Capítulo 20 - Otro día en Polis

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El calor del sol en la cara la despertó y Clarke echó un vistazo a la silla que había cerca de su cama. Estaba vacía y eso la decepcionó. Se levantó, fue al baño, se lavó la cara y se arreglo el pelo. No había tenido más pesadillas mientras Lexa estaba en la habitación, y se resignó a que tener a la Comandante cerca la tranquilizaba, a pesar de lo sucedido en la montaña. Mientras se secaba la cara, trató de ordenar algunas de las otras cosas que Lexa le provocaba.

¿Cómo podía sentir esas cosas? Después de todos los días que había pasado viviendo de la ira y la tristeza, ¿cómo era posible que quisiera meterse entre los brazos de Lexa y apretar los labios contra el pulso de su cuello? ¿Quién era ella para querer hacer eso después de lo que paso en la montaña? 

Incluso en el viaje a Polis, e incluso en ese estado, había sido consciente del brazo de Lexa alrededor de su cintura, y de su pecho contra su espalda, cálido y sólido. Le había ofrecido calor y seguridad. Había aceptado la ira de Clarke y le había pedido permiso para ayudarla porque sabía que a Clarke le molestaría comprometer su ira si no le daban la opción de negarse.

Toda la ira que Clarke le dirigía, Lexa la aceptaba, sin juicios ni excusas, como si prefiriera que Clarke la odiara a ella en vez de a sí misma, como si quisiera ahorrarle a Clarke esa clase de odio hacia sí misma. En el fondo, Clarke sabía que Lexa lo haría, sin dudarlo.

Como en la tienda, después de sus primeros besos, cuando Lexa aceptó la necesidad de tiempo de Clarke. Y, pensó Clarke en aquel momento, de curación. ¿Cuánto tiempo estaría haciendo eso? Cada día en tierra traía consigo una nueva lucha que requería más curación. No había tiempo suficiente, se dio cuenta, para curarse de las cargas que llevaba.

Tendría que aprender a desprenderse de algunas de ellas. O a redistribuir su peso. Sonrió ante la analogía de Lexa mientras se recogía el pelo y salía de la zona de baño, pensando que pasaría más tiempo en el balcón antes de que Balta le trajera comida y comprobara sus heridas. 

Algo sobre la mesa llamó su atención. Varias vasijas pequeñas de arcilla con tapón de corcho estaban ordenadas junto a otra pila de pergaminos. Se acercó y vio dos pinceles con puntas finas y estrechas junto a las vasijas. La puerta se abrió y Balta entró con una bandeja. 

"Heda mandó traer las pinturas", dijo mientras dejaba la bandeja en el suelo.

"¿Cuándo?"

"No hace mucho". Sacó los platos de la bandeja y Clarke apartó con cuidado las pinturas y el pergamino antes de sentarse."No he oído a nadie".

"No", dijo Balta con una sonrisa. "Has dormido bien".

"Supongo que sí". 

Empezó a comer lonchas de carne fría pero bien condimentada, queso y algún tipo de verdura con almidón. No recordaba cuándo había comido tan bien durante tanto tiempo. Miró a Balta. La mayoría de los terrestres no hablaban mucho, pero Clarke quería conocerla un poco mejor.

"¿Cuándo empezaste a entrenarte como sanadora?", dijo entre bocado y bocado.

Balta estaba sustituyendo las velas que se habían quemado. Dejó que los intrincados patrones de cera que habían goteado de algunas en chorros ininterrumpidos se acumularan en el suelo, como cascadas. A Clarke le gustaba su aspecto.

"Era muy joven", dijo Balta. "Mi madre vio que me atraía. Ella me entrenó al principio, luego me envió a trabajar con curanderos en otros lugares, para ampliar mis conocimientos y experiencia."

"Hablas muy bien mi lengua".

"Mi madre pensó que eso también sería útil". Abrió las puertas del balcón. "Heda dice que tú también tienes conocimientos de sanación y que tu madre es sanadora. Me gustaría adquirir algún día conocimientos de curación Skaikru".

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