5

53 5 0
                                        

Desperté con la sensación de que algo había quedado a medio resolver. No era una idea clara, ni un recuerdo preciso. Era más bien un residuo, una incomodidad leve que no lograba ubicar del todo, como cuando uno intenta recordar un sueño y solo conserva la impresión de que había algo importante ahí, algo que ya no está.

Me quedé mirando el techo unos segundos, dejando que la luz de la mañana terminara de entrar en la habitación. Todo parecía en orden. La puerta seguía cerrada. El silencio, intacto.

Exhalé despacio.

No había pasado nada.

Eso era lo más lógico.

Y, aun así, la sensación no desapareció del todo.

Me levanté sin prisa, apoyando los pies en el suelo frío, dejando que el cuerpo terminara de acomodarse al día. La rutina siguió su curso con una normalidad que, por momentos, se sentía prestada. Me vestí, bajé a la cocina, tomé café sin detenerme demasiado en el sabor. Mi madre habló de cosas cotidianas, de horarios, de pendientes, de lo de siempre. Asentí en los momentos correctos, respondí lo necesario.

Funcionaba.

Eso bastaba.

Pero había algo en el fondo que no terminaba de alinearse del todo, como una pequeña desviación que no era suficiente para detener nada, pero sí para impedir que todo encajara por completo.

Salí de casa sin un destino definido.

O eso me dije.

Caminé durante varios minutos sin pensar demasiado en la dirección, dejando que el ritmo de mis pasos se impusiera por sí solo. El aire estaba más frío que el día anterior, y el cielo mantenía ese tono gris que parecía no terminar de irse nunca. Las calles estaban llenas de gente que avanzaba con prisa, cada uno ocupado en algo que yo no lograba compartir del todo.

No estaba perdido.

Pero tampoco estaba exactamente ahí.

Cuando me di cuenta de hacia dónde me dirigía, ya era tarde para fingir que no había sido una decisión.

El parque.

Me detuve a unos metros de la entrada, observando el lugar como si lo estuviera viendo por primera vez, como si necesitara confirmar que seguía siendo el mismo. Las bancas, los senderos, los árboles... todo en su sitio.

Pero tú no estabas.

Sentí cómo algo se tensaba apenas en el pecho, una reacción breve que intenté ignorar de inmediato. Era absurdo esperar que estuvieras ahí, como si el mundo funcionara en función de lo que yo necesitaba.

Aun así, avancé.

Recorrí el mismo camino del día anterior, pasando por los mismos puntos, reconociendo pequeños detalles que no sabía que había registrado. Me senté en una de las bancas, dejando la mochila a un lado, apoyando los codos sobre las rodillas.

Esperé.

No sabía exactamente qué.

Tal vez nada.

Tal vez a ti.

Pasaron algunos minutos sin que ocurriera nada distinto. El viento movía las hojas con una insistencia suave, y el sonido de pasos ajenos se mezclaba con el murmullo lejano de la ciudad. Bajé la mirada, siguiendo con los ojos una grieta en el pavimento que se extendía de forma irregular, sin un patrón claro.

Entonces escuché pasos acercándose.

No levanté la vista de inmediato.

No quería asumir.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora