Capítulo Sieben­und­zwanzig

1.3K 126 17
                                        

Faltas gravísimas

C20: Tomar ilegalmente bienes pertenecientes a las Fuerzas militares secretas especializadas o a particulares bajo su custodia.

C21: Cometer un delito de manera intencional, aprovechando la función o cargo ejercido.

C22: Cobrar por servicios de escolta o transporte sin autorización en el sector Defensa Nacional.

C23: Aprovechar la posición de oficial o suboficial en servicio activo para obtener favores indebidos o decisiones a favor de personas involucradas en actividades delictivas.

C24: Otorgar a personas o entidades no militares, sin permiso, equipo, armamento o prendas de uniforme.

C25: Cometer alguna de las faltas establecidas en los puntos 4 al 16 del artículo 48 de la Ley 734.

Blaz Busbiloky.
Das Spiel beginnt.

Camino hacia la cabina. La aeronave ya está lista para partir. Debemos dejar a los prisioneros en Alemania y regresar a Rusia. Los soldados se esconderán hasta que las aguas se calmen y puedan volver a la central. Yo voy con los míos. No traje a muchos, solo a los mejores.

Aven ocupa su lugar en la cabina y comienza a preparar los sistemas. Afuera, decenas de helicópteros luchan contra el fuego que devora el bosque. ¿Deberíamos ayudar? Tal vez. Pero no es nuestra misión. Observo cómo suben más prisioneros y los encierran en jaulas como bestias.

Anggelos enciende la aeronave. El rugido metálico vibra bajo mis botas. Entonces escucho pasos distintos, ligeros, pasos de princesa. No necesito mirar para saber quién es: la mujer que me bailó encima, la hija de Gerónimo. Qué delicia de hija tiene ese cabrón. Si hubiera sabido cómo se ve, jamás me habría perdido una sola de las celebraciones a las que me invitó.

Los dejo en la cabina, concentrados en el despegue. Brus y Viggo pasan a mi lado. Yo avanzo hacia la compuerta de carga para cerrarla, cuando alguien tropieza conmigo. Siento el tirón en mi cuerpo al girar y la sostengo antes de que golpee el suelo.

La túnica que lleva se desgarra entre mis dedos; la lluvia la empapó y la tela suena como papel quebrándose. La sujeto por la cintura antes de que se rompa del todo. Su abdomen queda bajo mi brazo: cálido, plano, tenso. La piel más suave que haya tocado. Se contrae, endureciendo cada músculo como si quisiera escapar de mí. La levanto. La tela rasgada se descuelga.

Su olor me envuelve de inmediato: bergamota negra. Amargo y dulce a la vez. El mismo aroma que me golpeó cuando bailaba sobre mí. Solo recordarlo enciende una corriente salvaje en mi entrepierna.

La libero, pero acerco mis labios a su oído.

—Sargento… tenga más cuidado. No queremos que se lastime.

Suspira. Su aliento me roza caliente en la piel. No dice nada, simplemente se separa y corre. No le importa la tela rota que le cuelga del cuerpo como una sábana traslúcida. Se lanza sobre los dos capitanes en cautiverio. Los abraza, los besa.

Otra mujer aparece detrás de ella. Se parece demasiado a Asteria. También se arroja sobre los prisioneros, los abraza, los besa sin importarle la sangre ni la mugre que los cubre. Entonces lo entiendo: ahí está la razón por la que la sargento no se ha follado a nadie de la central. Tiene novio. Uno de esos dos debe serlo.

¿Me importa? No. Lo único que quiero es el auto de Viggo y sus seiscientos mil. No porque necesite el dinero, sino porque quiero demostrar que soy superior. Que puedo arrodillar hasta al diablo.

Cerberus (Hipogeo I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora