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Hoy, en la universidad, alguien me preguntó si estaba bien. Fue una de esas preguntas que suelen decirse por costumbre, casi como un gesto automático que no espera una respuesta real. Sin embargo, cuando levanté la mirada, noté algo distinto en sus ojos, una duda leve que no encajaba con la ligereza de la pregunta, como si por un instante hubiera visto más de lo que yo estaba dispuesto a mostrar. Durante un segundo consideré decir la verdad, dejar que todo saliera sin orden, sin cuidado, como si las palabras pudieran vaciarme y aliviar algo de lo que llevo dentro. Pero ese impulso pasó, como pasan casi todas las cosas importantes, y terminé respondiendo lo de siempre, con una seguridad que no me pertenece.

Dije que estaba bien.

Y mentí, otra vez, con una facilidad que empieza a resultarme peligrosa.

El resto del día transcurrió sin que yo realmente formara parte de él. Asistí a clases, tomé apuntes que probablemente nunca vuelva a leer y asentí en conversaciones que apenas registré. Todo parecía moverse con una normalidad que no lograba comprender, como si el mundo continuara intacto mientras algo en mí se había detenido días atrás sin que nadie lo notara. Cuando finalmente salí, no sentí la necesidad de regresar a casa. Mis pasos me llevaron, casi sin darme cuenta, al parque donde solíamos sentarnos.

El aire estaba frío y arrastraba ese olor húmedo que deja la lluvia al día siguiente. Las bancas conservaban pequeñas gotas sobre la madera, y el suelo, oscurecido, reflejaba de forma irregular el cielo gris que lo cubría todo. Algunas hojas secas se desplazaban con el viento, dibujando recorridos erráticos que terminaban perdiéndose entre los senderos. Me senté con cuidado, dejando la mochila a un lado, sintiendo la humedad filtrarse a través de la tela, como si el lugar entero se negara a dejar atrás lo ocurrido la noche anterior.

Levanté la vista hacia el cielo, intentando encontrar en ese gris uniforme algún tipo de calma que no apareció. Cada paso que resonaba sobre el pavimento me devolvía a la misma idea, persistente e incómoda: estaba solo. Aun así, en medio de esa soledad, escribir me ofrecía una forma extraña de sostenerme, como si al poner las cosas en palabras pudiera evitar que todo se desordenara por completo.

Intenté imaginarte sentada a mi lado, ocupando el espacio que ahora parecía demasiado amplio. Pensé en la forma en que solías romper los silencios, diciendo cualquier cosa sin importancia o riéndote de algo que solo tú encontrabas gracioso, logrando que todo se volviera más ligero, más fácil de respirar. Pero esa imagen no duró mucho. Se deshizo con la misma rapidez con la que apareció, y el silencio regresó, más denso, más consciente de sí mismo.

Abrí el cuaderno.

Las esquinas estaban gastadas, marcadas por el uso y por todas las veces que lo abrí sin saber exactamente qué escribir. Las páginas guardaban fragmentos inconclusos, pensamientos que no llegaron a completarse, intentos fallidos de nombrar cosas que en su momento no supe entender. Algunas de esas páginas eran sobre ti, aunque nunca lo hubiera admitido en voz alta. Entre ellas, estaba el recuerdo de la primera vez que te vi.

Fue un lunes largo, de esos que parecen no terminar nunca. Yo estaba agotado, con esa sensación de estar desconectado de todo, como si observara el mundo desde detrás de un vidrio empañado que no lograba limpiar. Los sonidos llegaban amortiguados, las voces se mezclaban sin forma y las luces parecían demasiado lejanas para pertenecer al mismo lugar en el que yo estaba. Todo se sentía distante, como si la vida ocurriera en otro sitio.

Y entonces apareciste.

No fue un momento espectacular ni algo que alguien más hubiera notado, pero para mí tuvo el efecto de una interrupción precisa, como si algo se hubiera acomodado sin pedir permiso. No sabría decir en qué consistió exactamente ese cambio, porque no fue inmediato ni evidente, pero dejó una marca que entendí mucho después.

Llevabas un abrigo negro demasiado grande para ti, como si te envolviera más de lo necesario, y mientras ajustabas la bufanda con un gesto sencillo, casi distraído, hubo algo en ese movimiento que me resultó imposible de ignorar. Era un detalle mínimo, cotidiano, y sin embargo tenía una delicadeza que contrastaba con todo lo demás. Recuerdo haber pensado, sin sentido alguno, que nada debería poder hacerte daño.

Caminabas sin prisa, como si no pertenecieras del todo a ese lugar, como si el ritmo del mundo no terminara de alcanzarte. Durante un instante tuve la sensación absurda de que, si no hacía nada, ese momento iba a desaparecer sin dejar rastro, como si no fuera a repetirse nunca.

No sé en qué punto decidí acercarme, o si realmente lo decidí. No hubo valentía en ese gesto, ni una intención clara que pudiera justificarlo. Fue más bien una necesidad silenciosa, algo que me empujó hacia adelante cuando todo en mí sugería quedarme donde estaba.

Avancé con una torpeza que todavía puedo reconocer al recordarla, midiendo cada paso como si el suelo pudiera fallar en cualquier momento. Cuando estuve lo suficientemente cerca como para no poder fingir que no estaba ahí, hablé.

Te saludé.

Mi voz traicionó cualquier intento de seguridad. Había en ella un temblor que no pude ocultar, una fragilidad que me dejó expuesto de inmediato. Aun así, sostuve la mirada el tiempo justo para no deshacerme por completo.

Tú respondiste con una amabilidad natural, acompañada de una distancia suave, como si ese encuentro no tuviera por qué ser más que un intercambio casual entre dos desconocidos. Me preguntaste si necesitaba algo, y esa pregunta, tan simple, terminó por vaciarme la mente.

No supe qué decir.

Las palabras desaparecieron sin aviso, y me quedé atrapado en un silencio que crecía con cada segundo. Sentí cómo el momento comenzaba a deshacerse, cómo esa oportunidad que no sabía que estaba buscando se escapaba frente a mí. Di un par de pasos hacia atrás, casi por reflejo, como si retirarme fuera la única forma de no arruinarlo más.

Pero no me fui.

Algo me detuvo antes de darme la vuelta por completo. No sé si fue impulso, orgullo o la necesidad de no dejar que todo terminara así. Volví a mirarte, apenas un segundo, y encontré la única cosa que todavía podía decir sin forzarla.

Te dije mi nombre.

Lo hice mientras empezaba a girar, como si no pudiera quedarme del todo y hablar al mismo tiempo. Aun así, ese gesto tuvo un peso inesperado, como si al pronunciarlo hubiera lanzado algo hacia ti, un hilo invisible que no sabía si ibas a tomar.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía, pero la tensión seguía recorriéndome por completo, esperando una respuesta que no estaba seguro de recibir.

Entonces llegó el silencio.

No fue largo, pero bastó para que todo lo demás quedara suspendido. El ruido de la calle, las voces, el movimiento... todo se diluyó en un segundo que parecía extenderse más de lo normal. En ese espacio reducido, la realidad se volvió más simple, más íntima, como si solo existiéramos tú y yo.

Y entonces dijiste tu nombre.

Emily.

Lo pronunciaste con una suavidad que contrastaba con todo lo que yo estaba sintiendo, y escuchar esas sílabas tuvo un efecto inesperado, como si ese sonido hubiera estado esperando el momento exacto para existir en mi memoria.

No hizo falta nada más.

No hubo una conversación larga ni palabras memorables. No era necesario. Ese breve cruce, esa forma en que nuestras miradas se sostuvieron un instante más de lo habitual, fue suficiente para entender que algo había comenzado, aunque ninguno de los dos supiera qué.

Ahora, mientras escribo, cada detalle de aquel día regresa con una claridad que no deja de sorprenderme. 

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora