Primer capítulo
Cuando escuché la alarma del móvil de Adam, supe que eran justo las seis de la mañana.
La hora a la que su despertador sonaba todos los días para irse a trabajar; la hora a la que empiezan mis horas de libertad diarias.
La noche anterior me había acostado a las nueve de la noche; impaciente por dormirme y que llegara ya el día de hoy.
Pero, por más que intenté dormir; no lo conseguí.
Así que había pasado toda la noche con mis ojos azules clavados en el techo de nuestra habitación.
Mientras Adam apagaba su alarma y se levantaba de la cama para ir a ducharse; fingí que estaba durmiendo, para no tener que intercambiar ni una maldita palabra con ese ser que había sido mi novio los últimos dos años y medio de mi vida.
Para que entendáis un poco más porque no quería siquiera que se dirigiera a mí, os explicaré el por qué.
Intentaré no enrollarme, pero no prometo nada.
Cuando llevábamos medio año juntos, yo ya estaba completamente pillada por él.
No sabría decir si estaba enamorada; pero sí que estaba enganchada.
Nos habíamos conocido cuando yo tenía dieciocho años, y él veintiuno.
Al principio, todo era perfecto con él.
Me compraba flores, me llevaba a cenar, me decía lo guapa que era, lo enamorado que estaba de mí y lo mucho que me iba a cuidar.
Pero, cuando hicimos seis meses, y nos fuimos a vivir juntos, todo cambió.
Él cambió.
O, mejor dicho, empezó a comportarse como realmente era.
De la noche a la mañana empezó a gritarme.
Me gritaba y me insultaba por cualquier cosa.
Me decía que era una inútil, que no valía para nada y que por eso ni siquiera mi familia me quería.
Me decía que era una puta si me ponía un top demasiado corto, y si habíamos quedado con sus amigos me decía que seguro que era para provocarlos.
Luego se excusaba en que se sentía mal por algo y lo había pagado conmigo y, con disculparse y decirme que no lo merecía, yo tenía suficiente.
Después, vino el primer empujón, acompañado de las primeras infidelidades.
Pocos días más tarde, empezaron los puñetazos.
Y os juro que yo, desde el primero no quería aguantar ninguno más.
Pero por más que me decía a mí misma que tenía que irme, siempre me quedaba. Y ni siquiera sé por qué todavía.
Él venía llorando después de cada agresión, y me decía; "mira lo que me has hecho hacer", o "mira cómo me haces ser, no quiero ser así".
Conseguía hacerme pensar que había sido mi culpa, y, a veces, incluso me disculpaba por haberle hecho perder los nervios.
Eso es lo que hace el maltrato con una mujer; la destroza poco a poco haciéndole pensar que ya estaba destrozada de antes.
A mí me hizo olvidarme de quién era. Me hizo olvidarme de cómo era mi vida antes de él; de cómo podía brillar sin tenerlo cerca.
Él sabía que no tenía una casa a la que volver, ni una familia a la que acudir; y se aprovechaba de eso en cada discusión.
Cuando rompía a llorar y le decía que me iría, me decía que no tenía a dónde ir, y que si no fuera por él viviría en la calle.
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𝐀𝐍𝐓𝐄𝐒 𝐃𝐄 𝐂𝐎𝐍𝐎𝐂𝐄𝐑𝐓𝐄
Teen Fiction𝐔𝐧𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐞 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐫𝐝𝐚𝐫á 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐚𝐦𝐨𝐫 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐩𝐚𝐜𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞 𝐬𝐚𝐥𝐯𝐚𝐫, 𝐢𝐧𝐜𝐥𝐮𝐬𝐨, 𝐚 𝐥𝐚𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐦á𝐬 𝐫𝐨𝐭𝐚𝐬. Lexa Price, con tan solo 20 años, escapa de una relación de...