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La noche no trajo descanso real.

Dormí, sí, pero de esa forma irregular en la que el cuerpo parece quedarse a mitad de camino entre el cansancio y la vigilancia constante. Hubo momentos en los que sentí haber despertado varias veces, aunque después no pude distinguir cuáles habían ocurrido realmente y cuáles pertenecían todavía al sueño. Todo quedó mezclado en una sucesión confusa de imágenes incompletas y silencios demasiado largos.

Cuando abrí los ojos por completo, la habitación seguía envuelta en la luz tenue de la madrugada.

Me quedé inmóvil unos segundos, observando el techo mientras intentaba recuperar la sensación exacta con la que había despertado. Había algo extraño en ella. No angustia. Tampoco miedo.

Era más parecido a una presión suave instalada debajo de la piel. Como si algo dentro de mí hubiera permanecido despierto toda la noche.

Giré apenas la cabeza hacia la ventana. El cielo todavía estaba oscuro, cubierto por nubes densas que apenas dejaban pasar algo de claridad. Afuera, la ciudad existía en ese estado suspendido de las primeras horas del día, cuando incluso el ruido parece avanzar con cautela.

Exhalé lentamente y me incorporé.

El cuerpo se sentía pesado, aunque no exactamente cansado. Era otra cosa. Una especie de desgaste silencioso que ya empezaba a resultarme demasiado familiar.

Me llevé una mano al rostro y cerré los ojos un instante. Entonces pensé en ti. La idea apareció con una naturalidad alarmante.

No como una distracción momentánea, sino como algo que ya formaba parte del orden habitual de mis pensamientos. Recordé la forma en que me habías mirado el día anterior después de aquella pregunta. La pausa breve antes de decidir no insistir. La manera en que parecías entender que había cosas que yo todavía no podía decir en voz alta.

Y eso era precisamente lo que más me desordenaba. Porque contigo nunca sentía la obligación inmediata de esconderme.

La sensación permaneció conmigo incluso mientras me preparaba para salir. Bajé a la cocina todavía atrapado en ese estado extraño de somnolencia parcial y encontré la casa en silencio. Mi madre probablemente ya se había ido. Sobre la mesa había una nota pequeña junto a una taza vacía.

"Hay comida en el refrigerador. No olvides comer."

La observé unos segundos antes de dejarla nuevamente en su lugar.

Después preparé café y permanecí apoyado contra la encimera esperando que terminara de subir el agua, escuchando el ruido suave de la cafetera llenar el espacio vacío de la cocina.

Por un momento todo pareció normal. Ridículamente normal. Y fue precisamente eso lo que hizo que la sensación regresara.

No como un pensamiento claro, sino como una interrupción mínima dentro de la cabeza. Un pequeño desplazamiento interno, rápido, casi imposible de sostener.

Mi respiración se detuvo apenas un segundo. La imagen apareció de forma fragmentada. Un pasillo. Oscuro. El sonido de alguien riéndose a la distancia.

Y después nada. Parpadeé con fuerza. El vapor seguía elevándose frente a mí. El café todavía no terminaba de hervir. Todo seguía exactamente igual, pero sentí el pulso acelerado bajo la piel.

Apoyé ambas manos sobre la encimera y bajé la mirada, esperando que la sensación terminara de pasar. Últimamente ocurría cada vez más seguido. Pequeños vacíos. Interrupciones breves. Momentos en los que algo parecía empujar desde el fondo de mi memoria sin llegar nunca a mostrarse por completo.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora