Tras una noche de mierda, Keiko se dio un segundo para respirar. Escondida en el rellano de la escalera de emergencia, dejó que el humo del cigarrillo llenara sus pulmones y observó cómo la nube blanca se formaba al expirar. Perder a alguien siempre era horrible pero el hombre del tercero había sido un duro golpe para todos. Veintiséis años, la misma edad de Keiji, y no habían podido hacer nada. Ignorando el ruido de un coche en la lejanía, Keiko cerró los ojos y volvió a pegar otra calada. Si Temari se enteraba de que había vuelto a engancharse iba a matarla pero, en noches como esa, el tabaco era lo único que conseguía mantenerla cuerda.
A veces Keiko odiaba su trabajo. Al cerrar los ojos no podía dejar de ver al hombre, apenas un crío, postrado en la cama, la piel casi translúcida y el blanco de los ojos de un negro azabache. Lo peor era el olor, tan parecido al de Koutarou y a la vez tan distinto. Había sido una muerte horrible, ahogándose en su propia sangre. Tres días había estado delirando. Daba igual cuantas pruebas y analíticas hicieran, todo parecía normal salvo por el hecho de que el hombre se moría. Cuando, tras el pulmón derecho, había colapsado también el izquierdo, había sido sólo cuestión de minutos que el corazón se parara. Incluso después de muerto, el olor de la magia feérica embebía cada poro de su cuerpo. Casi parecía que la magia se estuviera pudriendo a su alrededor. Keiko apenas había conseguido no vomitar allí mismo. Incluso ahora, con el olor a tabaco impregnando toda su ropa, no había conseguido borrar esa horrible peste de sus fosas nasales.
A falta de los resultados de la autopsia, la hipótesis era que había muerto por sobredosis. Keiko prefirió no pensar en ello. La idea de que el cadáver pudiera ser el de un changeling la asustaba mucho más de lo que quería reconocer. La magia sólo era un mito y era mejor que siguiera siendo así. La historia demostraba que nada bueno podía salir de que la superchería saliera de los cuentos de viejas. Cuando se trataba de magia feérica nada era sencillo. Incluso entre los pocos que sabían de la existencia de la magia, eran aún menos los que se fiaban de la naturaleza voluble de las hadas. En muchos sentidos, Koutarou era una anomalía como ese hombre lo había sido. Keiko se llevó el cigarro a la boca. Quizá le estaba dando demasiadas vueltas a las cosas. Un hombre muerto en un box de urgencias no tenía que significar nada. Koutarou estaba bien. O al menos todo lo bien que podía estar, contando lo que habían sido las últimas veinticuatro horas.
Keiko no se enorgullecía especialmente de ser una cínica, pero hubiese preferido que Koutarou eligiera cualquier otro momento para dejarlo con su hermano. Con el pie apoyado contra la pared, sacó su móvil del bolsillo, tentada de llamar a Keiji sin importarle que fueran las cinco de la madrugada. A veces, la manía de su hermano de cargar con todo la sacaba de sus casillas. Keiji podía llegar a ser un idiota rematado. Nada en el mundo iba a hacer que Keiko cambiara de opinión. Keiko dio una última calada antes de tirar el cigarrillo y apagarlo con el pie. Después de casi doce horas trabajando, lo último que necesitaba era tener que lidiar con los problemas de los demás. Keiji tenía mucha suerte de ser su hermano favorito.
Eran ya las ocho y diez cuando Keiko al fin pudo dejar atrás su nocte horribilis. Lo único que quería era meterse en la cama y morir literalmente hasta tener que volver al trabajo doce horas más tarde. Con un bostezo, Keiko bajó las escaleras del metro. No había nada que odiara más que cogerlo en hora punta, pero cualquier cosa era mejor que tener que andar veinte minutos hasta el piso de su hermano.
Había algo de cola en el Starbucks cuando se paró para pedir un doble espresso para ella y otro para Keiji. Estaba segura que su hermano lo iba a necesitar tanto como ella, daba igual si era por haber dormido demasiado o absolutamente nada.
La mañana se había levantado nublada y la humedad se podía notar en el ambiente. Keiko suspiró nada más llegar. Keiji iba a fruncir el ceño en cuanto la viera. Su hermano encontraba un placer morboso en recordarle que era un incordio. Keiji era el único culpable. Otro día le cogería el teléfono si realmente quería que lo dejara en paz. O quizá podría empezar a preocuparse un poco más de sí mismo. No temer lo peor cada vez que desaparecía de la faz de la tierra hubiese sido agradable, pero no. En eso, Koutarou y él se podían dar la mano. No era la primera vez que Keiko tenía que acabar presentándose allí de improviso cuando Koutarou estaba en Osaka. Descubrir que el idiota de su hermano se había provocado una diabetes tipo dos no había sido divertido. Sin ninguna piedad, Keiko quemó el timbre antes de abrir la puerta. Koutarou había sido quién le había dado una copia de las llaves después de que Keiji acabara en urgencias.
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In Between
FanfictionAquí llega la segunda parte de "I'll Stay with You" Koutarou y Keiji llevan diez años juntos pero mantener su relación entre Tokyo y Osaka, la responsabilidad de ser un adulto y el miedo a que el mundo descubra el Gran Secreto de la estrella del equ...
