Capitulo 6

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Iglesia fue a su encuentro en lo alto de la escalera, maullando como una sirena de niebla, y la condujo a la enfermería. Las puertas dobles estaban abiertas, y a través de ellas pudo ver las figuras inmóviles de Alec, y Scoot tendidas en una de las camas blancas. Kaley se movía como gato enjaulado con las manos en la cabeza con expresión de melancolía y desesperación sin ningun momento despegar la mirada de su parabatai. Alessandra tenía la mano ennegrecida de Scott entre las suyas, apretando el brazo como un trapo escurriendo la sangre en un cuenco largo y hondo, la sangre en vez de roja era negra y espesa. Hodge estaba inclinado sobre Alec; Isabelle, situada junto a este, sostenía una bandeja de plata en las manos. Jace no les acompañaba. No estaba con ellos porque se encontraba de pie fuera de la enfermería, apoyado contra la pared, con las manos desnudas y ensangrentadas cerradas a los costados. Cuando Clary se detuvo frente a él, sus párpados se abrieron de golpe, y vio que las pupilas de los ojos estaban dilatadas, todo el dorado engullido por el negro.

—¿Cómo está? —preguntó con toda la delicadeza de que fue capaz. —Ha perdido una barbaridad de sangre. Los envenenamientos provocados por demonios son corrientes, pero puesto que era un Demonio Mayor, Hodge no está seguro de si el antídoto que acostumbra a usar será viable.

La muchacha alargó la mano para tocar su brazo.

—Jace...

Él se echó hacia atrás.

—No.

Ella aspiró con fuerza.

—Jamás habría querido que le sucediera nada a Alec. Lo siento tanto.

Él la miró como si la viera allí por primera vez.

—No es tu culpa —afirmó—. Es la mía.

—¿Tuya? Jace, no es...

—Oh, claro que sí —respondió, con una voz tan quebradiza como una astilla de hielo—. Mea culpa, mea máxima culpa.

—¿Qué significa eso?

—Mi culpa —tradujo—, mi propia culpa, mi grandísima culpa. Es latín. —Se apartó un mechón de cabellos de la frente con aire ausente, como si no se diera cuenta de que lo hacía—. Es parte de la misa.

—Pensaba que no creías en la religión.

—Tal vez no crea en el pecado —repuso él—, pero sí siento culpabilidad. Nosotros, los cazadores de sombras, vivimos según un código, y ese código no es flexible. Honor, culpa, penitencia, esas cosas son reales para nosotros, y no tienen nada que ver con la religión y todo que ver con lo que somos. Esto es quien yo soy, Clary —insistió con desesperación—. Soy un miembro de la Clave. Está en mi sangre y mis huesos. Así que dime, si estás tan segura de que no fue mi culpa, ¿cómo es que el primer pensamiento que cruzó mi mente cuando vi a Abbadon no fue para mis compañeros guerreros sino para ti? —Alzó las manos; ahora sostenía el rostro de la joven entre las dos palmas —. Sé..., sabía..., que Alec no estaba actuando como era normal en él. Sabía que algo no iba bien. Pero en lo único que podía pensar era en ti...

Inclinó la cabeza hacia adelante, de modo que sus frentes se tocaron. Clary sintió cómo su aliento le agitaba las pestañas. Cerró los ojos, dejando que la cercanía del muchacho la envolviera como una marea.

—Si muere, será como si le hubiera matado —dijo él—. Dejé morir a mi padre, y ahora he matado a la única persona más importante que he tenido nunca.

—Eso no es cierto —susurró ella.

—Sí, lo es.

Clary noto que estaban lo bastante cerca como para besarse. Y con todo él la sujetaba con fuerza, como si nada pudiera darle la seguridad de que ella era real.

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