Faltas Graves.
FV1: La negligencia en el control y la administración puede llevar a la malversación de bienes o elementos pertenecientes al ramo de defensa nacional.
FV2: Puede resultar en la prescripción de acciones penales, administrativas o disciplinarias.
FV3: Exceder intencionalmente las funciones o atribuciones asignadas.
FV4: Ir más allá de los límites establecidos para la guarnición, puesto, acantonamiento o vivac sin permiso durante campañas, misiones de orden público o actos del servicio.
FV5: Ordenar o realizar requisiciones sin una causa justa.
FV6: Mostrar temor ante el peligro o el enemigo, socavando la moral de los subordinados durante conflictos armados, disturbios públicos, calamidades públicas o situaciones de peligro común.
Asteria Magno.
Viernes 4 de agosto.
Höllenhund.
Miro por la mira telescópica. Dos días llevo aquí, en Norilsk, Rusia.
El aire me corta la cara como cuchillas invisibles. Cada respiración se convierte en humo denso que se pega a la tela del pasamontañas. Los dedos me tiemblan, aunque llevo guantes térmicos, y la mandíbula no deja de castañear como si tuviera vida propia.
Norilsk… la ciudad más al norte del mundo. Fría, hostil, muerta. Una prisión blanca levantada sobre hielo y metal oxidado. No deberíamos estar aquí; esta es una ciudad federal y, sin el permiso correspondiente, nuestra presencia es una sentencia. Pero no estamos en Norilsk exactamente, sino en su puerto, a unos dos mil metros de distancia, ocultos en tres puntos distintos, atentos a cada contenedor que llega.
—Sargento, si quiere yo la caliento —dice Sergey por el intercomunicador. Su voz se escucha granulada, como si el frío también atravesara los circuitos.
Yo mantengo la mirada fija en la mira térmica.
—No necesito de tu calor, Bella Durmiente. Calienta a Belov, seguro ya se murió de hipotermia.
La carcajada que me llega por la línea me confirma que Belov no está dormido.
—Sargento, no me diga que esa es una orden —responde, divertido. Sergey ríe desde el fondo de su garganta, esa risa arrogante que lo caracteriza.
—Ya desearás meterte conmigo, Belov. Tú no te llevas ni a una puta a la cama —provoca Sergey.
Suelto una risa breve, seca, helada como el ambiente que nos rodea. Sergey es un imbécil arrogante, pero aprendió a respetarme. Perdió una apuesta y aún sigue fregando platos en la cocina. Lo cumple como un hombre de palabra, aunque siga presumiendo.
—Eres un enfermo, Sergey —murmura Belov—. Ni con la polla congelada dejas de estar caliente. Mejor duerme y deja de joder.
—Prefiero soñar que follo con, la sargento, antes que morirme de frío aquí —responde él.
—Eso está bien, Sergey. Quédate en tus sueños… porque ahí es el único lugar donde puedes tocarme.
No hay fogatas, ni fósforos, ni un maldito cigarrillo para engañar al cuerpo. Nada que deje rastros. Sólo oscuridad. La mira de mi rifle es la única que enciende el mundo, dibujando siluetas térmicas que emergen y desaparecen en la nada.
El cuerpo me duele. Ocho horas inmóvil, enterrada en camuflaje blanco y marrón, tan fundida con la nieve y la madera que hasta yo misma me pierdo en el paisaje. Sergey y Belov están igual: sombras enterradas en el hielo. Somos tres respiraciones en un cementerio helado.
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Cerberus (Hipogeo I)
RandomAsteria Magno es la primogénita del general más letal y peligroso de las FMSE es trasladada a la central de Rusia en donde se encargará de acabar con un juego, un juego con fuego en donde aprenderá a no quemarse o a arder. ¿Estas dispuesto a jugar?
