El trayecto hasta encontrarme con Javier transcurrió en una especie de continuidad extraña, como si mi cuerpo avanzara con normalidad pero mi mente se quedara un paso atrás, observándolo todo desde una ligera distancia. No era una desconexión completa, no era ausencia, pero tampoco era presencia plena. Era algo intermedio, una forma de estar que no terminaba de encajar del todo.
Intenté no darle demasiada importancia.
Cuando llegué, Javier ya estaba ahí.
Sentado en una mesa al fondo, rodeado de hojas y cuadernos abiertos, con esa concentración despreocupada que siempre le ha resultado tan natural. Levantó la vista al verme y esbozó una sonrisa breve, de esas que no buscan profundizar en nada.
—Pensé que ibas a cancelar —dijo, acomodando un par de papeles para hacerme espacio.
—Lo pensé —respondí, tomando asiento frente a él—, pero ya estoy aquí.
No preguntó más.
Y eso, de alguna forma, me alivió.
La conversación comenzó sin esfuerzo. Hablamos de la tarea, del ensayo, de lo que faltaba por hacer. Javier explicaba con claridad, moviéndose entre ideas con una facilidad que yo intentaba seguir sin perderme. Durante varios minutos, funcionó. Logré mantenerme ahí, responder cuando correspondía, incluso aportar algo en medio de la explicación.
Era extraño.
Porque por momentos, todo parecía estar en su lugar.
Y eso era precisamente lo que no terminaba de convencerme.
Hubo un instante breve, casi imperceptible, en el que Javier se quedó en silencio revisando sus apuntes. Bajé la mirada hacia la mesa, siguiendo con los ojos una línea que había subrayado sin entender del todo por qué, y fue entonces cuando ocurrió.
No fue una imagen clara.
No fue como en la mañana.
Fue algo más sutil.
Un movimiento.
Apenas un desplazamiento leve en el borde de mi campo visual, como si alguien hubiera pasado detrás de mí o se hubiera inclinado lo suficiente como para alterar el espacio. Levanté la vista de inmediato, girando lo justo como para comprobarlo.
No había nadie.
El lugar seguía igual.
Las mesas, las sillas, las voces dispersas, todo en su sitio, funcionando con una normalidad intacta que hacía difícil sostener cualquier otra posibilidad.
Parpadeé.
—¿Qué? —preguntó Javier, notando el gesto.
—Nada —respondí, demasiado rápido—. Creí ver a alguien.
Él asintió sin darle importancia y volvió a sus hojas.
Yo hice lo mismo.
O al menos lo intenté.
Porque algo había quedado ahí, suspendido, como una pequeña interferencia que no terminaba de desaparecer del todo. No era miedo, no exactamente. Era más bien una incomodidad leve, persistente, como una idea que no lograba formarse pero tampoco irse.
El resto del encuentro continuó sin interrupciones.
Terminamos lo que teníamos que hacer, organizamos lo que faltaba y, en algún punto, la conversación se desvió hacia cosas sin importancia. Comentarios sueltos, observaciones innecesarias, ese tipo de intercambio que ocupa espacio sin exigir nada a cambio.
