Capítulo №19

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Dediqué mi miserable tiempo a hacer lo que más me gustaba: observar y analizar sin ser juzgada. No pude moverme mucho porque mis pies aún no sanaban, pero en lo poco que pude apreciar, noté que no eran tan salvajes como yo pensaba, ellos al menos, porque oí que a las afueras -donde viven los salvajes carroñeros- ahí sí la vida es más primitiva.

El lugar en dónde yo me encontraba era una aldea mayormente poblada por mujeres, trabajaban mucho con la tela y el pescado, los hombres se iban lejos a intercambiar con otras aldeas pero siempre había guardias. La raza que predominaba aquí eran los opalaches, con sus iris de color rosa ópalo. Cada vez que veía ese color recordaba al pintor de la fiesta y se me hacía un nudo en el estómago.

Los morados -como a ellos les gusta que los llamen- estaban en otra aldea a menos de 500 metros, y luego estaban los rojos, ellos vivían dentro de una caverna en la colina más alta, eran como la realeza del lugar, ponían sus leyes y dominaban todo. Casi que se mantenía el mismo patrón jerárquico que la Nación Iris, pero la diferencia aquí era que nadie obligaba a nada al otro, cada quien hacia su trabajo y no había problemas. Expresaban sus pensamientos y no tenían miedo, y lo más llamativo, era que no había impedimento de cruzar razas, si bien la mayoría tenía parejas de su mismo color de ojos, había muchas otras que no, y sus hijos heredaban cualquiera de los dos colores o algunos presentaban heterocromía.

Yo me preguntaba si eso era posible aquí o si para todos los seres humanos era posible.

Algo curioso que descubrí es que había personas con problemas genéticos, malformaciones o enfermedades congénitas, algo que nunca había visto antes más que en libros. Me encontré con ciegos, sordos, mudos, paralíticos, personas con demencia, cosas que jamás creí presenciar. Y estaba segura que eso era por la falta de vacunas y la mezcla de razas sin control. Algo que la Nación Iris cuidaba mucho, para que seamos todos perfectamente genéticos.

Estaba enojada, pero no con ellos, tampoco con la Nación, ni siquiera con Nehiam a quien catalogaba como traidor y no le dirigía la palabra, estaba enojada conmigo misma. Me dolía estar alejada de Taien, me dolía pensar que me había mentido, era una confusión total. Pero mi corazón se negaba a creerlo, no había pruebas, y lo único que deseaba era verlo otra vez, necesitaba dormir abrazada a su lado para no sentir este dolor en el pecho.

Hoy iban a llevar mis ropas ensangrentadas a la frontera, me cortaron un par de pelos para mezclarlo y dijeron que con eso dejarian de buscarme. Pero yo no era tan valiosa como para una búsqueda, me querían muerta y fue una buena escapatoria. No quería que Taien piense que estaba muerta, no quería que deje de buscarme nunca para poder volver con él.

Pero ¿y sí era verdad lo que Nehiam decía?

¿Si solo fuí el camino a un ascenso?

¿Si Taien jamás me quiso de verdad?

¿Me querían muerta?

¿Querían un beneficio con mi genética?

Y lo supe, nada me importaba, ni la Nación, ni la parcela amarilla, ni siquiera estar aquí, ya estaba acostumbrada a dejar atrás las cosas y sufrir cambios, pero no estaba dispuesta a dejar a Taien, todo se resumía a él. En cada color de ojos que veía buscaba el amarillo que iluminaba mi día, Taien así de terco, necio y malhumorado era el sol de mis mañanas.

—Buenos días, Helen —apareció Nehiam en mi choza, yo tenía la puerta abierta porque me gustaba ver pero no quería que me vean.

—¿Qué quieres? —inquirí—, ya me bañé hace un rato —avisé.

Nehiam dejó escapar una pequeña risa y negó con la cabeza.

—No vine por eso, vine a buscarte, tienen más ropa para ti pero debes elegirla tú misma, vamos —me invitó.

ANION - Iris #1 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora