Capítulo Sieben

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Visión de las FMSE la visión de las Fuerzas militares secretas especializadas es ser una fuerza altamente capacitada y preparada en el ámbito físico y mental, las FMSE son capaces de adaptarse a los desafíos y amenazas del entorno global. Buscando ser reconocidos como una institución confiable, profesional y comprometida con la protección de la soberanía mundial.

Las FMSE velan por la seguridad mundial y la erradicación del mal, buscando el bien común. Las FMSE deben ser una fuerza líder a nivel mundial en términos de tecnología, estrategia, innovación, eficiencia y excelencia operativa, enfocada en la mejoría y la innovación continua. Buscamos ser un referente en la defensa y seguridad, con operativos internacionales para enfrentar las amenazas emergentes y mantener un entorno seguro y estable.

Asteria Magno.
Viviendo los segundos.
París, Francia.

Renné Leroux.

Es mi sombra, mi máscara, el nombre que solo conocen tres personas en la milicia: Mateo, Sebastián y Camila. Para todos los demás, Renné no existe. Es la combinación de mi segundo nombre y el apellido de mi madre, la llave que abre un mundo ajeno al uniforme, un mundo donde las manos no empuñan armas sino cuerdas y partituras.

Mis hermanas también tienen sus otros nombres. Afuera somos tres civiles; adentro, tres soldados.

Ahora estamos en el Conservatorio Nacional Superior de Música y Danza de París. El aire huele a madera pulida y a barniz viejo, y las paredes parecen guardar siglos de música. Las lámparas altas derraman una luz dorada que acaricia las teclas del piano frente a Nala. Ella, más bailarina que música, deja que sus dedos caminen sobre las teclas con una precisión fría, afinando notas que parecen gotas de cristal.

Yo sostengo la lira. El metal está tibio contra mis palmas.

Recuerdo, no, revivo, mi primer instrumento. Tenía cuatro años y acababa de regresar de India. Solo pensaba en la milicia. En tanques. En camiones. En el rugido de motores. Mi madre me observó en silencio durante días, hasta que me ordenó probar otra cosa. “Otra cosa” fueron clases de baile… pero no bastó. Entonces llegaron las partituras, y en menos de una semana, el violín dejó de ser un cuerpo extraño. Me llamaron niña prodigio. Yo solo quería domesticar el rugido metálico de la guerra y convertirlo en algo que sonara a hogar.

Léa afina su violín junto a mí, con esa naturalidad arrogante que solo ella sabe sostener.

—Me gané una medalla a gallardía inminente —dice, como quien comenta el clima—. Éramos cincuenta mujeres y mil novecientos cincuenta hombres. Todos dioses en su cabeza. El capitán estaba atrapado y nadie quería entrar. Yo entré. El general me regañó después por imprudente… pero la medalla es mía.

Nala no levanta la vista del piano.

—Léa es una presumida. Yo conseguí mi décima medalla por rescate. Mi capitán quiere transferirme a inteligencia. —Y su sonrisa se refleja en las teclas, brillante y precisa.

—Estoy orgullosa de ustedes —les digo, y la frase se siente insuficiente para lo que me nace en el pecho.

El tac-tac de unos tacones se cuela en el silencio. El eco avanza por el auditorio como un metrónomo de autoridad. Jacques-Rouché aparece, impecable, con su batuta lista.

—Empezamos desde arriba con La Primavera de Vivaldi.

Los arcos se alzan. Las teclas esperan. Yo deslizo los dedos sobre la lira, sintiendo cada vibración treparme por los brazos hasta el pecho. Cuatro horas después, el último acorde aún vibra en el aire. Estoy al frente, y aunque el uniforme esté guardado, esta también es una trinchera. Una trinchera hermosa.

Cerberus (Hipogeo I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora