Kentaro (3)

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"Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalache
se ha mezcla'o la vida"
CAMBALACHE
Enrique Santos Discépolo

Kentaro─

(Territorio desconocido, Fecha xx/xx/xxxx)

1

Kentaro abrió los ojos en medio de la oscuridad, estaba confundido, y también mojado. El suave susurro del agua que le acariciaba los pies le ofrecía una tenue pista de su entorno. Al intentar levantarse, se derrumbó al suelo como abatido por un mazazo, sus dolores se reactivaron con furia. Con un grito desesperado, intentó en vano, liberar la tensión de su cuerpo.

Se tomó la cabeza con cautela, pero el dolor era tan agudo que debió retirar sus manos de inmediato. Sin embargo, segundos después, volvió a acercar los dedos a su frente con lentitud, como si temiera lastimarse a sí mismo. Sintió una humedad tibia y densa. Luego llevó los dedos a los ojos, pero la oscuridad le impidió verlos, aunque la sensación en sus dedos era inequívoca: estaba sangrando desde la cabeza, a borbotones. Concentró su atención y pudo percibir la cálida temperatura de la sangre deslizándose por la mitad derecha de su rostro, un reguero espeso que se mezclaba con el agua que aún empapaba su piel

«Moa-chan, Ando-kun... debo ir a buscarlos» pensó mientras seguía tendido en el suelo boca arriba, su mente nublada por la angustia y la impotencia que sentía al pensar en sus amigos.

Con todas sus fuerzas y a pesar del dolor, después de varios intentos, logró ponerse de pie. Le costó mucho conseguirlo, no solo por el estado de su cuerpo maltrecho, sino también por la extraña forma del sitio en el que se encontraba. Aunque le era imposible ver en la penumbra, era evidente que la estructura era cilíndrica, como una especie de tubo gigante. Levantó uno de sus brazos y, con sorpresa, pudo tocar el techo con la mano, descubriendo que estaba más cerca de lo que imaginaba.

«De seguro el río me arrastró hasta aquí, para salir tengo que ir en contra de esta pequeña corriente de agua» pensó al mismo tiempo que comenzó a caminar, con paso lento y cansino, tanto como sus piernas adoloridas se lo permitían. Percibía algo extraño, incluso por encima de todos sus dolores y la fatiga que lo embargaba, le llamó la atención su forma de andar, sentía su cuerpo demasiado liviano.

El pasillo cilíndrico se extendía frente a él, y en la distancia, logró vislumbrar un halo de luz. Kentaro supuso que esa debía ser la salida y quiso apresurar el paso. Sin embargo, sus pies chocaron contra un objeto desconocido. Se agachó para investigar y descubrió que era un objeto de metal, similar a su espada, con algunas partes que parecían contener otros materiales. La temperatura del objeto era sorprendentemente fría, similar a la hoja de una katana en invierno. Después de un momento, con mucho esfuerzo logró sortear el enorme obstáculo. Con renovada determinación, continuó avanzando por el pasillo. Finalmente, después de unos minutos, llegó a la salida.

Afuera, la lluvia caía con rigor, y el agua cayendo creaba un telón de suspenso. Kentaro quedó sin aliento al ver el paisaje frente a él. Era una construcción majestuosa que se extendía en todas direcciones, formada por enormes bloques de piedra tallada con una precisión descomunal. Los enormes muros se elevaban sostenidos por colosales vigas de metal, que parecían burlarse de la gravedad. La mitad de ellas, o quizás más de la mitad, apuntalaban construcciones que flotaban en el aire, suspendidas varios metros por encima del suelo. Un laberinto de caminos serpentinos y escaleras conectaban las estructuras, formando una red compleja que parecía llegar hasta las nubes. El joven samurái recordó el castillo de Osaka, que Ando le había dicho que sería "la construcción más imponente de Japón", pero ante la evidencia que se presentaba frente a Kentaro, Ando estuvo equivocado.

El Espíritu de ChronosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora