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Cerré los ojos e intenté contener las lágrimas, pero no funcionó. Algunas terminaron deslizándose igual mientras el autobús avanzaba lentamente entre las luces apagadas de la ciudad. Afuera, los edificios se deformaban detrás de la lluvia acumulada sobre la ventana, atravesados por reflejos opacos y por el movimiento constante de las calles mojadas. Todo volvió de golpe. Tus risas. Nuestras conversaciones. La forma en que me mirabas cuando creías que estaba escondiendo algo. La última vez que te vi.

El nudo en el pecho creció despacio hasta volverse insoportable. Me apreté los puños sobre las piernas esperando que el dolor pasara, pero no pasó. Solo siguió expandiéndose dentro de mí, como si algo necesitara ocupar cada espacio hasta dejarme sin aire.

No quería llorar ahí. No frente a desconocidos. No bajo la luz fría del autobús mientras todos seguían avanzando dentro de sus propias vidas como si el mundo todavía tuviera sentido. Así que hice lo único que sabía hacer: quedarme quieto. Fingir normalidad mientras sentía el incendio extenderse lentamente por dentro.

La música seguía sonando en mis audífonos, pero ya no estaba escuchándola realmente. Las canciones cambiaban una detrás de otra sin dejar nada. Solo ruido llenando el silencio suficiente para no pensar demasiado, aunque era inútil. Porque contigo todo terminaba regresando.

Me sentí atrapado. Como si el viaje no fuera a terminar nunca. Atado al asiento por algo invisible, sin poder moverme, sin poder escapar de mi propia cabeza. 

Cuando el autobús finalmente se detuvo cerca de la casa de Javier, tardé unos segundos en reaccionar. Me limpié el rostro rápido antes de ponerme de pie, respiré hondo y volví a fingir que todavía sabía cómo funcionar como una persona normal.

La lluvia había disminuido un poco cuando bajé. El aire frío me golpeó de inmediato y durante un instante agradecí la sensación. Había algo útil en el frío, algo que conseguía mantenerme presente aunque fuera por unos segundos.

Metí las manos en los bolsillos del abrigo y avancé por la acera húmeda mientras las luces de los autos atravesaban la calle dejando reflejos largos sobre el pavimento mojado. La casa de Javier estaba apenas a media cuadra. Las ventanas del segundo piso seguían encendidas.

Por un momento pensé en regresar. Inventar cualquier excusa. Decir que me sentía mal, que había olvidado algo o que simplemente no tenía ganas de ver a nadie. Pero sabía que Javier no me habría creído. Y honestamente, empezaba a cansarme de escucharme mentir.

Subí los escalones de la entrada y golpeé la puerta un par de veces. No tardó mucho en abrir.

Javier apareció usando una camiseta gris demasiado grande y el cabello desordenado, sosteniendo una bolsa de papas abierta en una mano.

—Vaya. Sí viniste.

—También me alegra verte.

Entrecerró los ojos apenas.

—Tienes cara de haber sobrevivido a una tragedia romántica o a un interrogatorio policial.

Lo miré con cansancio.

—¿Por qué siempre esas son tus dos primeras opciones?

—Experiencia.

Se hizo a un lado para dejarme entrar.

El interior de la casa estaba cálido y olía a café recién hecho mezclado con comida rápida. El televisor permanecía encendido en la sala, aunque el volumen estaba tan bajo que apenas podía distinguirse el murmullo de alguna película. Cerré la puerta detrás de mí mientras Javier seguía observándome con demasiada atención.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora