Al otro día…
En la mañana, Sara se dirigió a casa de su padre, quien vivía a fuera del pueblo con su esposa y sus dos Hermanos menores.
Él al verla la abrazo y le dio un beso en la frente. Se sentaron en el sofá grande de la sala a conversar. Martín calle, un contador que había gastado sus últimos años trabajando duro, para darle un buen hogar a sus hijos y estando más o menos pendiente de Sara, fruto de una relación que no funcionó bien, pero, que aún así, la amaba mucho por ser su hija primogénita.
—¿Como haz estado Sara?, ¿no estás comiendo bien?, haz perdido bastante peso —él la observó detenidamente, sus ojos grandes y tristes, su cuerpo faltó de peso, su rostro cansado, su boca deshidratada.
—No es eso, papá, es que el viaje estuvo pesado y no pude comer mucho, por que no traía mucho dinero, pero ya estoy… comiendo —dijo mientras le regalaba una sonrisa a su padre.
—¿Y estas durmiendo bien?, Tienes cara de preocupación, ¿quieres contarme? —Martin, se sentía curioso, sobre las cosas que a Sara la tenían en su estado, así que intentaba hacer que ella lo expresara.
—No es nada, papa… —Sara guardo silencio un segundo mirando el lugar, y luego quiso desahogarse un poco—…solo que conoces a mamá, ella… no lo sé, ¡nada la satisface!, tal vez piensa que Ana es mejor hija, ella siempre tiene que ofrecerle, en cambio yo no he podido hacer algo real con mi vida, la ciudad es dura sabes… —volvió a guardar otro momento de silencio—, aunque pienso volver a intentarlo, por eso vine a verte, ¿crees que deba hacerlo?.
—Sabes —dijo su padre evocando un aire de sabiduría en su expresión—, aprendes de la vida viviendo, pero también es bueno tener un poco de ayuda, además, uno no debe perder la fe en uno mismo, y un poco de ayuda de alguna persona, es un gran empujón hacia adelante —la miro con algo de gracia en su cara—, hasta una patada por la nalga, te impulsa hacia delante...
»Martin hizo una mueca de tristeza mirando hacia otro lugar—. Quisiera poder ayudarte, pero las cosas no van bien en mi vida en este momento…
—Puedes contarme, si quieres papá, almenos eso podemos hacer —dijo ella con una sonrisa, intentando tener una actitud cómplice con su padre.
—Tranquila Sara, son cosas de un viejo, tu ya tienes tus problemas, yo puedo solucionar los míos —luego dejo de hablar un segundo, puso sus ojos nuevamente sobre ella—. ¿Te quedarás?.
—Solo será está noche, mañana volveré a donde mamá, para ir organizando las cosas, me iré la próxima semana, ¡creo! —dijo ella, no tan convencida.
—¿Te vas sola? —la vio directamente a los ojos.
—Si, me iré sola —Al decirlo Sara evitó ver el rostro de su padre, el sabía que Alfredo no era un buen tipo, así que prefirió evitar un sermón—. ¿Y entonces me contarás tus cosas?.
—Ya te dije, son cosas que puedo solucionar —dijo arrugando su rostro.
—¡bueno está bien!, me dio mucho gusto verte, sabes, te extrañaba —Murmuró ella entendiendo el mensaje.
Sara entendía que su padre estaba más flaco de lo normal, a un que él seguía tan sereno como siempre, sabía que sus ojos mostraban angustia y sus hermanos, habían comentado que su madre no hablaba mucho con él, para Sara esto le rompía el corazón, ya que su padre había dedicado los últimos años, a tener una familia unida y feliz, tal vez su padre continuaba en este hogar, solo por sus hermanos, que aún eran menores de edad y necesitaban a su padre cerca.
Y así fue pasando su estadía en su pueblo, con más penas en su corazón que alegrías, mientras cada día deseaba más alejarse, y quizás ver a Cristian, pero eso por ahora no sucedería, la vida daría un par de vueltas por ahí…
Luego de un tiempo…
Sara se encontraba sentada en el parque, pensando en todo lo malo: La actitud de su madre, la triste realidad de su padre y la propuesta de Alfredo. Se sentía hasta el cuello y ya no quería permanecer más en su casa, además no tenía tanto dinero. Se alentaba pensando qué tal vez, Alfredo habría cambiado o al menos habría madurado lo suficiente, como para que no la abandonará por la primera jovencita que le sonriese.
Así que después de pensarlo tanto, decidió llamarlo, aunque preferiría haber hablado con Cristian, pero quizás él ya la abría olvidado. en este tiempo no le había hablado ni una vez y ella prefería no molestar.
El teléfono celular de Alfredo sonó varias veces, él salió enjabonado de la ducha y tocó el botón de contestar a tiempo, que dejara de timbrar y el nombre de Sara desapareciera de su pantalla
—Hola Alfredo, ¿como te va? ¿estás aún en el pueblo? —curiosamente Sara se sentía nerviosa al esperar la respuesta de Alfredo, ella quería escapar de este pequeño pueblo, y esperaba que Alfredo estuviera aún, quizás no era tan mala idea, aunque lo hacía por necesidad más que por gusto.
—¡Hola Sara!, si, aún estoy por aquí, pero, precisamente me voy mañana en la mañana, ¿vas a venir con migo? —Él sonrió, luciendo una victoria en sus labios, sintió que lo había conseguido.
—Estuve pensando y… pienso que voy a ir con tigo, ¡pero a la primera infidelidad me iré! —Se cruzó de brazos esperando no haber Sido tan histérica, no pretendía que él la dejara atrás, pero quería que quedará claro esto en particular.
Él río mientras se limpia del rostro algo de jabón, que comenzaba a molestar en sus ojos —¡Cómo crees!, tenme algo de confianza, ya no soy el tipo de hombre que conociste. Mañana entonces pasaré por ti —hizo un cálculo en su cabeza—, a eso de las nueve.
—Bueno, estaré… esperando —puso una expresión de esperanza en su rostro—, si quiero creer que haz cambiado. Mañana nos vemos —Colgó mientras le invadía un sentimiento de tranquilidad en su interior.
»y se dirigió hacia su casa, rezando por qué las cosas si fueran buenas, que la vida mejorará y que Dios se apiadará de ella, le permitiera por lo menos estar tranquila, no necesitaba ser feliz precisamente, pero estar tranquila, eso sería más que suficiente por ahora.
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Antes de amarla
RomantikEl destino los unió, pero será el orgullo que los una o los separe para siempre. Dos amantes unidos por el deseo y la soledad de sus vidas, necesitados el uno del otro, sin el valor de aceptarlo.
