El aire todavía conservaba esa humedad fría que se queda suspendida sobre la ciudad después de varias horas de mal tiempo. Afuera, las luces comenzaban a encenderse lentamente entre los edificios y el pavimento seguía reflejando fragmentos deformes de autos, semáforos y personas que avanzaban con prisa hacia algún lugar.
Caminamos sin decidir realmente una dirección.
O quizá la decidiste tú antes que yo y simplemente te seguí.
Había algo extrañamente sencillo en hacerlo. En acompañar tu ritmo sin necesidad de preguntar demasiado hacia dónde íbamos o cuánto tiempo pensabas quedarte afuera. Como si la conversación hubiera empezado mucho antes y nosotros solo estuviéramos entrando otra vez en ella.
Llevabas las manos hundidas en los bolsillos del abrigo mientras avanzabas por la vereda todavía húmeda. A ratos levantabas la mirada hacia los edificios o hacia alguna ventana iluminada al otro lado de la calle, deteniéndote en pequeños detalles que probablemente nadie más estaba observando.
Yo seguía mirándote demasiado.
Y empezaba a preocuparme lo poco que quería dejar de hacerlo.
—¿Qué? —preguntaste de pronto, notando otra vez mi silencio.
Desvié la mirada casi por reflejo.
—Nada.
Sonreíste apenas.
—Mientes muy rápido.
—Y tú notas demasiadas cosas.
—Es mi peor cualidad.
—No parece.
Soltaste una pequeña risa y seguiste caminando.
La ciudad sonaba distinta después de la lluvia. Más apagada. Los autos reducían la velocidad sobre el pavimento mojado y las conversaciones ajenas llegaban amortiguadas, como si todo hubiera perdido un poco de volumen. Había una calma extraña en medio del movimiento constante de la gente.
Llegamos a una esquina y te detuviste cuando el semáforo todavía seguía en rojo.
Un grupo de personas esperaba unos metros más adelante. Entre ellos, dos chicos discutían en voz baja mientras uno intentaba quitarle unos auriculares al otro. Parecían hermanos. Había una familiaridad descuidada en la forma en que se empujaban, en esa clase de confianza que solo existe cuando uno sabe exactamente hasta dónde puede llegar con alguien.
Los observé apenas unos segundos. Y fue suficiente.
Sentí algo tensarse dentro de mí de forma inmediata, silenciosa, como si una parte del cuerpo hubiera reaccionado antes de que mi cabeza entendiera por qué.
Mi hermano también hacía eso. Tomaba mis cosas solo para molestarme. Después se reía. Siempre se reía antes de devolverlas. La memoria apareció rápido. Demasiado rápido.
No como una imagen completa, sino como fragmentos: su voz mezclándose con el ruido de fondo de la casa, una bicicleta tirada en el jardín, el sonido de una puerta cerrándose demasiado fuerte.
Sentí el pecho comprimirse apenas. Desvié la mirada de inmediato, como si eso bastara para detener el recuerdo antes de que avanzara más.
—Benjamín.
Tu voz me hizo volver.
Parpadeé una vez.
—¿Qué?
El semáforo ya había cambiado. La gente empezaba a cruzar alrededor de nosotros, pero tú seguías quieta, observándome con atención.
—Te fuiste otra vez.
