3

65 5 0
                                        

No pude evitar sonreír mientras caminaba de regreso a casa. Había algo distinto en la forma en que avanzaba, como si cada paso fuera más ligero de lo habitual, como si mis pies hubieran recordado una sensación que no experimentaban desde hacía tiempo, una especie de impulso que no venía del cuerpo sino de algo más difícil de explicar. Tu risa seguía resonando en mi cabeza con una claridad casi inquietante, repitiéndose sin desgastarse, como si se negara a desaparecer. Había en ella una cualidad extraña, una forma de llenar el espacio que hacía que todo, por un momento, pareciera estar en su lugar.

Me descubrí repasando cada palabra que dijiste, cada gesto, cada pausa entre una frase y otra, como si en esos pequeños detalles hubiera algo que se me escapaba y necesitara entender. Me pregunté si te habías dado cuenta de la forma en que te miraba, de lo evidente que debía ser mi atención, o si, por el contrario, había pasado desapercibido, perdido entre tantas otras cosas sin importancia. También me pregunté si, en algún punto, habías sentido algo similar a lo que yo sentía, esa especie de inquietud que se instala en el estómago y no desaparece, ese ligero temblor que no es incómodo pero tampoco del todo fácil de ignorar.

Al llegar a la esquina de mi calle, me detuve por un instante y miré hacia atrás sin pensarlo demasiado, como si existiera la posibilidad de que aparecieras caminando en la misma dirección, como si ese encuentro pudiera repetirse de manera espontánea. Pero no estabas. Solo el viento desplazando hojas secas sobre el pavimento, arrastrándolas sin rumbo, como si también ellas buscaran algo que ya no estaba.

Entré a la casa sin hacer ruido. Mi madre me saludó desde la cocina con la misma naturalidad de siempre, sin notar la sonrisa que todavía se me escapaba sin permiso, una sonrisa que no sabía muy bien cómo ocultar ni si realmente quería hacerlo. Subí a mi habitación y, al cerrar la puerta, me detuve un momento, consciente de lo absurdo que podía resultar todo aquello. Me sentía así por alguien a quien apenas conocía, por un cruce breve de palabras y miradas que, en otro contexto, habría pasado desapercibido.

Y, aun así, no se sentía superficial.

Tomé el cuaderno casi por impulso y lo abrí en una página en blanco. Durante un momento dudé, sin saber exactamente qué quería escribir, y luego dejé que la mano se moviera sola. No escribí sobre ti, no directamente, como si todavía necesitara rodear lo evidente antes de nombrarlo. Escribí sobre la sensación, sobre esa ligereza, sobre la forma en que, de repente, todo parecía un poco más abierto, un poco menos definitivo. Era una idea difícil de sostener, pero estaba ahí: por un instante, todo parecía posible, incluso algo tan ajeno como amar.

El teléfono vibró sobre el escritorio, interrumpiendo ese momento con un sonido breve que me hizo reaccionar más rápido de lo normal. Sentí el latido acelerarse sin razón aparente, como si una parte de mí hubiera decidido anticiparse a algo que no tenía fundamento. Lo tomé con una expectativa que no supe justificar, y durante una fracción de segundo pensé en la posibilidad de que fueras tú, en la absurda idea de que hubieras encontrado la forma de llegar hasta mí.

Pero no lo eras.

Era un mensaje de un amigo, preguntando por los planes del día siguiente. Respondí con la misma naturalidad que habría tenido cualquier otro día, aunque no fuera del todo cierto, y dejé el teléfono a un lado. Me recosté en la cama, dejando que el cuerpo se hundiera en la familiaridad del colchón, y cerré los ojos con una lentitud que no era casual. No tardé en imaginarte ahí, ocupando ese espacio que no te correspondía, pero que, en ese momento, parecía hecho para ti.

Tenía que terminar una tarea para el día siguiente, un ensayo sobre La Divina Comedia, y aunque intenté asumirla con la seriedad que merecía, desde el principio supe que no iba a ser sencillo. Abrí el libro y busqué las últimas páginas que me faltaban, obligándome a avanzar con una atención que no terminaba de sostenerse. Las palabras estaban ahí, claras, cargadas de significado, describiendo el descenso de Dante, su paso por el infierno, la lógica de los castigos, la densidad de todo lo que implicaba ese viaje. Podía ver las imágenes, entenderlas incluso, pero no lograba quedarme en ellas el tiempo suficiente como para que me pertenecieran. Había algo en mí que no estaba dispuesto a permanecer en ese lugar.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora