicidad de Park.

No había podido cerrar sus ojos en toda la noche imaginando escenarios ficticios con su pelinegro, las horas pasaron y pasaron hasta que la luz del sol empezó a aparecerse en su habitación. Decidió levantarse de su cama para ir a verlo y contarle todo, no podría ocultarle nada al ser que mas amaba en la tierra. Aunque la verdad doliera, tenía que decírsela, tenía que ser fuerte como el hombre que era.

Se aferró al cárdigan que llevaba puesto y salió de su casa sin darle explicación alguna a sus padres quienes por primera vez en años parecían estarlo esperando con una maldita sonrisa en sus caras. Jimin estaba odiándolos como nunca, no entendería jamás el por qué de casarse obligatoriamente con alguien que no amabas, la necesidad de tener esposa e hijos para tener una vida completa, Jimin sabía que esas eran puras mentiras.

(...)

Llegó a la casa de Jeongguk luego de haber llorado durante todo el camino. Sentía la necesidad de estar con él, de que el mayor lo abrazara y le diera alguna forma de que ambos pudiesen estar felices, incluso aunque sea imposible, solo necesitaba su compañía, su hogar. Abrió la puerta sin siquiera golpear encontrándose con un pelinegro confundido ante la repentina visita, aunque presentía que algo estaba pasando.

— ¿Príncipe? ¿Qué sucedió? — preguntó levantándose rápidamente del sillón en el que estaba sentado para unir sus brazos en el cuerpo del menor.

— No lo sé, Jeonggukie. Esto es muy difícil de explicar y no quiero perderte. — respondió acariciando la amplia espalda del pelinegro.

— Te he dicho que jamás te dejaría solo, Jiminssi. Te amo y estaré para ti por el resto de mi vida, solo necesito que me expliques lo que está pasando para poder ayudarte — dijo mientras tomaba su muñeca y lo llevaba para sentarse.

Para Jeongguk era todo tan fácil, tal vez porque no sabía lo que se le vendría. El amor de su vida le pertenecería a otra persona y tendría que vivir sabiendo que su amor jamás pudo ser. Jimin tragó saliva y jugueteaba con sus dedos mostrando el claro nerviosismo que sentía, ¿Jeongguk realmente entendería la situación?

Se acomodó en su asiento para acto seguido carraspear — Me voy a casar... — soltó alzando lentamente la mirada hasta encontrarse con la de Jeongguk, era difícil de explicar aquella mirada, sus ojos estaban completamente oscuros, las estrellas ya no se veían reflejadas dentro, tan solo dolor y tristeza.

— ¿Qué? ¿Hice algo malo? ¿No me amas? — preguntó mientras su voz se comenzaba a quebrar — Hago lo que me pidas, Jimin. Tu eres lo que más amo en esta vida, por favor no lo hagas. ¿Quién es la persona?

— ¡Por Dios! Jeongguk, por supuesto que te amo y lo hago con cada fragmento de mi corazón. No es como tu crees, juro que si pudiera no lo haría pero mis padres están obligándome a hacerlo. ¡Te amo! Y siento que vuelvo a la vida cuando te veo sonreír, nunca jamás nadie me hará sentir de la misma forma en la que tú lo haces porque eres incomparable y único para mí.

Las palabras de Jimin habían puesto al pelinegro aún más sentimental, ¿Significaba esto que se acabarían esos dulces besos que se regalaban por las noches? ¿Significaba que Jimin ya no le pertenecería y dejaría de ser suyo para siempre? No podía permitirlo y buscó formas de quedarse con él en su cabeza, hasta que la peor idea suegió.

— Amor mío, escapemos de este maldito lugar, seamos felices fuera de aquí en donde solo tú y yo podamos serlo. — idealizó mientras que Jimin lo miraba incredulo.

— ¿Estás loco? Me reconocerían en cualquier lugar, ¿No entiendes que no hay escapatoria? — reprochó alzando una ceja.

— No, Jimin. Tu eres el que no comprende... Escapemos de aquí a un lugar donde nadie pueda encontrarnos, mi hermano tiene una casa en las afueras de Seoul, podemos ir allí, no te preocupes por el transporte puedo conseguir uno, solo acepta...

— Lo pensaré ¿Si? Ahora debo volver, mis padres querían hablar conmigo, fingiré que todo está bien, Te amo Gukkie, no lo olvides — finalizó levantándose mientras plantaba un suave beso en los labios del mayor y abandonó la casa del mismo con dirección a la suya.

(...)

Volvió a su casa aún pensando en lo que Jeongguk le había ofrecido, tal vez parecía la peor de las ideas que alguien jamás haya tenido, pero se arriesgaría a todo con tal de verse a sí mismo feliz con la persona a quien en verdad amaba con locura, no atado a una relación incómoda con aquella mujer quien apenas conocía.

Llegó y no comprendía el por qué de tanto alboroto, entrevistadores y paparazzis se encontraban en el jardín de su casa, pensó que se debería a algún tipo de trabajo profesional de sus padres, pero hubiese preferido enterrarse vivo al ver de lo que se trataba, tan solo quería escaparse lejos y jamás volver al infierno que sus padres le estaban haciendo vivir.

Uno de los entrevistadores se acercó a él haciendo que el resto también lo hicieran — ¡Joven Park! Sus padres nos han comentado que se casará pronto, ¿Dónde conoció usted a la afortunada? ¿Fue usted quién pidió su mano? — preguntaban ano tras otro.

"Pura mierda, no quiero casarme con esa mujer porque a quien realmente amo es un jodido hombre, malditos imbéciles" pensó en gritar, pero no pudo, su padre se encontraba frente a él comiéndolo con la mirada, no le quedó de otra que responder todas y cada una de las estúpidas preguntas que esos viejos regordetes le hacían.

Todo en el interior de su casa había cambiado, era un completo infierno. Las blancas y largas cortinas, las mesas cubiertas de blancos manteles floreados, las empleadas más calladas que de costumbre sacudiendo los manteles que aún faltaban por poner. Habían convertido su hogar en un maldito salón de casamiento y Jimin en su cabeza deseaba que fuese Jeongguk el que lo acompañara a aquel feo altar que sus padres pidieron colocar.

Cardigan - kookminDonde viven las historias. Descúbrelo ahora