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Llueve desde hace más de una hora, y aunque el sonido constante de las gotas golpeando el techo debería resultar tranquilizador, esta noche se vuelve casi insoportable. Pero no es la lluvia lo que me inquieta, sino ese otro ruido, más profundo y persistente, que no proviene de afuera, sino de algún lugar dentro de mí.

Hace frío, un frío tenue pero incómodo, como si no tuviera origen en el clima sino en algo que no logro nombrar. Incluso el perro del vecino, que a esta hora suele romper el silencio con sus ladridos insistentes, permanece callado.

Desde hace días he intentado escribirte. No ha sido por falta de tiempo ni de palabras, porque ambas cosas me sobran cuando pienso en ti. Ha sido, más bien, por miedo. Un miedo difícil de explicar.

Quisiera dejar de sentirme así. Hay momentos en los que me convenzo de que solo necesito tiempo, de que eventualmente todo esto pasará y se convertirá en un recuerdo más, en algo lejano y soportable. Sin embargo, hay otros instantes en los que esa idea se desmorona y me invade la certeza de que, si no logro superarlo, llegará un punto en el que terminaré por romperme por completo. Y, aunque intento no pensarlo demasiado, el miedo a ese quiebre es real.

Ahora duele. Duele de una manera silenciosa pero constante, como un peso que no se va y que me acompaña a cada momento. No ha sido una buena semana; en realidad, nada lo ha sido desde que te fuiste. Todo parece haber perdido color, como si la vida se hubiera vuelto una versión opaca de lo que alguna vez fue. Me cuesta no sentirme solo, incluso cuando estoy rodeado de gente, incluso cuando intento distraerme y seguir adelante.

A veces me descubro preguntándome por qué no te despediste. No es un reproche, o al menos intento que no lo sea, sino una necesidad de entender, de encontrar algún sentido en medio de todo esto. Creo que habría sido más fácil si lo hubiera sabido, si hubiera tenido tiempo de prepararme, de aceptar que te irías, de asumir que lo nuestro tenía un final. Pero no lo supe, y esa ausencia de cierre pesa más de lo que imaginé.

Sin embargo, no es solo tu partida lo que duele. Sería más sencillo si todo se redujera a eso. Hay algo más, algo que no termino de comprender del todo, una sensación que se instala en lo más profundo y que hace que el dolor se expanda, que se vuelva más complejo, más difícil de ignorar. Es como si, en medio de todo esto, hubiera descubierto una parte de mí que no conocía, una zona oscura que siempre estuvo ahí, esperando el momento para revelarse.

Ayer tuve un sueño.

No era un sueño cualquiera, de esos que se disuelven al abrir los ojos. Era denso, pesado, casi tangible, como si hubiera estado ahí de verdad. Me encontraba en un lugar extraño, oscuro, una especie de fábrica abandonada que parecía no haber conocido la luz en años. El aire era espeso, difícil de respirar, y un zumbido constante vibraba en mis oídos, como si algo invisible estuviera a punto de romperse.

Tenía un arma en las manos.

Podía sentir el frío del metal atravesando mi piel, filtrándose hasta los huesos. Mis dedos temblaban, húmedos, inseguros, y aun así no podía soltarla. El miedo no era una emoción pasajera; era algo que se había instalado en cada rincón de mi cuerpo, apretando, invadiendo, dominándolo todo. Quería llorar. Quería correr. Quería gritar hasta quedarme sin voz. Pero no podía hacer nada de eso. No podía moverme. No podía hablar. Solo podía sostener el arma.

Entonces las vi.

Sombras. Figuras indefinidas que se movían a mi alrededor, deslizándose en la oscuridad como si formaran parte de ella. No tenían rostro, pero su presencia era suficiente para helarme la sangre. Y en medio de ese silencio tenso, lo escuché.

Una voz.

Baja, casi imperceptible, como un susurro que no sabía si venía de afuera o nacía dentro de mí.

Cartas para nadieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora