Capítulo Zwei­und­fünfzig

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Título 4 Deberes de los aspirantes.
El aspirante debe estar consiente de que al entrar a la institución militar FMSE iniciará a ser un activo en la institución, por ende debe preservarse como un activo valioso. Entre unos de los deberes que deben seguir está:

1: Mantener lealtad y compromiso.
2: El cumplimiento de las órdenes.
3: El respeto a la disciplina.
4: El mantenimiento de la integridad física y moral.
5: El servicio a la patria institución.
6: No comunicar a parientes ni familiares sobre la institución.
7: Mantener en buen estado los bienes brindados por la institución.
8: Siempre concluir con la misión.
9: Mantenerse en buen estado físico, emocional y médico.
10: Realizar sus actividades.

Asteria Magno.
Viernes 15 de septiembre
Un adorno brillante.
Chanthy, Rusia
22:35 horas.

La entrada del Checkmate se alza ante nosotros: casino, bar y burdel fundidos en un mismo monumento al vicio.

Esta noche represento a las Deidades. Decisión colectiva, aunque la iniciativa fue mía. Las demás aprobaron al unísono. Si yo me hubiera quedado callada, Deniska habría levantado la mano. Y no soporto verlos juntos. Él y ella. En el mismo espacio. Mi estómago se cierra ante la sola imagen.

Él viste negro absoluto. Yo también, aunque mi oscuridad cuelga de cadenas doradas: una correa ceñida al muslo, otra serpenteando sobre caderas, una tercera velando mi rostro. Joyería oriental, artesanal, árabe.

Diseñada para encarcelar todo excepto los ojos. Pesada. Incómoda. Estratégica. Mi cara permanece oculta, imperfecta. Pero la mirada... la mirada es imposible de ignorar.

Tomo su brazo. Blaz avanza como montaña de músculos vivos y, a su lado, mi masa corporal se diluye en insignificancia. La altura apenas me favorece. Dejo que la cadena del muslo danse con el vaivén de mis caderas mientras cruzamos la entrada.

Él deposita una tarjeta en manos del portero. Se la arrebatan. Nos dejan pasar.

Dentro, Las Vegas empalidece. Elegancia austera: ausencia de colores estridentes, ausencia de rampas banales con cócteles alterados. Solo cristales que cortan la luz, estatuas que observan sin parpadear, y yo —el único destello permitido en este mausoleo de neutrales. Blancos. Grises. Negros.

Las esclavas rusas circulan. Cupras, meseras, guardaespaldas. Todas portan el mismo tatuaje visible: cráneo de oso polar. Ningún Moguilévich oculta su filiación. En esta zona de muerte, la cobardía sería redundante.

El comandante guía nuestros pasos hacia una mesa de póquer. Silencio entre nosotros: he estado absorta diseñando rutinas, ensayándolas, desglosando componentes de armamento, formulando fermio fosfórico en paralelo. Ahora, por primera vez desde su regreso, la distancia física se mide en centímetros.

La última vez que lo vi, oficina de Sebastián, algo dentro de mí resucitó. Sonreí. No pude evitarlo. Estaba vivo. Estaba de vuelta. Y la pulsera... la pulsera que le entregué brillaba en su muñeca derecha con intensidad robada al sol. No imaginé cuánto desearía que continuara llevándola.

Nuestro andar es metódico, sincronizado. Noto algo en su zancada.

—Parece que al que se lo hubieran cogido fue a él.

Lo miro, descubriendo que hablé en voz alta. Él sonríe. Genuina. Divina. Algo nuevo se enciende en mi pecho, una fascinación recién nacida que devuelvo con intereses.

Su brazo sigue siendo mi ancla. Maravilloso. Ámbar marino y madera oscura se filtran hasta mis pulmones cada vez que inhalo. La máscara facial tintinea contra el metal de mis caderas, sinfonía de cadenas que nos anuncia.

Cerberus (Hipogeo I) *Editando*Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora