Un buen negocio

136 15 1
                                        


Itachi

Ambos subieron a la camioneta en la parte trasera; ninguno me veía y ninguno decía nada. Sus miradas estaban bajas y sus cuerpos cargaban una tensión pesada. Suspire y comencé a conducir. Solo un par de calles después, los miré por el retrovisor: ambos se escondían tras los asientos y sorbían por la nariz una y otra vez. Apreté el volante, la ira subiendo rápido. No tardé en darme cuenta de que se estaban drogando.

—¡Ya dejen esa mierda! —exclamé.

Ambos me miraron con una sonrisa inocente y descarada. No eran los chicos que saqué del bar.

—Tranquilo, amor... —dijo Deidara, rodeando mi cuello con sus brazos y besándome la mejilla.

Solté su agarre y lo miré con furia.

—¡Tu nariz ni siquiera ha dejado de sangrar… y ya estás metiéndote esa mierda! ¡No, Deidara!

—¡Hey, cálmate! Nos sacaste del bar. ¡Listo! Ya todo está bien —respondió Naruto, con voz apagada pero desafiante.

—¡Y contigo estoy más que enfadado! ¡Te dije que no lastimaras a mi hermano! —le grité.

Naruto me miró serio.

—¿Y por qué crees que lo dejé? —dijo, recargándose descaradamente en el asiento mientras inhalaba de la bolsita frente a mis ojos por el retrovisor.

Apreté el volante, furioso, y pisé el acelerador. No me detuve hasta llegar a casa, sin decir palabra. Ellos continuaron drogándose todo el camino.

Al llegar, la fuerte música me golpeó los oídos. Malhumorado, miré el auto de Sasuke, mal estacionado, con la puerta abierta y el volumen a todo lo que daba. Suspire.

Me bajé dando un portazo; ellos bajaron detrás de mí. Me acerqué al auto de Sasuke y lo encontré completamente ebrio, dormido entre un desastre de botellas vacías y bolsas de frituras a medio comer. Metí su pierna que colgaba fuera y me agaché para apagar el estéreo. Cerré la puerta y voltee a mirarlos.

Lágrimas caían por el rostro de Naruto, pero en cuanto me vio, volteó y caminó rumbo a la casa. Deidara lo siguió.

Los seguí dentro y me senté en el sofá, observándolos. Sus miradas estaban llenas de preguntas que no salían de sus labios.

—¡Sí! Es por ti, lleva días así… ni siquiera va a la universidad. Gracias, lo destruiste —le dije a Naruto.

—Ya se le pasará —respondió con calma fingida.

—¡¿Ya se le pasará?! ¡Idiota! Desde el principio supe que solo jugabas con él… —exclamé, mientras él limpiaba sus lágrimas y negaba con la cabeza.

—Voy al baño… —dijo finalmente, dándose media vuelta.

Suspiré y me dejé caer en el sofá. Deidara se sentó a mi lado, preocupado.

—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó, tímido.

Suspiré, lo abracé, acaricié su cabello y besé su frente.

—No estoy enfadado… —susurré—. Pero ¿por qué te dejabas golpear?

—Por… pago —murmuró.

—¡No me digas lo mismo de siempre! ¡No me digas que es por la plata! ¿Qué mierda pasa con ustedes? —mi voz se quebró un poco.

Se subió a mi regazo, hundiendo su rostro en mi pecho.

—Abrázame… —susurró.

—¿No me lo dirás? Deidara… no soy idiota… Ese tipo… el dueño… lo vi golpear a Naruto… Dime que no es lo que pienso.

Intocable Donde viven las historias. Descúbrelo ahora