El día siguiente llegó con una tranquilidad extraña, una de esas mañanas en las que el mundo parece haberse movido apenas unos centímetros durante la noche. Nada había cambiado realmente, pero aun así todo se sentía ligeramente distinto, como si la realidad hubiera reajustado algo pequeño mientras yo dormía.
La lluvia había desaparecido.
El cielo seguía cubierto de nubes, aunque más claras que los días anteriores, y la luz que entraba por la ventana ya no tenía esa tonalidad gris oscura que convertía cada mañana en una continuación de la anterior. Permanecí acostado unos segundos, observando cómo el viento movía apenas las cortinas, intentando reconocer la sensación que había en mí.
Me levanté más temprano de lo habitual, sin necesidad de obligarme demasiado. Había dormido mejor, o al menos lo suficiente como para que el cuerpo no se sintiera completamente ajeno al día. Incluso el silencio de la casa parecía menos pesado mientras me preparaba café y apoyaba los brazos sobre la encimera esperando que terminara de hervir el agua.
Por un momento pensé en ti.
No como una irrupción repentina ni como esos pensamientos insistentes que aparecían sin dejarme espacio para otra cosa. Esta vez fue distinto. Más tranquilo. Más cercano a una costumbre que a una obsesión.
Me pregunté si volvería a verte.
Y casi inmediatamente entendí que ya no se trataba de una posibilidad lejana. Habías empezado a ocupar un lugar concreto dentro de mis días.
La universidad transcurrió con una normalidad inesperada. Logré mantenerme atento durante las clases, responder cuando era necesario, incluso participar en una discusión que normalmente habría evitado por simple cansancio. Javier lo notó casi de inmediato.
—Mira eso —dijo mientras salíamos del aula—. Volvió a funcionar el sistema operativo.
Lo miré con una mezcla breve de confusión y cansancio.
—No sé si eso fue un insulto.
—No, fue peor. Fue esperanza.
Solté una risa pequeña.
Y el hecho de que saliera con naturalidad me desconcertó más de lo que debería.
Javier levantó una ceja, observándome apenas unos segundos antes de sonreír de lado.
—Definitivamente hay alguien.
Negué con la cabeza casi por reflejo.
—No empieces.
—Benjamín, llevabas semanas caminando como si tuvieras un funeral interno permanente. Hoy hasta pareces una persona.
—Gracias, creo.
—De nada. Solo no desaparezcas emocionalmente demasiado rápido. Necesito que alguien más repruebe conmigo si sale mal el parcial.
Seguimos caminando por el pasillo mientras hablaba de cualquier otra cosa, pero parte de mí seguía detenida en esa frase.
Hoy hasta pareces una persona.
Era absurdo el alivio que me produjo escuchar algo así.
Como si durante todo este tiempo hubiera estado funcionando únicamente por costumbre, imitando una normalidad que ya no sentía completamente propia. Y tal vez era cierto. Tal vez llevaba demasiado tiempo viviendo desde una distancia segura, evitando involucrarme demasiado con cualquier cosa que pudiera alterar el equilibrio precario al que me había acostumbrado.
Hasta ahora.
Cuando salí de la universidad no intenté engañarme fingiendo que no sabía adónde iba. Ni siquiera reduje el paso para aparentar indecisión. Simplemente caminé.
