Capítulo 4 "Memorias de Sangre"

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Y sin pensar en nada ni nadie, mis ojos se sienten pesados, a pesar de los gritos, mis ojos se cellan y me quedo profundamente dormida, de alguna manera, los gritos se detienen.

"Lágrimas brotaban de mis ojos. Cada una de sus palabras bombardeaban mi mente sin piedad. Sus ojos se clavaron en los míos, irradiando diversión ante mi dolor, sus carcajadas resonaban por los pasillos, haciendo eco en mi cabeza. El timbré me sobresaltó, los estudiantes quedaron pasmados ante la escena, ante mi derrumbandose."

Despierto agitada, empapada en sudor, siento un ligero ardor en mis ojos y las lágrimas caen sobre mis manos, todo mi cuerpo se estremece y tiembla levemente al recordar aquella escena. No es nuevo para mí soñarlo, lo revivo constantemente en mis sueños. Detesto recordar, odio recordar más que nada en el mundo. Puede haber sido hace algunos años y sé que quien me partió el corazón, me engañó y me sometió a humillación, ya había muerto, pero el daño psicológico ya se había convertido en algo permanente. Supongo que esa fue mi principal razón por la que me fui, porque desde ese día le empecé a temer a las multitudes, a los gritos y tal vez por eso no me atreví a reaccionar a aquel grito desgarrador. Hace un tiempo, yo tuve un novio, uno de verdad, con el que atraviesas meses y hasta años. Yo creía en el, lo amaba y en mi último año, el decidió terminar conmigo al frente de toda la preparatoria, y no solo eso. El también reveló la verdad que todos parecían saber, yo fui una apuesta, una que sería muy bien pagada porque el había ganado. Con todo el dolor del mundo, empecé a llorar, a temblar, a tener un ataque de pánico, pero nadie parecía percatarse de ello. El solo reía y los demás espectadores solo me miraban con pena y cuando el timbre tocó, todos se fueron dejándome sola y rota.

Preparo una taza de té, me dirijo a la estantería y tomo un libro, "El Temor de un Hombre Sabio", leo cada párrafo con incomodidad, incapaz de prestar la mínima atención a las palabras. Mi mente vuela en otros páramos, recuerdo bien el grito, pues se me ha grabado en la mente, y ahora surca mis pensamientos. Probablemente se ha cometido un homicidio y no he tenido el pudor de llamar a las autoridades, y la culpa me carcome. ¿Qué tal si la persona no fue asesinada? ¿Que tal si continua viva? Ahí es cuando me cuestiono ¿qué estoy haciendo? Aún así, me abrigo bien y tomo una linterna. El sol comienza a irse, sumiendo el ambiente en oscuridad. Cierro el picaporte con doble seguro de la puerta que da paso a mi hogar y emprendo una aventura de la que no sé que me deparará. Sin embargo, la culpa se siente más presente en mi cuerpo que el temor. Camino por el verde pasto, con sutileza intentando hacer el menor ruido posible, ilumino cada rincón a mi vista hasta que siento como mi corazón se paraliza un segundo al ver una mancha de sangre impregnada en el verde pasto. -¿En qué me estoy metiendo?- susurro para mi misma.

La sangre se siente fresca, pues claro, al momento de oír el grito fueron al máximo 30 minutos de que se ocultara el sol, y desperté en el momento justo en que el sol comienza a ocultarse, lo que quiere decir que dormí al menos 20 minutos.
Me aferro a mi camisa con mi mano izquierda y mi mano derecha aprieta el mango de la linterna, mientras escucho los típicos sonidos que aterran a cualquiera durante la noche. El sonido de un búho, el canto de unas horribles urracas y los aullidos de lobo. Ahí es cuando me propongo regresar, y escucho una respiración fuerte y pesada. Como de un ser enorme, no es la respiración de un humano. Siento también el olor de la sangre, y escucho los murmuros afligidos de un humano. Y sin iluminar en la dirección del ruido, huyo corriendo con mi vida dependiendo de todo.

Rezo para no caer, porque sea lo que sea que estaba en el bosque, ahora me está siguiendo. Entro a casa y cierro la puerta de un aventón. Cierro cada ventana, y cada cortina que me permita la vista al exterior y tomo el teléfono para llamar a la policía, estaba aterrada, jamás debí haber ido al bosque, lo primero que debí hacer fue llamar a la policía, pero algo me lo impedía, algo me atraía.

Y es que no fue hasta mucho tiempo después que supe la verdad. Jamás hubo una víctima, los gritos eran míos, yo predije el dolor que me iba a ser propinado tiempo después.

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