CAPITULO 5

10 2 0
                                        


*Isaac Turner*

La discusión entre Charlotte y yo se extendió por días. No hablamos desde el velorio, o al menos, ella no me ha hablado a mi. Le he enviado mensajes de disculpas, porque no sabía qué otra cosa hacer. Y por lo que puedo observar, las disculpas no sirven de nada en esta situación tan absurda.

Es absurdo. Simplemente lo es.

No sé cómo arreglarlo. Imagino que le gustaría que me pusiera de su lado, e intentar ganarnos tremendos problemas por husmear en las vidas ajenas. Sucedió una vez, estoy seguro de que podría volver a pasar. Y no será lindo, claro que no.

Corría sobre la pista de atletismo. Nuestro profesor de gimnasia nos alentaba con su silbato, su saliva viajaba a través del objeto de manera asquerosa.

—¡Vamos, vamos, vamos! ¡El que se detenga me ayudará a guardar las colchonetas al final de la clase!— Algunos alumnos apresuraron su trote con aquella amenaza.

Sentía que mis miembros iban a caerse en cualquier momento, mis pantorrillas quemaban y mi respiración se sentía acalambrada. Pero no me detuve. Una vez había probado mi suerte al hacerlo, cuando pensé que me estaba dando un ataque cardiaco, caí al suelo como un saco de papas. Tuve que ayudar al profesor a recoger los artefactos de gimnasia y guardarlos bajo seguro —como si a alguien fuese a robar colchonetas y reposacabezas, pero no se sabe—. Llegue tarde a casa ese día, y mamá como de costumbre, se puso histérica.

Corría mientras sentía que mis piernas se acalambraban. Pensaba en alguna solución para esta ridícula disputa que se sentía nueva y peligrosa. Charlotte y yo nunca peleábamos. Éramos demasiado buenos el uno con el otro. Casi nunca teníamos problemas de ningún tipo. Pero aquí me encontraba, pensando en cómo vencer al monstruo de la curiosidad que vivía dentro de Charlotte.

••••••

Tres años atrás, Eliana Peterson murió de cáncer de colon.

Charlotte siempre había sido alguien ocurrente y divertida. Una niña enérgica y comprensiva. Sin duda curiosa, siempre fue muy curiosa. Recuerdo que su familia tenía una tradición de hacer picnics de montaña, o al menos así los llamaba. La había acompañado en una única ocasión, Eliana convenció y convenció a mi madre para que me dejara ir, y al final —sorprendentemente— accedió. Estábamos en medio del bosque, y mientras Eliana y Connor cocinaban y charlaban, nosotros fuimos a dar un paseo al arroyo. Estábamos recogiendo piedras verdes que habían a un lado, el agua resonaba y llenaba el silencio junto a las canciones que cantaban los pájaros. Estaba concentrado en mi tarea, el primero que encontrara diez piedras verdes ganaba. Ya tenía seis, estaba cerca. Y entonces el grito agudo de Charlotte, me hizo estremecer. Solté mis piedras y me dirigí hacia ella. Parecía mirar algo al otro lado del arroyo.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué gritas? —Pregunte con consternación. Charlotte sostenía su mirada en el otro lado, y señaló. Sus ojitos marrones abiertos de par en par. Ojeé la naturaleza que parecía estar solitaria, solo los cantos del agua nos acompañaban. —No veo nada, Char.

—¿Cómo no lo viste, Isaac? ¡Era muy grande! —Dijo casi sin aliento, se apresuró hacia el arroyo, yo fui detrás de ella como el niño de 9 años que era. —Debe estar por allí... ¿Hola? ¿Perro grande? ¿A dónde fuiste?

La miré con un gesto confundido.

—Charlotte, deja de gritarle al aire.

—No estoy gritándole al aire, Isaac. ¿Como no viste al perro grande? ¡Estaba justo allí! ¡Y era muy bonito!

Charlotte pareció buscar otra cosa con la mirada, y no fue hasta que comenzó a correr hacia algo que me di cuenta. Habían algunas ramas de un tronco deshilachado atravesando el arroyo como un pequeño puente quebradizo. Estaba a unos cuantos metros de nosotros.

Moonlight Donde viven las historias. Descúbrelo ahora