Deidara
Esperaba a Naruto sentado en mi cama. Podía sentir el corazón acelerado, la respiración agitada. La frente y las palmas me sudaban, pero eso era lo de menos. Lo que realmente me preocupaba eran las ansias intensas que me quemaban por dentro, esas ganas incontrolables de meterme un poco más.
Naruto entró en la habitación casi media hora después. Venía sin camisa, el cuerpo marcado por el cansancio, los ojos opacos. Pero no me sorprendió. Así era todos los días. Caminó en silencio y se sentó a mi lado. Lloraba sin hacer ruido. Lo abracé, pasé mis dedos por sus mejillas y limpié sus lágrimas.
—Te quiero...
—Yo también...
Sacó del bolsillo izquierdo la bolsita de cocaína que me había quitado antes y empezó a inhalarla. Apenas hizo una pausa, intenté arrebatársela, pero no me dejó.
—No más para ti, Dei... Debes dormir.
Su voz sonó más tranquila, como si el polvo también le devolviera la calma.
—Uno y ya...
—No. Mejor abrázame.
Fruncí el ceño, pero terminé cediendo. Lo rodeé con los brazos, sintiendo su piel tibia contra la mía.
—Hidan dice...
—Que no nos sacará de aquí... sí, me lo has dicho los últimos cinco años. No te ilusiones, Dei.
Me abrazó con fuerza. Un dolor agudo me hizo gemir cuando sus manos tocaron una de las mordidas recientes.
Él frunció el ceño al oírme. Se sentó en la cama de golpe y, al intentar apartar las mantas, yo las sujeté con fuerza.
—¡Dei!
—¡Déjame! ¡No es nada!
—¡Otra vez te mordió!
—No...
—¡Entonces déjame ver!
—No...
Al final, arrancó las cobijas. Quiso quitarme la camisa, pero lo sujeté del cuello y me acerqué a su oído.
—¿Acaso quieres ver el sexy cuerpo de tu hermano mayor...?
Lami su oreja. Siempre funcionaba. Se sonrojaba como un idiota y me dejaba en paz. Pero esta vez fue distinto.
Tomó mis muñecas, inclinó su rostro hacia el mío y susurró:
—No solo quiero verlo... voy a cogerte, Dei.
Me giró hasta dejarme boca abajo. La adrenalina no ayudó; comencé a patear desesperado.
—¡Eso es violación!
—¡No si te dejas!
Logré liberar una pierna y lo pateé en el estómago. Cayó al suelo con un golpe seco. Me cubrí de nuevo con las cobijas, temblando. Pero me tomó por los tobillos y me arrastró fuera de la cama.
Subió sobre mí, inmovilizándome. Me dobló el brazo hasta que dolió.
—Soy tu hermano... al menos no seas tan rudo conmigo...
—¡Cállate, idiota!
Levantó mi camisa, y sentí su agarre endurecerse con rabia. Logré girarme bajo su peso, hasta quedar frente a él.
—Tres veces... ¡Te mordió tres putas veces!
Su voz se quebraba entre furia y miedo. No supe qué responderle. Moví lentamente mis caderas bajo él, solo para distraerlo, para que me soltara. Funcionó. Su enojo se volvió vergüenza; se sonrojó y se apartó rápido. Pero antes de hacerlo, pellizcó uno de mis pezones con fuerza.
—¡Mierda, —!
—¿Qué? ¿No te excita, hermanito?
Se levantó bruscamente y se sentó en la cama, furioso.
—¡Demonios, Dei! ¿Qué debo hacer? ¿Morder a Hidan, igual que tú quemaste a Neji?
—Por favor... no es para tanto.
—¿Y tú me juzgas por aguantar a Neji? Hidan no te trata mejor...
Se dio la vuelta, se cubrió con las cobijas.
—Naru... ¿Podrías al menos darme un poco?
—¡Buenas noches!
Bufé con fastidio y subí a mi cama. Pero no pude dormir. La ansiedad era insoportable. Mi mente empezó a vagar hacia el pasado...
Quizá nuestra vida no habría sido tan difícil si aquella trabajadora social nos hubiera llevado a un orfanato. Maldigo a esa mujer por no ver en qué manos nos dejaba. En las de un monstruo.
Jamás olvidaré el primer día aquí.
Cuando esa mujer se marchó, nosotros, ingenuos, estábamos agradecidos. Pensábamos que por fin alguien nos cuidaría.
Apenas cruzamos el viejo zaguán, el hombre que decía ser nuestro abuelo nos guió por un patio descuidado, tan gris y vacío como su mirada. Parecía amable, incluso ayudó a Ino con su mochila. Pero había algo en su voz, algo que ya entonces me heló la piel.
La casa olía a humedad y polvo. Tres sofás viejos, una mesa de madera astillada, una televisión antigua al frente. Todo estaba muerto, como si nadie hubiera vivido ahí en años.
El “abuelo” nos sonrió.
—Sé que no es mucho... espero que estén cómodos aquí.
—Está bien, muchas gracias por recibirnos.
—Bueno, son mi familia... no podía dejarlos solos.
Su tono se quebró apenas mencionó a mi padre. Dijo que había sido rebelde, que escapó de casa a los catorce, que nunca volvió. Su voz cambió al recordar a mamá. No sabía que había muerto. Fingió lamentarlo, pero en sus ojos solo había rencor.
Después, nos llevó por un pasillo estrecho y húmedo. Las paredes estaban manchadas, la pintura resquebrajada. Al final, los cuartos: el suyo, tres más alineados. Uno para mí, otro para naruto, otro para Ino. Ella tuvo el del medio, con baño propio. Era más grande. Pensamos que lo merecía.
Esa noche, por primera vez, dormimos en camas separadas.
Nos costó adaptarnos. Ino lloraba cada noche. Se metía a mi cuarto o al de naruto, temblando. Yo la abrazaba y le decía que todo iba a estar bien, aunque ya presentía que mentía.
Dos días después, el viejo nos inscribió en la escuela. Una primaria pública. Nuestro cabello claro y los ojos extraños no ayudaban. Nos miraban raro, nos empujaban, rompían nuestras cosas. Nadie quería hablarnos. A veces golpeaban a naruto, y cuando intentaba defenderlo, también me golpeaban a mí.
Pero lo de la escuela fue solo el principio.
Los verdaderos problemas empezaron al mes de llegar.
Fue entonces cuando descubrimos lo que aquel hombre realmente era.
Y lo que significaba, en verdad, quedarse “en familia”.
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Intocable
FanfictionLo primero que vi fue su gran sonrisa, esa que solo acentuaba mas las arrugas en la comisura de sus ojos, pero lo que mas me impacto es que en cuanto me vio se lanzo a abrazarme Jiraya- oh! Dios... Eres igualito a tu padre (miro a naruto) tu tambien...
