No llores Deidara

190 23 0
                                        

Deidara

Comencé a parpadear muchas veces, intentando enfocar mi visión. Mi corazón latía desbocado y mi boca estaba seca. La vista aún me era borrosa, pero ya podía distinguir un poco… y noté que no estaba ni en mi casa ni en el bar.

Las sábanas eran blancas, suaves; la cama enorme. Me senté, desorientado, y un vistazo rápido a mi alrededor confirmó lo que temía: estaba en un hotel.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Hidan, sentado en una pequeña mesa de cristal, fumando un cigarrillo. Estaba descalzo, su camisa desabotonada, sin cinturón ni corbata, y los botones de las mangas abiertos.

—¿Por qué… me… trajiste? —balbuceé.

—Para que aprendas a respetarme… Hoy fuiste muy grosero conmigo.

—¿Y qué esperabas… tú y Gaara?

—Lo que yo haga no importa… eres mío, nunca dejarás de serlo.

Me levanté y sentí mis piernas débiles. Aún llevaba la ropa del bar, pero, a pesar de no tener pantalones, supe que no me había violado… aún.

Comencé a caminar tambaleante hacia la puerta. Giré la manija, pero estaba cerrada. Hidan ni siquiera se molestó en levantarse; solo me siguió con la mirada y sonrió.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Déjame salir.

—¿Desnudo?

—Eso no me importa, debo ir con mi hermano.

—Te quedarás conmigo —dijo, apagando su cigarrillo en el cenicero.

—¡No voy a quedarme aquí!

Se levantó y caminó hacia mí. Intenté empujarlo, pero no tenía fuerzas. Tomó mis mejillas y me hizo mirarlo.

—Pagué por ti, así que más te vale hacer muy bien tu trabajo.

Lo abofeteé con todas mis fuerzas. Me miró enfadado y me dio un fuerte puñetazo en el rostro; caí al piso.

“Puedo defenderme… puedo con él”, pensé, levantándome tambaleante. Le lancé un puñetazo, pero mi vista borrosa me hizo fallar y mi cuerpo perdió el equilibrio, cayendo de nuevo al suelo. Hidan sonrió, me levantó del cabello y me golpeó contra la pared.

—Voy a cogerte tantas veces hasta que aprendas a respetarme —dijo.

Le di un puñetazo aprovechando la cercanía; tuvo que soltarme, pero mi maldito cuerpo no reaccionaba rápido. Intenté correr hacia la puerta, pero Hidan fue más rápido, me tomó del brazo y me tiró al suelo, comenzo a patearme.

—¡Eres mi puta!

—No te emociones… solo eres… uno más —dije, mientras él se subía sobre mí y golpeaba mi rostro. Pero no me importaba; estaba acostumbrado. Mi abuelo golpea más fuerte.

—Llora… —ordenó.

Sentí la sangre en mi nariz, pero solo me hizo sonreír.

—Me conoces… sabes lo que mi abuelo me hace a diario… esto no va a hacerme llorar.

Me abofeteó muy fuerte; cerré los ojos por el ardor, pero no le daría el gusto.

Se levantó, me tomó del cabello y continuó golpeándome. Las patadas y puñetazos no se detenían.

—Si quieres que pare… ¡llora!

—No voy a llorar, Hidan… no por ti.

Me levanto, enfadado, y me llevo a la cama.

Intocable Donde viven las historias. Descúbrelo ahora