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Desperté con la sensación de haber olvidado algo importante.

No fue inmediata. Al principio solo era esa pesadez incómoda detrás de los ojos, el sabor metálico en la boca y el pitido constante de una máquina marcando que seguía vivo aunque mi cuerpo todavía no pareciera muy convencido de ello.

La luz del hospital entraba gris por la ventana. Afuera estaba amaneciendo, o tal vez apenas había dejado de llover. Contigo nunca aprendí a diferenciar esas dos cosas. Todo parece el mismo clima desde que te fuiste.

Giré apenas la cabeza y una punzada me atravesó el cuello, obligándome a cerrar los ojos por un instante. El dolor seguía ahí, pesado y profundo. Solté el aire lentamente mientras los recuerdos regresaban de golpe, desordenados y húmedos, igual que una película rota reproduciéndose dentro de mi cabeza. Las luces difusas reflejándose sobre el asfalto mojado. El sonido lejano de los frenos. La sensación insoportable de perder el control de mi propio cuerpo otra vez.

Cerré los ojos unos segundos, esperando que los fragmentos terminaran de acomodarse solos, pero no pasó. Últimamente mi cabeza funcionaba como una habitación después de un terremoto. Todo seguía ahí, técnicamente, pero nada estaba en el lugar correcto.

Escuché movimiento al otro lado de la habitación.

Andrés estaba despierto.

Tenía la cortina corrida a la mitad y la luz azulada de su celular le iluminaba apenas el rostro. Cuando notó que lo estaba mirando, bajó el teléfono y levantó una ceja.

—Mírate —murmuró—. Sobreviviste. Qué decepción.

Mi garganta dejó escapar algo parecido a una risa.

Ahora dolía hasta eso. 

—Creo que mi cuerpo me odia.

—El mío también, pero el tuyo está haciendo un esfuerzo más dramático.

Sonrió apenas. Después volvió la vista al techo.

El hospital estaba demasiado silencioso a esa hora. Solo se escuchaban pasos lejanos, ruedas metálicas cruzando corredores y ese pitido constante al lado de mi cama que empezaba a parecerse demasiado a una cuenta regresiva.

Tragué saliva.

—¿Qué hora es?

Andrés revisó el celular.

—Las seis y veinte.

Asentí despacio.

No sé por qué pensé en ti inmediatamente.

Tal vez porque a esa hora solías odiar el mundo. Decías que ninguna persona emocionalmente estable estaba despierta antes de las siete de la mañana. Después tomabas café aunque no te gustara realmente el café, solo porque te gustaba sostener algo caliente entre las manos.

Es extraño las cosas que sobreviven de alguien. A veces no recuerdo qué hice hace tres días, pero todavía recuerdo exactamente cómo movías los dedos alrededor de un vaso. Giré la vista hacia la mesa junto a mi cama.

Mi teléfono seguía ahí. La pantalla estaba apagada.

Sentí ese impulso automático y absurdo de revisarlo esperando encontrar algo tuyo. Un mensaje. Una llamada perdida. Cualquier cosa que hiciera sentir menos ridículo este vacío constante que dejaste instalado en todas partes.

Lo tomé lentamente. Nada. Solo notificaciones acumuladas, mensajes de Javier y algunos números desconocidos. Abrí nuestra conversación. La última vez que hablamos seguía ahí, inmóvil, como una puerta cerrada. Leí los mensajes una vez más aunque ya los conocía de memoria. Y aun así algo no encajó.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora