Capítulo Siebzehn

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Obligaciones de un componente de las FMSE.

O1: Cumplir con disciplina y orden permanentemente.
O2: Seguir las órdenes y directivas de los superiores.
O3: Mantener la preparación física y mental.
O4: Proteger la integridad de la institución militar.
O5: Salvaguardar los secretos y la información clasificada.
O6:Mantener el equipo y armamento en buen estado.
O7: Participar en entrenamientos y ejercicios militares.
O8: Representar al componente militar con orgullo y honor
O9: Cumplir con las normas de conducta y ética militar.
O10: Mantener la confidencialidad de las operaciones.
O11. Estar dispuesto a sacrificar la vida en defensa de un superior o la entidad.
O12: Ser leal a la institución y a los compañeros de la institución.

Parágrafo 10: la desobediencia hacia la obligación décima conllevará castigos de nivel 5.

Asteria Magno.
Rostov del Don, Rusia.
Elevar el nivel.
4:20 horas.

El grito que me arranca la garganta no es solo aire: es vidrio roto atravesando mis cuerdas vocales, un aullido que arde y deja un sabor metálico en la lengua. Rabia y dolor se mezclan, pero hay un tercer veneno: el miedo. Ese que se agarra a la nuca y no suelta.

Un calor me envuelve. Brazos. No pienso, solo me aferro, como si pudiera fundirme en ese calor y dejar atrás el frío que me trepa por la espalda. Mis manos tiemblan y ese temblor no se queda en las yemas: corre por mis brazos, sube al pecho, se instala en el corazón. El miedo crece, se ramifica.

Ils les ont kidnappés à cause de moi —mi voz se rompe otra vez, esta vez en francés.

Я не понимаю тебя —la voz es de Dasha, no de Léa. Es Dasha quien me sostiene. Ella no entiende lo que dije, pero sus brazos aprietan más, como si entendiera lo que mis palabras no dicen.

—Se los llevaron. Mateo y Sebastián de fueron. Se los llevaron… por mí —ahora en ruso. Cuando estoy así, asustada o con dolor, los idiomas se mezclan en mi cabeza como cartas en un mazo agitado.

Las lágrimas me ciegan. Dasha baja su mano a mi cabeza y la acuna, dándome todo su calor, todo lo que puede. No le importa que mi llanto empape su piel; no me importa que me tiemble la voz en su pecho. Solo estamos ahí, pegadas como dos tablas a la deriva. Ella está dormida cuando dejo de llorar.

Miro la hora: 4:20. Dasha no me ha dejado sola ni un segundo. Está agotada, pero ha resistido conmigo. Le doy las gracias, me levanto… y entonces la veo. La lencería, el labial corrido, los moretones, la sangre en medio de sus piernas.

Un nudo se clava en mi garganta. Me acerco y esa punzada se convierte en algo más: en una pena que quema. No le pregunto nada. No quiero respuestas ahora.

Busco una de mis pijamas y vuelvo con un cuenco de agua tibia y trapos limpios. Empiezo por sus brazos: piel fría, llena de cortes, algún hueso fracturado bajo la carne. Cada vez que el trapo roza una herida, el agua se tiñe de rojo pálido.

Se mueve incómoda. Y comprendo lo que su cabeza debe estar generando. Recuerdos.

Y ahí, mientras mis manos hacen lo que tienen que hacer, mi voz decide que no puede callar y que la voy a ayudar a dormir en paz. Empiezo a cantar bajito, apenas un murmullo. Es una canción triste. Su melodía se desliza por la habitación como un hilo de humo, mezcla de nana y lamento. Las palabras hablan de una mujer que espera en una orilla, sabiendo que el barco que aguarda nunca volverá.

Lavo sus piernas con cuidado, la sangre se ha secado, pero no el recuerdo de lo que pasó. Paso el trapo por su frente sudada, aparto un mechón de su cabello pegado a la piel. La visto con una camisa de Mateo, que le queda grande y huele a hogar.

Cerberus (Hipogeo I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora