Aquella vez se fueron aun mas lejos que la última. Jess no se atrevió a preguntar a su madre la razón de aquello pero supuso que de lo que fuera que huían andaba cerca. Tras años de mudanzas, la chica ya se había acostumbrado, y la actitud de fugitiva de su madre la hacia cómplice de su delirio. Tras todas las ciudades visitadas, Jess había adivinado el patrón que trazaba su madre y los requisitos de su nuevo hospedaje hasta el momento de partir. No solían quedarse mas de seis meses en el mismo sitio, aunque había veces que se mudaron a penas dos meses después de llegar, y siempre vivían en sitios grandes, donde hubiera tanta gente que fuera fácil mezclarse entre la multitud y pasar desapercibido. Cuando Jess cumplió los 13 años, empezó a sospechar de la demencia de su madre. Aunque esta nunca la hubiese dejado estudiar, Jess había investigado el transformó de su madre por su cuenta, convenciéndose a si misma de que su madre padecía Esquizofrénia Paranoide. Tras llegar a aquella conclusión, intento de mil maneras llevar a su madre a centros donde la pudieran ayudar, mas nunca lo consiguió y terminó sucumbiendo a la vida transitoria de su madre. Al llegar a los 16, la chica empezó a trabajar en lugares que requiriesen pocos o ningún estudio, donde no les importara quien fuera ella, ni de donde venía. El autobús se detuvo en una estación de servicio y Jess bajó detrás de su madre.
Se paró delante del estante de tintes para el cabello y miró detenidamente cada uno de ellos. Cogió un bote de aclarante para su madre y se decidió por tenyirse el pelo de color azabache tras coger un rubio ceniza para Jenine. Fueron directas a los banyos tras pagar todo lo que portaba su madre en las bolsas y echaron el pestillo. Tijeras en mano, su madre cortó su pelo hasta dejar un peinado sencillo y maleable bastante corto. Mientras su madre se aplicaba el aclarante y el tinte rubio, Jess se quitó las lentillas de color marrón oscuro y dejando que el hermoso tono grisáceo de sus ojos se viera reflejado en el espejo. Aquella vez no se cortó el pelo ya que le gustaba su pelo hasta la mitad de la espalda, pero se cortó un flequillo recto que sumaba años a los 19 que había cumplido un mes atrás. Cuando ambas terminaron de secarse el pelo, cambiaron su ropa por la que sacaron de sus respectivas maletas y salieron a esperar el siguiente autobús. Con billete en mano, subieron al gran automóvil con dirección a la ciudad.
-Entramos un momento al baño y cuando salimos, nuestro autobús se había marchado. Aquí tiene los billetes del anterior.
El conductor dio el visto bueno a las dos mujeres a regañadientes, y estas se dirigieron al final del autobús, donde quedaban cuatro asientos libres. Mientras su madre dormía apoyada en su hombro, Jess se puso a leer un enorme libro que llevaba escondido entre su ropa.
El zarandeo de su madre la devolvió a la consciencia y ambas salieron de su transporte. El sol cegó por un momento los ojos claros de Jessica, que entrecerró lo párpados. Dio la mano a su madre y esta la guió a través de un laberinto de calles hasta alejarse del centro de la ciudad. Entraron a un portal antiguo bastante limpio y Jenine se detuvo a hablar con el conserje. Para distraerse, la chica escrutó el lugar a conciencia y luego siguió a su madre cuando esta se lo indicó.
Su nuevo apartamento estaba bien. Mejor que bien; era bastante grande. Tenia la cocina separada del salón, cosa bastante extraña en los pisos que solía alquilar Jenine, y dos habitaciones la mar de espaciosas daban a un baño común con una bañera de un blanco amarillento. Eso era mejor que nada. Dejó su macuto y su mochila en el suelo enmoquetado de la que sería su habitación durante los próximos 5 o 6 meses y no se entretuvo en vaciar nada. Corrió al baño con los auriculares puestos y abrió el grifo del agua caliente en la bañera. Oyó pasos en el comedor y se puso contra la puerta que daba a el, mordiéndose el labio, traviesa. Cogiendo el pomo para que no pudiera girarlo y recargando su cuerpo sobre la puerta, impidió que su madre entrara en el baño, y cuando esta empezó a gritar desde el otro lado para que la oyese, Jess se limitó a responder.
-¡Yo voy a usar primero la bañera! Dos días metida en un maldito autobús, podrías haber avisado mamá. ¡Además, yo he llegado primero!
Cuando su madre se dio por vencida, entre risas, la chica se despojó de su ropa y metió un pié en la bañera ya llena. El agua caliente quemó la punta de su pie, pero unos instantes mas tarde ya se encontraba entera bajo el agua, mirando al techo y soltando burbujitas. Al poco rato de permanecer en el agua, esta se volvió negruzca, pues el tinte azabache se desprendía de su cabello e impregnaba el agua. El olor a pollo frito la devolvió al mundo y se sintió mas hambrienta que nunca. Salió escopeteada de la tina ennegrecida y quitó el tapón para que el agua corriera mientras se secaba el pelo con una toalla. Observó su cuerpo desnudo delante del espejo y se miró con la decepción habitual los pechos, que lejos de ser ostentosos, tenían el tamaño de dos naranjas. Con el gesto torcido, se dio media vuelta para coger otra toalla cuando vio algo extraño.
Se acercó de espaldas al espejo lentamente y se apartó el pelo mojado de ella hacia un lado. Se tocó con la punta de los dedos los dos bultos negruzcos bajo su piel y rabió de dolor, apartándolos inmediatamente. En un segundo intento, pasó las yemas de dos dedos por la zona en relieve que le preocupaba y, haciendo caso omiso al escozor que sentía, empezó a toquetear. Bajo su piel, intuyó algo duro, como un cable, no, mas bien como un hueso que no debiera estar allí. Al instante, un hilillo de sangre emanó del bulto recorriendo la espalda blanquecina de la chica. Jess se asustó e intentó contener la hemorragia con papel, mas este se impregnó y el líquido escarlata siguió brotando de su espalda. Pronto, la chica gritó de dolor y la madre acudió a la puerta, que se encontraba atrancada. Varios golpes sonaron tras la puerta y, tras el cuarto, esta cedió y Jenine cayó al suelo debido al impulso, llevándose por delante a su hija.
-¿Que te pasa Jess? ¡Estas sangrando! - llevó su mirada a las manos de su hija y las recorrió con la mirada para vislumbrar la razón de la sangre.
Lágrimas empezaron a caer por las mejillas de la chiquilla y la madre comprendió al instante de que se trataba. Su rostro palideció y giró a la niña para contemplar su espalda, de la cual ya sobresalían unas pequeñas protuberancias. Jenine se levantó de un salto y empezó a revolver los cajones, nerviosa. Cuando encontró lo que buscaba, vacío todos los paquetes de gasas en el suelo y cogió un bote de alcohol de la estantería sobre su cabeza. Sin separar las gasas siquiera, las apretó contra la piel desgarrada de Jess, la cual gritaba de dolor. Jeni puso una toalla doblada en la boca de Jess para acallar sus gritos antes de que alarmaran a los vecinos, y esta la mordió con fuerza.
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Vuela libre
FantasyDijo que era la última vez pero ambas sabían que no lo era, la madre de Jess seguiría mudándose cada dos meses a pesar de lo que rogara Jess. Condenada a errar por ciudades repletas de gente que jamás conocerá, Jess descubre que su madre guarda un g...