El dolor llegó como una ola brutal que se estrelló contra mi cuerpo, pero lo que más me sorprendió fue el silencio que vino después. Un silencio extraño, irreal, como si el mundo entero hubiera decidido detenerse durante unos segundos. El ruido de la ciudad desapareció. No escuchaba autos, ni voces, ni el viento atravesando las calles mojadas. Solo mi respiración entrecortada y el latido desordenado de mi corazón golpeándome dentro del pecho.
Abrí los ojos lentamente.
Por un instante pensé que quizá estaba soñando, pero el ardor insoportable en el costado y el frío del pavimento bajo mi espalda me trajeron de vuelta demasiado rápido.
Intenté moverme. Mala idea. El dolor atravesó mi cuerpo de inmediato, afilado, violento, obligándome a soltar el aire entre dientes. Cerré los ojos apenas un segundo mientras intentaba recuperar la respiración.
Las luces de la calle se deformaban frente a mí, mezclándose unas con otras sobre el asfalto mojado. Todo parecía distante. Como si estuviera mirando la escena desde algún lugar fuera de mí mismo.
El cuerpo me pesaba demasiado.
Sentía algo cálido deslizándose por mi frente y un temblor involuntario recorriéndome las manos. Una parte de mí quería dejarse caer completamente dentro de esa oscuridad que empezaba a abrirse detrás de mi cabeza, pero otra seguía aferrándose al dolor. Como si el dolor fuera la única prueba de que todavía seguía aquí.
Cuando volví a abrir los ojos, había más personas alrededor. El conductor del auto hablaba nerviosamente por teléfono unos metros más allá. La sensación de irrealidad regresó lentamente. Todo parecía demasiado lejano. Mi cuerpo estaba ahí, tendido sobre la calle húmeda, pero mi mente seguía atrapada en otra parte.
En ti.
La idea apareció sin aviso.
Tu voz. Tus ojos. Sentí el pecho romperse otra vez. Quería llorar, pero ni siquiera tenía fuerzas para eso.
El sonido de una sirena comenzó a acercarse a la distancia, cada vez más fuerte, hasta que finalmente las luces rojas iluminaron la calle mojada alrededor de nosotros.
Los paramédicos llegaron rápido. Escuché preguntas que respondí casi en automático: mi nombre, si sabía dónde estaba, qué era lo último que recordaba.
Las palabras salían lentas.
—Necesitamos inmovilizarlo —dijo uno de ellos mientras colocaba un collarín alrededor de mi cuello.
El contacto frío del plástico me hizo tensarme apenas.
—¿Puedes mover las piernas?
Lo hice lentamente. El dolor volvió a dispararse por mi cuerpo. Solté el aire con dificultad.
—Bien —dijo el paramédico—. Tranquilo. Parece peor de lo que es.
Parecía peor de lo que era. La frase se quedó dando vueltas dentro de mi cabeza mientras me levantaban cuidadosamente y me acomodaban sobre la camilla. Porque ojalá todo lo que me estaba pasando pudiera reducirse solo a esa noche.
Javier discutió unos segundos con uno de los paramédicos antes de que finalmente le permitieran subir conmigo a la ambulancia. No supe cuándo llegó. Cuando se sentó cerca de la camilla, no dijo nada de inmediato. Solo se quedó observándome con una expresión extraña, como si todavía estuviera procesando la idea de verme ahí.
—Casi me matas del susto, idiota —murmuró al final.
La frase intentó sonar molesta, pero la voz le tembló apenas al decirla. Y eso dolió más de lo que esperaba. Desvié la mirada hacia las luces blancas del techo de la ambulancia mientras el vehículo comenzaba a avanzar.
