Atada a tí: capítulo 12

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Caminó con rapidez hacia a ella, busco su boca, enlazó su brazo por la espalda de la joven y la hizo caminar hacia atrás mientras mantenía su beso. El tacón chocó contra la pared.

-Te he echado de menos. Reconoció Amelia con timidez.

-Yo también. Y se volvieron a besar.

-Estás impresionante con ese corsé.

-Estaba entre este y uno negro de cuero pero era más caro.

-Me gusta este. Y el joven recorrió el cuello de la joven con puntillosos besos hasta llegar a su sugerente canalillo mientras con sus manos deshacía el nudo de la lazada del corsé.

Amelia se dejó llevar por las sensaciones que Leandro le proporcionaba.

El muchacho introdujo sus dedos bajo el tanga azabache de Amelia y sonrió contra su cuello.

-Estás muy húmeda.

-Es lo que provocas en mí. Amelia se ruborizó y bajo la mirada.

-Amelia mírame.

Ella obedeció. Él acarició su rostro.

-Nunca te avergüences de ello, sino mira. Agarró la mano de la joven y se la colocó sobre el paquete. Le sobresalía el glande de los pantalones.

-Mira lo que causas en mi, con besarte e incluso con pensarte. Es toda tuya, no he buscado a ninguna otra mujer en tu ausencia, seguía teniendo la esperanza de que volveríamos a vernos, de que todo se arreglaría y si he de renunciar al mundo de las cuerdas por ti Amelia, lo haría.

-No renuncies al shibari, es parte de ti, de tu vida.

-He dedicado los ocho últimos años de mi vida a las cuerdas es cierto, pero tú eres más importante para mí.

-No quiero que renuncies, sólo quiero que lo lleves a cabo.

-¿Quieres que vaya atando a otras mujeres mientras estoy contigo?

-No, para nada, no es eso, sólo es que...Amelia guardó silencio.

Cuando la valentía se apodero de ella, agarró las manos de Leandro, las sostuvo y entrelazó sus dedos con los suyos.

-Sólo quiero que me ates a mí, quiero ser tu pareja de cuerdas, tu sumisa.

-Son términos diferentes.

-Lo sé pero a veces van de la mano. Repuso Amelia.

La joven se arrodilló ante él, mantuvo la espalda recta y con cabeza baja abrió sus piernas mostrando su sexo. Para finalizar, colocó sus manos a modo de que estas descansaran sobre los muslos, mostrando las palmas. Con esta postura le ofrecía su sumisión y la accesibilidad para su uso.

-Amelia no hagas esto por mí, debe ser algo que realmente salga de tu interior no un capricho para contentarme.

-Sesióneme como su sumisa mi señor. Repuso con nerviosismo.

-Amelia no es tan sencillo como piensas.

-¿No lo deseas?

-Claro que lo deseo y te deseo a ti, pero viendo lo ocurrido la última vez que estuvimos juntos no lo veo del todo plausible...

-¿Entonces que llevas en la bolsa de deporte? ¿Cuerdas? Demasiado grande y pesada para un par de cuerdas.

Leandro se mantuvo en silencio.

-Lo suponía.

Amelia se incorporó del suelo, se colocó una bata de seda del perchero y salió de la habitación.

"¿Era real lo que había sucedido o había sido un invento de su psique? ¿Le había pedido Amelia ser su señor y vivir la sumisión y él había huido de su propuesta? Era un estúpido y encima Amelia encabronada. La noche iba de mal a peor. Bravo Leandro bravo campeón, sí señor, así se hace con las damas"

Encontró a la joven frente al ventanal que daba paso al balcón.

-Amelia...

-No hables.

-Pero...

-He estado estos últimos días informándome, conociendo tu mundo del BDSM, he intentado ponerme en tu lugar, comprender tus gustos, intentar conocerte. He leído novelas eróticas que me han enseñado los hábitos y el modo de dirigirme a ti, he visto tus exhibiciones de cuerdas, alguna que otra porno de BDSM me ha tocado ver y todo ¿para qué? ¿Para qué tu inmadurez o tu memoria se haya quedado anclada en el recuerdo del pasado? Dime Leandro... Amelia se volvió hacia él ¿para qué has venido esta noche a mi casa? ¿Para un polvo?

-No Amelia, para mí eres mucho más que eso.

-He abierto la bolsa de deporte Leandro.

El rostro del joven palideció.

-Yo ya he hecho todo lo que ha estado a mi alcance ahora todo depende de ti.

Leandro se sentó en el sofá pensativo.

Amelia se situó frente al joven y dejó caer la tira de seda que le anudaba la bata y la prenda se abrió un poco. De su cara lencería sólo le quedaban las medias y el calzado.

-Espera aquí.

Leandro de incorporó del sofá.

Amelia escuchó el ruido de una cremallera al abrirse que procedía la entrada de su casa. Algo estaba buscando en su bolsa de las perversiones.

-Cierra los ojos. Le ordenó.

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