15

5 0 0
                                        

La lluvia había empezado antes de que saliéramos de clases.

No fuerte. Solo esa llovizna fina que termina empapándolo todo lentamente sin que nadie se de cuenta al principio. Tú caminabas a mi lado sosteniendo la manga de mi chaqueta sobre tu cabeza en un intento inútil de protegerte el cabello mientras yo intentaba no reírme demasiado de lo ridícula que te veías.

—Te juro que si mi cabello se arruina voy a culparte emocionalmente por semanas —murmuraste.

—Creo que sobreviviré.

—Eso dices ahora.

Sonreí apenas mientras cruzábamos la calle esquivando charcos. La ciudad entera olía a tierra mojada y humo de buses, y había algo extrañamente tranquilo en caminar contigo así, sin apuro, mientras la gente alrededor corría intentando escapar de la lluvia.

Contigo todo parecía ir más lento.

Como si el mundo bajara el volumen un poco.

Llegamos a la pequeña cafetería de siempre casi corriendo cuando la lluvia empezó a caer más fuerte. Empujaste la puerta primero y una corriente de aire tibio mezclado con olor a café golpeó inmediatamente mi cara.

—Dios mío, siento los calcetines mojados —te quejaste apenas entramos.

Solté una risa.

—Tu capacidad para detectar tragedias es impresionante.

—Ben, los calcetines mojados son el inicio de todas las depresiones clínicas.

Te sacudiste un poco el cabello y después me miraste con esa expresión seria que usabas justo antes de decir alguna estupidez.

—Además, tú no puedes opinar. Pareces una rata mojada. 

—Qué romántica eres.

—Lo intento.

La cafetería estaba medio vacía a esa hora. Solo había una pareja discutiendo bajito junto a la ventana y un hombre mayor leyendo un periódico arrugado cerca de la barra. Fuimos hasta la mesa del rincón casi por costumbre. La misma de siempre. La que estaba junto al vidrio. Tu favorita.

Te dejaste caer sobre la silla soltando un pequeño suspiro mientras yo iba a pedir café. Cuando regresé, estabas mirando distraídamente la lluvia caer al otro lado de la ventana, con las mangas cubriéndote parcialmente las manos.

Y por un instante sentí esa necesidad absurda de congelar el momento. No por miedo exactamente. Más bien porque contigo existían segundos que se sentían demasiado completos. Como si algo dentro de mí finalmente dejara de moverse tanto.

Dejé el café frente a ti.

—Gracias —murmuraste antes de darle un pequeño sorbo.

Después hiciste una mueca.

—Sigue sin gustarme.

—Entonces deja de pedir café.

Sonreíste apenas sobre el borde de la taza. Y ahí estaba otra vez esa sensación rara.

La de mirarte y sentir algo demasiado grande acomodándose dentro de mi pecho al mismo tiempo que algo más pequeño se asustaba de perderlo. Desvié la mirada hacia la lluvia antes de que notaras demasiado tiempo mis ojos sobre ti.

A veces todavía me costaba entender cómo llegaste tan profundo dentro de mi vida en tan poco tiempo.

—¿En qué piensas? —preguntaste de pronto.

La pregunta me tomó desprevenido.

—En nada.

—Mentiroso.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora