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52: Ecos Salvajes

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Luna.

Adentrándonos en el corazón del extenso bosque, el clima nos recibe con una brisa cortante y una neblina densa, casi espectral, que se enrosca entre los árboles. Esa atmósfera misteriosa solo logra que mi emoción se dispare. Esta mañana, hemos dejado atrás las comodidades de la mansión para disfrutar de un fin de semana acampando, pero, sobre todo, para presenciar el despliegue de mis adorados lobos.

Adoro verlos transformarse; he descubierto que es el espectáculo más excitante y exótico del mundo, especialmente tratándose de mis alfas. Por lo general, ellos entrenan así dos veces por semana. Les fascina la libertad de la mutación, aunque admito que, al hacerlo, sus naturalezas lobunas se vuelven mucho más bruscas y territoriales. A veces, la tensión sube de nivel cuando comienzan a disputarse mi atención, un juego peligroso que nace de su deseo irracional de verme también en mi forma lobuna. Pero ahí reside el conflicto: no me siento cómoda con mi loba, y sospecho que ella siente lo mismo respecto a mí. A menudo pienso que esa desconexión es la causa principal de mi dificultad para refinar mi olfato.

—Muy bien, llegamos al lago— anunció Eric, descargando con un golpe sordo las mochilas pesadas sobre la hierba húmeda.

—Preparemos la tienda antes de que el sol baje y se nos dificulte la caza— ordenó Trevol, su voz resonando con esa autoridad natural que lo caracteriza. Comenzó a desplegar los materiales para montar el refugio que sería nuestro hogar durante los próximos días.

Los cuatro trabajaron con una eficiencia mecánica mientras yo, ajena al esfuerzo físico, permanecía sentada sobre una enorme roca. Balanceaba mis pies en el aire, observándolos con una fascinación que no podía —ni quería— ocultar. Estábamos dentro de nuestro territorio privado, lo suficientemente lejos de la civilización para sentir esa vibración salvaje y primitiva, a pesar de que contábamos con utensilios modernos que hacían nuestra estancia más cómoda.

—Listo, nena. Puedes dejar tu mochila adentro— dijo Liam, dedicándome una sonrisa cálida mientras se limpiaba el sudor de la frente.

La tienda, de un tono verde oliva que se camuflaba perfectamente con el entorno, era espaciosa. Tenía ventanas estratégicamente ubicadas y, en el centro, una estructura interior que ya contaba con lo necesario: una luz inalámbrica alimentada por energía solar, una cama amplia y gruesas mantas térmicas que prometían protegernos del frío implacable de la noche.

—Fue una idea brillante venir— dije, acercándome a ellos. Caminé con la intención deliberada de capturar sus miradas, y no me equivoqué; sus ojos me siguieron, hipnotizados por mi andar —Nos da esa sensación animal que tanto nos hace falta—.

—Ha habido demasiado drama en estos meses, Luna— admitió Liam, deteniéndose para besar mi frente con delicadeza —Venir al lugar donde nacieron nuestras raíces biológicas nos dará la calma necesaria para cerrar este capítulo tormentoso. Aunque debo admitir... de los cuatro, soy probablemente el menos salvaje y rústico para esto—.

No pude evitar reír ante su confesión, asintiendo con complicidad.

—Eso no te quita ni un ápice de tu condición de alfa, Liam. Eres igual de intenso que tus hermanos cuando la situación lo requiere—.

Estaba de acuerdo con él; estar aquí se sentía como un bálsamo contra todo el dolor reciente: las mujeres que intentaron separarnos, la presión de la universidad y las traiciones familiares. Sin embargo, en el fondo, una pequeña parte de mi ser aún no se sentía del todo plena. Sentía que faltaba una pieza en este rompecabezas.

—Es hora— anunció Cristián. Era, sin duda, el más eufórico ante la idea de liberar a su bestia. Sin perder tiempo, comenzó a despojarse de sus prendas y, en cuestión de segundos, una densa capa de vello cubrió su cuerpo hasta transformarse en un lobo imponente.

Chica De Cuatro AlfasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora