Capítulo №1

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Año 2996

Metí a la última vaca en el corral y cerré el granero. Otro día agotador se iba, y solo pensaba en llegar a casa, comer algo y dormir. Pero mis obligaciones no terminaban: mi abuela, enferma, me esperaba.

Caminé el kilómetro de vuelta con prisa. Ella y yo vivíamos solas desde siempre. Esa noche la encontré en su rincón junto al fuego, con la piel casi transparente, sin cabello, y un olor rancio que ni los baños diarios lograban borrar. Se estaba pudriendo en vida, y lo sabíamos ambas.

Tenía cáncer, una enfermedad erradicada hace décadas. Bastaba una inyección mensual para prevenirlo, pero mi abuela ya ni quería dársela. Decía que prefería morir como sus ancestros.

Le di sopa caliente. Comía en silencio, con la mirada perdida. Yo quería preguntarle sobre mis padres, sobre quién soy, pero hacía tiempo que su mente había dejado este mundo.

Dormí a su lado, como todas las noches. Cuando desperté, ella seguía allí… pero no respiraba. Sus ojos blancos, los labios morados, la piel helada. No estaba preparada. No quería quedarme sola. No así.

La enterraron rápido, sin ceremonia. En la alcaldía me hicieron preguntas que respondí en automático, mientras el comisario me observaba con esa mezcla de miedo y repulsión que ya conocía. Nunca encajé aquí.

Nací en la Parcela Amarilla Sur, tierra de Nativos. Todos con ojos color sol. Todos... menos yo. Mis ojos son fuego naranja, y eso basta para que me vean como un error. Un aborto de la naturaleza.

Nunca fui a la escuela. Nunca fui invitada a nada. Mi abuela me educó en casa, y mi único amigo, Romen, es lo más parecido a una familia que me queda.

Pero estaba sola y con todo a punto de cambiar.

—Señorita Helen —llamó el comisario, y me acerqué a la sala polvorienta de mi casa.

—¿Sí? —respondí, cuando terminaron los papeles.

—¿Hubo alguna razón por la que la señora Cleren no recibía las inyecciones?

—No quería. Dejó de ponérselas hace tiempo. Apenas hablaba.

El comisario intercambió una mirada con otro oficial. Luego me fulminaron con sus ojos.

—¿Y usted se las da?

—Sí. Estoy al día con mis vacunas.

—¿Dónde se vacuna?

—Una enfermera viene hasta aquí. —Sentí la rabia hervir—. La única vez que fui al vacunatorio me tiraron una piedra en la cabeza. Casi me mata. Me lo contó mi abuela.

Ni pestañearon.

—¿Y no le pareció peligroso que su abuela no las recibiera? ¿Por qué no pidió usted la vacunación oficial?

—¿Para qué? No quería. Me hizo jurarle que no lo haría.

El comisario chasqueó la lengua.

—Este caso pasará a revisión de autoridades superiores. Desde ahora, no puede salir. Está bajo investigación.

—Pero... tengo animales. Necesito trabajar —protesté, desesperada. La leche del día era mi única fuente de comida y pago.

ANION - Iris #1 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora