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La mañana comenzó antes de que estuviera listo para ella.

Abrí los ojos varios minutos antes de que sonara la alarma, atrapado en esa sensación confusa que existe entre el sueño y la conciencia, donde el cuerpo ya despertó pero la mente todavía no termina de regresar del todo. Permanecí inmóvil, mirando la oscuridad tenue del techo, intentando identificar qué era exactamente lo que me había sacado del sueño.

No encontré nada concreto. Ni un ruido. Ni un pensamiento. Solo una incomodidad leve, persistente, instalada en algún lugar difícil de señalar.

Cerré los ojos otra vez, esperando recuperar aunque fuera un fragmento de lo que había estado soñando, pero apenas quedaban restos dispersos, imágenes demasiado borrosas como para entenderlas. La sensación, en cambio, seguía ahí. No era miedo. Tampoco angustia. Era algo más sutil, más difícil de nombrar, como si hubiera olvidado algo importante y mi cuerpo lo supiera antes que yo.

La alarma terminó sonando unos minutos después, rompiendo el silencio con una brusquedad que me hizo incorporarme más rápido de lo necesario. Me llevé una mano al rostro, intentando despejarme, y permanecí sentado en la cama durante unos segundos, respirando despacio.

La habitación estaba exactamente igual que siempre. La puerta cerrada. El escritorio desordenado. La ropa apoyada sobre la silla. Nada fuera de lugar. Y, aun así, me costaba sentir que realmente estaba ahí.

Me levanté por inercia y empecé a prepararme para salir, dejando que el cuerpo siguiera una rutina que no necesitaba pensar demasiado. Bajé a la cocina todavía atrapado en esa especie de neblina mental que a veces aparece después de dormir mal. Mi madre ya estaba despierta, organizando algunas cosas antes de irse al trabajo.

—Te serví café —dijo al verme entrar.

Asentí apenas.

—Gracias.

Me senté frente a la mesa y acerqué la taza lentamente. El calor subía en pequeñas espirales de vapor que desaparecían antes de alcanzar mi rostro. Me quedé observándolas más tiempo del necesario, distraído en algo que ni siquiera entendía del todo.

—¿Dormiste bien? —preguntó mi madre mientras revisaba su bolso.

La pregunta me hizo volver.

Parpadeé una vez antes de responder.

—Sí... creo.

No sonó convincente.

Ella levantó apenas la mirada hacia mí, como si quisiera decir algo más, pero terminó guardándose la idea. Había aprendido hace tiempo que insistir demasiado conmigo casi nunca servía de algo.

El silencio volvió a instalarse entre los dos, cómodo en apariencia, aunque ligeramente frágil por debajo.

Tomé un sorbo de café. Estaba tibio. No recordaba cuánto tiempo llevaba sosteniendo la taza.

Fruncí levemente el ceño y la dejé sobre la mesa, tratando de ordenar la sensación extraña que empezaba a crecer en el fondo de mi cabeza. Era como si los minutos estuvieran ocurriendo con una pequeña desincronización, apenas perceptible, suficiente para hacer que todo se sintiera un poco desplazado.

Mi madre dijo algo más antes de salir.

No entendí qué.

La escuché hablar, reconocí su voz, incluso levanté la mirada hacia ella en el momento correcto, pero las palabras no llegaron realmente a mí. Fue como ver una escena detrás de un vidrio demasiado grueso.

—¿Benjamín?

Parpadeé otra vez.

—¿Qué?

Ella me observó con una mezcla breve de duda y preocupación.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora